domingo, 20 de marzo de 2011

Territorio de sombras y esplendor



Ángel Balzarino




TERRITORIO
DE
SOMBRAS Y ESPLENDOR



novela






Premio
Fondo Editorial Municipal
Rafaela 1996






De colonia a ciudad:
trasposición literaria de una crónica
Palabras preliminares

            En Territorio de sombras y esplendor, Angel Balzarino nos pinta un claroscuro del corazón, reviviendo como un demiurgo de la palabra, el antiguo mito platoniano de la caverna, al proyectar flashes de pasiones y encendidas imágenes de sentimientos sobre el trasfondo oscuro del tiempo.
         Gracias a su genio literario consumado (y a sus excelentes dotes para bucear en el pasado) el autor nos sumerge en el fermento original de nuestra sociedad, a principios de siglo.
         Indudablemente, esta novela representa, en la trayectoria literaria de Angel Balzarino, la “summa” de un estilo ya consagrado a través de sucesivos galardones. Su prosa, limpia de escollos barrocos, de adjetivación escueta y certera, sin ornato trivial, es como la voz humana que habla desde ella: plena de simplicidad y emoción sostenida (a veces matizada por un humor irónico y medido), fruto de la madurez literaria de un profesional de las letras, porque como manifestara Micó Buchón, al referirse a la novela, “Es indispensable un conocimiento profundo del corazón humano para ser un buen novelista”.
         Como todo escritor contemporáneo, ha frecuentado la escuela de Joyce, Kafka, Proust, Faulkner y Sartre (por citar a algunos de los grandes maestros), para superar el mero objetivo exploratorio del contexto y transmitir otra realidad paralela: la del lenguaje, viento a favor de las corrientes de vanguardia (caracterizadas por el monólogo interior, la actitud existencial, la estructura espacial compleja y los más sutiles refinamientos operados en la construcción de la trama).
         Toda buena novela es testimonio de un tiempo. En este sentido, la función social  de la narrativa es indiscutible. J. Richard Bloch opina que “Los novelistas ayudan a los pueblos a adquirir conciencia de sí mismos”. En efecto: Balzarino logra con esta obra descorrer el velo a sus congéneres, acerca de las propias raíces, para que puedan apreciar su verdadero rostro sobre el espejo retrospectivo de la historia. Es, entonces, una novela testimonial, que no sólo trata de reflejar la realidad a través de un cronista de ficción, inmerso en un contexto témporoespacial determinado, sino que lo trasciende al hacer crítica social, trazando magistralmente un cuadro ético-moral, a través de los indicios referenciales que emergen del corpus literario. Hay que reconocer, como siempre que nos referimos a una obra de Angel Balzarino, la exacerbada exactitud en cuanto a hechos y fechas (casi comparable con la rigurosidad del historiador o del investigador), si nos atenemos a la cronología de la gesta colonizadora de estas tierras, donde lo único que aparece cambiado son los nombres de personas o lugares, por razones obvias. Esa intención documental, esa insistencia de  participar con la ficción en el mundo real, común en este narrador, lo ubica dentro de un realismo cosmopolita, que a la manera de Mallea, intenta configurar, a través de los personajes-clave escogidos, la esencia raigal de la ciudad, abordando el tema universal de la soledad existencial: esa incapacidad de comunicarse, propia de la desorientación en una sociedad en ciernes. (Indudablemente es kafkiana la incomunicación del hombre en un mundo cada vez más complejo, como también es propio de Onetti expresar los sentimientos del hombre encerrado en su propia soledad, duelo existencial contemporáneo que magistralmente planteara Camus).
