viernes, 1 de abril de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Orlando Van Bredam

 El agrio sabor del desconcierto


Celina no puede dormir, ni de noche ni de día, porque cada vez que duerme, sueña, y cada vez que sueña, sueña lo mismo: un árbol en el fondo de un patio y al pie del árbol un pozo y en el pozo: el cadáver de su padre. Celina ha padecido treinta pesadillas iguales, treinta ardientes pesadillas en las que el final, el brusco final antes de despertarse, es el rostro muerto de su padre con los ojos abiertos y severos. Celina sólo sabe que su padre se fue un día de su casa cuando ella tenía cuatro años y nunca más volvió. Lo sabe porque su madre se ha encargado siempre de que lo supiera, de reprocharle la huida cobarde de un hombre borroso del que apenas ha salvado Celina una mugrienta fotografía que encontró entre unos escombros, también en el patio de una casa perdida en el tiempo, a la que no regresa desde hace veinte años y que ya no le pertenece a su madre ni a ella ni a su hermana Elisa. Una casa en la salida o entrada de Pampa del Indio, donde el viento norte tiene su nido y las cigarras yacen despanzurradas al pie de un árbol, un viejo paraíso, que ahora después de veinte años inquieta sus sueños, la convierte en una solterona insomne, que en un moderno monoambiente  de Resistencia despierta sobresaltada, con el sabor agrio del desconcierto.
Celina no puede dormir y está dispuesta a buscar a Elisa, su hermana menor, y decirle que lo mejor que pueden hacer es volver a esa casa perdida de Pampa del Indio y ubicar el paraíso al fondo del patio, si es que todavía está, si es que los nuevos dueños no lo han derribado, mirarlo un rato y preguntarle qué quiere, señor árbol, que no me deja dormir, qué quiere, que mi vida es una lucha despierta y un infierno dormida, hay algo que debo saber, señor árbol, hay algo que usted por viejo sabe y yo no sé y no supe nunca. Por favor, hable, señor árbol. Y si no, calle para siempre, déjeme dormir.
-Estás loca- le dice Elisa- qué sentido tiene ir a ese pueblucho de mala muerte después de veinte años. Acordate que ni mamá está enterrada ahí, si no en General San Martín.
-Tiene sentido- explica Celina- vamos a San Martín, visitamos a mamá en el cementerio y de ahí nos tomamos un colectivo a Pampa.
Celina convence a Elisa que convence a su marido y el sábado muy temprano viajan. Hace años que ni siquiera van a San Martín, que buscan excusas para quedarse en Resistencia, ni para el día de los finaditos, van. Es bueno este viaje distendido, lleno de confidencias, tan bueno que Celina logra dormir reclinada en el asiento del Godoy, de dormir y de no soñar con el árbol y el pozo abierto y el cadáver de su padre. Elisa lo sabe porque contempla la placidez de la cara, las manos abiertas sobre la falda, la sonrisa tenue.
-Está abandonada esta tumba- dice Elisa  mientras se agacha para poner unas flores en un florero sucio, atascado de plantas muertas- le hace falta pintura.
-¿Por qué no hablamos con Aniceto que vive aquí? El es albañil, le pagamos o le dejamos la plata para la pintura , te parece?
-¿Irá a querer? Acordate que ahora tiene otra mujer y en una de esas la nueva mujer no quiere saber nada de estas cosas.
-Hablemos- insiste Celina.
El hombre viejo que las recibe en San Martín se sorprende de que esas hijastras perdidas le estén ahora sonriendo cuando nunca lo hicieron, menos cuando él vivía con  su madre. Con movimientos oxidados como una máquina en desuso, Aniceto las atiende en la soledad de una casa desierta, donde no hay un solo rastro de mujer.
-¿Solo?-pregunta Celina.
-Claro, las mujeres no quieren saber nada con los viejos enfermos y encima secos- dice sin énfasis y sin humor.
-He soñado con un árbol-le explica Celina mientras toman unos tererés- un paraíso que hay en el patio de la casa de mamá allá en Pampa del Indio. Un sueño raro, loco. Un sueño que se ha vuelto una pesadilla, una pesadilla que no me deja vivir. Está el árbol y al pie del árbol hay un pozo y en el pozo, con los ojos abiertos, está el cadáver de papá.¿Qué significa esto, me puede explicar usted?
-Claro que sí, no es un sueño,  es la purísima verdad. Ahí está enterrado tu padre, nunca se fue de la casa.
-¿Es posible?
- Vos tenías cuatro años y lo viste todo, lo olvidaste todo y ahora todo ha vuelto en tus pesadillas. Tu padre fue asesinado por tu madre, cansada del maltrato y de los golpes que le daba. Yo le ayudé a enterrarlo al pie del paraíso. Después, les dijimos a ustedes que se había ido para siempre.
Celina y Elisa se abrazan pero no se quiebran, se aprietan con desesperación pero no hay un llanto ni un gemido. El viejo Aniceto, extiende un brazo oxidado con un tereré que nadie agarra.
-¿Qué vas a hacer?- pregunta.
-Voy a hacer la denuncia. Quiero recuperar el cuerpo del padre que me quitaron- dice Celina con la voz apenas dura.
-Me parece bien- dice Aniceto y sorbe el tereré que nadie le recibió- yo tampoco puedo vivir más con esta culpa, todo el tiempo sueño con el árbol y al pie del árbol con el pozo y en el pozo, el cadáver de tu padre.

Del libro inédito Crímenes de aldea.

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Orlando Van Bredam nació en Villa San Marcial (Entre Ríos, Argentina) en l952. Reside en El Colorado, provincia de Formosa, Argentina. Es profesor en letras. Tiene a su cargo las cátedras de Teoría Literaria y Literatura Iberoamericana en la Universidad Nacional de Formosa. Ha abordado el cuento, la poesía, la novela breve, el ensayo y el teatro.
Obras publicadas: La estética de Armando Discépolo (ensayo, l974), La hoguera Inefable (poemario, l981), Los cielos diferentes (poesía, Premio Fray Mocho l982), Asombros y condenas (poesía, Premio Fernández de Peirotén l986), Fabulaciones (cuentos, l989), Simulacros (cuentos, 1991), La vida te cambia los planes" (minificciones, l994), Las armas que carga el diablo (minificciones, l996, libro seleccionado para su publicación por Fundación Antorchas), De mi legajo (poesía, Primer premio nacional José Pedroni). En 2007 ganó el Premio Emecé con su novela Teoría del desamparo (Emecé, 2007), acordado por unanimidad por un jurado integrado por Vladi Kociancich, Andrés Rivera y Abelardo Castillo. Ha estrenado numerosas obras teatrales en la región. Ha sido incluido por Mempo Giardinelli en dos antologías nacionales de cuentos. Algunos textos suyos han sido traducidos al portugués y al flamenco.
En 2009 publicó La música en que flotamos, finalista en el concurso Clarín de novela en 2007.

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