viernes, 1 de abril de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

José Gabriel Ceballos

Récordman


Pasa de noche, hacia el sur o hacia el norte pero de noche, cuando el río ya ha acallado casi todos sus murmullos. Crecientemente nítidas se escuchan las brazadas exactas, rebotando el plas-plas contra las barrancas. Al llegar a la curva, el ritmo se corta en un chapoteo, se desfleca el rumor y enseguida el silencio recobra su plenitud, delatando que ahora Loiácono flota casi inmóvil de cara a las estrellas. Si hay luna potente alcanzo a ver su nariz en el binóculo, subiendo y bajando en el suave resplandor. Una vez hasta creí que sonreía. Otra vez flotaba con unos martínpescadores posados sobre el pecho.
En las barrancas soy el único testigo. Hace décadas que el mundo olvidó a Alfredo Loiácono y sus hazañas. ¿A quién puede interesar hoy día la gloria de remontar el río con los tobillos amarrados al cuello, la marca de resistencia simple en estilo crawl que pretende quitarle a un finlandés, o si respira sólo por la nariz pues nada con mordaza, o sólo por la boca pues va con las fosas nasales taponadas con cera, o si en cada pierna lleva cien gramos más de plomo que cuando batió su último récord de natación con lastre...? Antes, muy antes, cuando él pasaba estas barrancas se caían de gente. La multitud se iba formando desde que las radios anunciaban su paso. Nadie faltaba, ni acá ni enfrente, en la orilla brasileña. Varios pueblos se juntaban aquí, el mejor sitio para verlo pasar.
Bueno, debo decir que alguien más lo espera: Maricarmen, la novia suicida, allá abajo, en la playita que se extiende entre la barranca y el monte. La vi en dos ocasiones. Mejor dicho, vi una mancha ligeramente fosforescente con forma de mujer, cuanto la distancia y la noche dejaban distinguir pese a que la luna no era poca. Digo Maricarmen pues en esa playita está la cruz de hierro que indica el sitio donde fueron halladas sus ropas. Una cruz que ninguna inundación pudo arrancar, por lo bien plantada que está en cemento, pero que ya nadie pinta cada tanto para protegerla de la herrumbre.
Llamarla novia parece en principio una exageración. Loiácono conoció a Maricarmen una vez que debió interrumpir su viaje justo en este pueblo, por unas tormentas desatadas río arriba. Buscaba superar su propio récord de nadar sentado en una silla. La conoció la segunda noche, durante el baile que se realizó en el Club Social para homenajearlo; bailó con ella algunas piezas; quizá la recibió después en el hotel, algo bastante posible si consideramos cuán violentos fervores Loiácono sabía encender en las mujeres. Pero nada más. Al día siguiente, como despedida, mientras aguardaba en la barranca que lo ataran nuevamente a su silla de aluminio para regresar a las aguas, ni siquiera le dio un beso muy distinto de los besos que repartió entre sus admiradoras. El título de novia lo asumió Maricarmen sin otro asidero que supuestos reencuentros en ciudades lejanas, de lo que tampoco se puede dudar demasiado pues ella pertenecía a familia rica y no le resultaría difícil reunirse con Loiácono. El suicidio en el río corroboró tal título con fuerza inapelable.
Desde luego que resulta muy misterioso por qué Maricarmen no va al encuentro de Loiácono. Esperar allí tan largamente sólo para sentirlo pasar... El amor siempre actúa de modo extraño, aun en el más allá, me digo. Una respuesta con cierta lógica sería que Maricarmen desea vengarse. Lo llama (¿por qué Loiácono elige este río para sus últimas hazañas, tras haber cumplido las anteriores en los más diversos ríos y mares del mundo?) y después ella no se le aparece. Otra respuesta lógica: Maricarmen no quiere perturbarlo, interrumpir el intento deportivo.
La primera vez que vi a Maricarmen allá abajo tuve una idea estremecedora: ¿y si también Loiácono está muerto? Quien cruza nadando en la noche no es un viejo centenario sino un fantasma... Pero yo escucho la noticia por la radio, me dije, la muerte no puede meterse tanto con la vida. ¿Pero cómo saber hasta dónde nos invade la muerte? Ondas de radio, interferencias etéreas, eso la muerte podrá manejarlo fácilmente. Ninguna dificultad, para la muerte, poner en mis oídos: El célebre récordman de la natación de resistencia y distancia Alfredo Loiácono se lanzó al río Uruguay para intentar una nueva marca mundial (y aquí el récord del caso, el de nadar con las piernas embolsadas o el de hacerlo con un brazo atado al cuerpo, por ejemplo). Se calcula que entre hoy y mañana pasará por... Yo escuché la noticia una sola vez antes de cada paso de Loiácono y cuando faltaban escasas horas; las personas con quienes comenté el asunto aseguraron no haber escuchado nada al respecto (pocas personas, ciertamente; en el pueblo quedaremos cinco o seis que recordamos a Loiácono); los periódicos no se referían al acontecimiento. Un invencible temor me impide averiguar en los otros pueblos ribereños. Y sin embargo, por momentos me atrevería a jurar que Loiácono vive. Eso sí, por las dudas no volví a proponer a nadie que me acompañe a esperarlo.
Me asisten considerables razones para creer que vive. Primero: una oscura noche iba alumbrado por algo que se adivinaba un cardumen de dorados. Un cardumen pequeño, por la extensión del resplandor amarillo, que se desplazaba cerca de la superficie, por la intensidad. Y sólo los vivos necesitan luz para andar. Segundo: el olor: en otra ocasión, también sin luna, me acerqué a él en una canoa alquilada a un pescador. No mucho, pero lo suficiente para percibir en la brisa el olor del ungüento que siempre usó Loiácono para protegerse la cara y las manos, únicas partes del cuerpo que su traje de goma dejaba descubiertas. Un olor inconfundible, penetrante, como de fruta podrida mezclada con alcohol rancio, guardado en mi memoria olfativa pese a no sentirlo yo por siglos. ¿Un difunto que se cuida el cutis? —pensé. Y decidí no seguir remando. Tercera razón: la voz. Finalmente me animé a gritarle algunas preguntas desde aquí; en las tinieblas me contestó una voz finita, propia de un anciano muy anciano, entre jadeos que no había por qué suponer fingidos (y los muertos obviamente no se cansan).
—Loiáconoooo, ¿va bien?
—Sí . Bien. Bien...
—¿Necesita algo?
—No gracias...
—¿Cree que lo va a conseguir, Loiácono?
—¿ El qué?
—¡Si cree que lo va a conseguir!
No me contestó. Recordé que entonces el récord consistía en nadar la mayor distancia aguantándose la sed y no insistí con la pregunta. La sed, otra buena razón para creerlo vivo.
No consigo imaginarlo tan anciano. Imposible figurarme otro Alfredo Loiácono que aquél que conocí cuando yo era niño. Aquél de los retratos que en estas mismas barrancas ofrecían los vendedores ambulantes. Hombres fatigados, polvorientos, con expresión ausente, que precedían a Loiácono por la orilla ofreciendo dichos retratos junto con Loiaconitos de plástico y copos de azúcar y manzanas al caramelo, entre otras mercancías, y que tal vez en la próxima muchedumbre actuaban como el entrenador, el médico o el notario enviado por un incierto Comité Internacional de Récords o el Libro Guinness. Un Loiácono de medio cuerpo, sonriente, musculoso y lampiño torso al aire, las antiparras para nadar sobre la frente, artístico jopo. Un también sonriente Loiácono de pie y completo; terno y corbata, zapatos blancos con polainas, sombrero Panamá. El Loiácono que causaba los chillidos y los saltitos de las muchachas en estas barrancas mientras la banda municipal fatigaba cornetas y tambores con sones marciales, todos los pañuelos flameaban, todas las bombas de estruendo enloquecían a los pájaros todos.
Cuando aquel atleta remoto adquiere su máxima nitidez en mi cabeza, me vuelve la idea de que tal vez él no va ni siquiera viejo, de que el tiempo no se mete con quienes todavía persiguen récords. Y por eso la mitología popular nunca lo convertirá en un santo milagroso (él nunca producirá un milagro, lo suyo no guarda ninguna relación con los milagros, es pura persecución de récords), y por eso Maricarmen se limita a sentirlo pasar a la distancia, apartada por el río de la vida que se expande a cada brazada.
Pero me pregunto: ¿y la voz, su voz de viejo?
Y mi hermosa idea se desvanece. Cuando empieza a desvanecerse la noche en el río lento y mudo.