         Un creador obsesionado por el pasado, como Balzarino, conserva el “color local”, propio de un costumbrismo finisecular (expresado a través de la observación detallada de tiempos y lugares). Sin embargo, su mensaje logra trascender toda nostalgia sensiblera, al interpolar en la psiquis atormentada de sus fantasmas  de ficción, la presencia avasallante de lo universal. De ahí que el realismo sólo sea una pátina en la novela, dado que la verdadera capacidad narrativa se halla en la grandeza de sus personajes, en su peripecia psíquica (y no en la mera superficie anecdótica), en su mundo interior de afectos y de odios (un mundo que está más allá de las convenciones cronológicas). Según Zunilda Gertel, “la novela de personaje es conquista de la narrativa moderna”. En ella... “el personaje es el eje  portador de la esencialidad novelística”. Gracias a los narradores personales, el discurso polifónico logra anular las distancias con el lector, para que el relato provenga del mismo mundo narrado. Territorio de sombras y esplendor es por eso un collage de voces, contado desde sus personajes mismos (múltiples hablantes, en el plano consciente o inconsciente).
         Puede haber lectores que discutan su filiación novelística, porque aún siguen aferrados a la tradición romántica, sin advertir que cuando actualmente se habla de “novela” no se atiende exclusivamente a la ecuación: trama+personaje+tiempo+espacio=anécdota, porque como afirmara Marshall  Mc Luhan, “El medio es el mensaje”: la creación literaria no utiliza la palabra sólo para decir algo sobre determinado contexto extraliterario, sino para transformar la realidad lingüística del discurso mismo. En este sentido, la novela no trata de imitar la realidad, sino que se convierte en otra realidad: la única existencia válida es la que “viven” realmente los actantes dentro del universo de la palabra.
         Esta crónica -sólo aparente  de la colonización de  “La Florida”- engarzada alrededor de la figura de Federico Keller (quien se debate entre dos objetos que orientan la direccionalidad de su periplo actancial: el “poder” y el “amor”) se resuelve finalmente en el polo neutralizador de la “evasión (lograda a través del suicidio). Sin embargo, la propuesta esencial, destinada al lector, es fundamentalmente lúdica, a través de distintos caminos de lectura: existe una vía laberíntica, cíclica, que obsesivamente vuelve sobre el tema clave del suicidio; otra cronológica, cuya clave son las fechas, que a modo de titulares, encabezan los capítulos (para quien desee obtener una visión coherente, lógicamente ordenada de los hechos), y una más, regida por el paratexto, que agrupa las distintas voces narrativas según la tipografía. Esta estrategia no es para nada arbitraria, ni tampoco atenta contra el corpus novelístico. Su secreto es  tender un puente entre dos mundos: el externo (que la historia pintaría descarnadamente), y el otro, más profundo y secreto, inherente al ser, acosado por vertiginosas pasiones o por sentimientos a veces mezquinos, egoístamente humanos... Es así como la estructura narrativa, desde sus diferentes dimensiones, contribuye a crear una cosmovisión literaria muy particular, la que  gracias a su complejidad  superficial, logra  enriquecer al lector con una imagen totalizadora, a través de las múltiples visiones del narrador (testigo, protagonista o cronista de los hechos).
         A la manera de Proust, Angel Balzarino se lanza al rescate del pasado por medio de una pluralidad de tiempos, cuya fragmentación y fugacidad tiene una finalidad: la de transmitir la problemática existencial del “ser en el mundo”, un mundo cada vez más cambiante, despiadado y a veces absurdo. Ese fragmentarismo temporal se halla apoyado en la experimentación, a través de técnicas narrativas, donde el punto de vista varía desde las corrientes de la conciencia, al más frío enfoque obejtivo, para reflejar las dudas y angustias que caracterizan la idiosincracia humana contemporánea (estos recursos se hallan emparentados con técnicas cinematográficas, como el flash back o la camera eye). En este sentido, Claude Ed. Magny  afirma que... “en la novela cada escena descrita, como en la película cada imagen, lleva en sí misma la seńal del punto de vista desde  donde ha sido tomada”. Por eso, “Toda escena novelesca es tan esencialmente relativa como una fotografía”. Es así como el narrador anónimo desaparece, para dar paso a las múltiples voces que imbrincan las distintas vińetas narrativas, para dar forma a un único tejido totalizador, cuyo acabado final se logra en el íntimo mundo del lector, quien gracias a la habilidad de Angel Balzarino, se convierte en partícipe activo dentro del cosmos de la novela.


Liana Friedrich



         Extracto  del Acta del Jurado del
         Fondo Editorial Municipal 1996


         “(...) En la Categoría Éditos (A), resuelven por unanimidad otorgar el premio a la obra Territorio de sombras y esplendor, presentada con el seudónimo de Raipur, fundamentando su fallo en las siguientes consideraciones: Compuesta con distintos planos y diversos puntos de vista necesita de la participación del lector para armar su unidad. La estructura está desarrollada con solvencia. Los personajes y el ambiente rural están expresados con acierto. El autor se maneja  con mano firme y pinta con realismo preciso una época y un ambiente, evidenciando un trabajo previo de  adecuada investigación histórica”.


César  Actis  Brú         Arturo Lomello      Adolfo Argentino Golz





   Octubre 10 de 1886




Se detuvo a un paso de  la puerta. Perplejo. Sin poder contener el brusco temblor que lo había acometido escasos minutos antes, cuando el estampido seco y perentorio desvaneció  la oquedad del hotel y lo hundió en un estado de zozobra, casi  de pánico, con la desoladora certeza de encontrarse ante un hecho enigmático y sobrecogedor.
         Permaneció unos segundos a la expectativa. Sin saber qué hacer. Esperando que algo, el sonido de un nuevo disparo o la puerta abriéndose de pronto,  le  develara el misterio.
         Por fin, como superando la repentina parálisis o impulsado por el miedo que le erizaba la piel, sólo atinó a proferir un grito mientras corría hacia  la puerta de calle.






 Enero 26 de 1913


Al consultar una vez más el reloj, comprobó que ya iban a  comenzar los actos programados. Impaciente, urgió a su mujer y su hijo. Faltaría que lleguemos tarde, después de esperar tanto tiempo. Acercándose al espejo ubicado en un rincón del comedor, trató de ajustar de nuevo el moño de la corbata, más que por necesidad, para ocupar el tiempo o calmar los nervios. Un privilegio que merece disfrutarse largamente, como un vino de primera calidad. Para alimentar después nuestros recuerdos. Y aunque lo embargaba el regocijo por tener la oportunidad de participar del hecho más trascendente en la vida de La Florida, no podía eludir un sentimiento de amargura y desencanto al evocar a quienes sin duda tenían más derecho de encontrarse allí: sus padres y abuelos y todos los hombres y mujeres que  habían  contribuido con esfuerzo y renunciamiento y un trabajo firme y tesonero a la formación de la incipiente colonia. Sí. Para recibir una merecida retribución. Comprobar satisfechos  en qué  se ha convertido la tierra  virgen  y  desolada que pisaron por primera vez treinta y tres años atrás.
         -Ya estamos listos.
         La  voz  clara   de   Edith   lo   sobresaltó.  Al darse vuelta, observó casi admirado que tanto ella como Miguel  vestían  ropa nueva, de pulcra distinción, que ostentaban con inocultable orgullo. El acto de hoy merece lo mejor. Será una verdadera fiesta. Tal vez la más importante que nos tocará vivir en mucho tiempo.
         -Vamos.