Récordman es un cuento incluido en el libro Relator deportivo  (Ediciones Simurg, Buenos Aires, 2006) y pertenece a la "vertiente folk", aldeana, un poco naif si se quiere, que tiene como espacio mítico el pueblo de Buenavista (y que entre otros títulos incluye a El Patrón del Chamamé  y  Fabulario de Buenavista).
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José Gabriel Ceballos nació en 1955, el Alvear, ciudad argentina fronteriza con Brasil, en la que aún reside. Es abogado.
Ha publicado tres poemarios, once libros de cuentos entre ellos Entre Eros y Tánatos, El patrón del chamamé, Fabulario de Buenavista  y Relator deportivo, así como las novelas Ivo, el emperador (2003); Víspera negra (2004) y En la resaca (2010).
Ha sido publicado en España (Tiempos de culpa, Editorial La Xara; Víspera negra, Fundación Colegio del Rey; Confesiones de un extraño demiurgo, Editorial Agua Clara; y Entre Eros y Tánatos, Editorial Castalia), en Costa Rica (El patrón del chamamé, EDUCA) y en Brasil (Made in Buenavista, traducción de Sergio Faraco, Editorial Tché). En revistas y antologías ha sido publicado también en México, Puerto Rico y Uruguay.
Obtuvo varios premios regionales y nacionales, entre ellos el Premio Único de Narrativa Latinoamericana EDUCA, de la Editorial Universitaria Centroamericana, San José, Costa Rica, el Premio Alberto Lista, otorgado por la Fundación El Monte y el diario ABC de Sevilla, España; el Ciudad Alcalá de Henares por su novela Víspera Negra, en 2008, el accésit el Premio Gabriel Sué por Confesiones de un extraño demiurgo; en 2009 el Premio Tiflos de Cuentos por Entre Eros y Tánatos y en 2010 el Premio Alfonso VIII de Narrativa por En la resaca.

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