(Después de cerrar la puerta, quedó apoyado contra ella, rígido, como si fuera el único sostén que le iba a impedir desplomarse. Mareado.  Flojas las piernas.  Con la sensación de haber efectuado una carrera  tan larga y fatigosa que le impedía casi respirar. Como aquella vez. Como si no hubieran pasado veinticuatro años. De improviso creyó revivir la primera noche que permaneció en  un cuarto de pensión  luego de bajar del barco que lo había traído a ese país desconocido. Y aunque el escenario resultaba parecido -la cama, el pequeño ropero, las paredes descascaradas, el pronunciado olor a humedad, la luz mortecina-, comprendió que el estado de ánimo variaba completamente. Ya no le quedaba huella del ímpetu, la decisión, el arrebatado fervor que lo había hecho  aceptar, sin la menor duda ni asomo de vacilación, el cargo de representante de una empresa  productora   de  vinos  de Francia y partir,  la tarde del 17 de abril de 1862, desde el Puerto de Burdeos en un viaje largo, agotador, que tenía un tinte riesgoso y aventurero.  Conquistar  el mundo.   Revelar  a todos mi capacidad  y  lo  que  estaba  dispuesto a realizar. Se afianzó esa premisa en el curso de los tres meses de lento navegar, como si el hecho de llegar a un lugar  ignoto y la misión de cumplir  una tarea nueva representaran un desafío tan grande que no sólo lograba anular la dosis de inquietud y desasosiego que le había provocado abandonar su tierra natal, sino también le confería un repentino hálito de fuerza y entusiasmo. No puedo fracasar. Aunque el camino sea duro y espinoso, no puedo darme el lujo de claudicar.  Tras bajar del barco, tuvo la brusca sensación de quedar desprotegido, de perder para siempre todo vínculo con las cosas que habían constituido su pasado.  Un panorama, árido y fascinante, incierto   y promisorio, pareció abrirse ante él mientras andaba por las calles de la ciudad desconocida, en una especie de inspección, hasta   que  el cansancio   le   hizo buscar un  sitio donde pasar la noche. Entonces me dominaba el vigor y la esperanza. Lleno  de sueños y proyectos.  Con la efervescencia de los años juveniles, cuando  los libros que leía  vorazmente  lograban no sólo evadirlo  de la chatura del pueblo sino también   intensificaban   el anhelo de conocer   otros horizontes.   Viajar,   ser   protagonista de hechos relevantes, construir una obra que reflejara su empuje y capacidad.  Convertido en  un  toro dispuesto  a   romper los hierros de   su  jaula y  abrirse   paso    sin     miedo.   Desafiante.   Hubiera querido gritar aquí  estoy. Vean lo que soy capaz de hacer.  Pudo vislumbrar un rumbo definido  cuando le ofrecieron la representación y venta de vinos de una bodega francesa. No eludió el reto de ese nuevo trabajo, ni  la dificultad de trasladarse a un país tan  remoto como la Argentina, cuyo nombre sólo había oído un par de veces, ni alejarse del grupo de muchachos con quienes había compartido juegos y estudios, ni abandonar el afecto y el amparo de sus padres. La hora de jugarme solo. Dispuesto a concretar los sueños  que  me habían desvelado durante años.  El ímpetu de sus veintidós años  le confirió, al desembarcar en la capital argentina, un inusitado poder para salir airoso de cualquier  arremetida. Sí. Otra persona.  Ahora.  Sin la fuerza, ni los proyectos, ni las esperanzas de aquel muchacho. Debatiéndose entre  el desconcierto y la frustración, el furor y la impotencia.  Apresado en un laberinto. Vencido. Solo.)





  Octubre l5 de 1880


Fueron   once  los primeros en llegar. Mi abuelo entre ellos.  Cubiertos por la tierra acumulada a lo largo de las incontables leguas que habían recorrido desde diversos sitios -San Carlos y Franck y San Jerónimo Norte y otros puntos más alejados de la provincia-, impulsados tanto por el ánimo y la esperanza de alcanzar un modo de vida  más digno y beneficioso como por la especie  de encandilamiento o ciega confianza que sin duda había logrado despertar él, Federico Keller, al hablar con desusada pasión y entusiasmo sobre las prodigiosas virtudes de las hectáreas de tierra que  ofrecía  en venta.  Por eso lo siguieron. Expectantes.  Tal vez con bastante recelo por el enigma que representaba el comienzo de una etapa nueva, afanosos por comprobar si era verdad todo  lo prometido. Sin duda pudieron dar un suspiro de alivio y hasta de satisfacción cuando él, el hombre que los  había  conducido  a  tan  promisorio   lugar,   detuvo  el  caballo  y   descendió  ágil  y presuroso y con fogosa impaciencia comenzó a hurgar el suelo  con las  manos  hasta  extraer  un puñado  de  tierra  negra y húmeda que levantó como una especie de trofeo, mientras tronaba la voz eufórica y orgullosa, miren, en ninguna parte encontrarán una tierra como ésta, virgen y fértil,  a la espera de gente  dispuesta a trabajar y sacarle los mejores  frutos. Sin duda por largo rato los otros debieron quedar rígidos, con un aire de asombro o deslumbramiento, los ojos clavados en el hombre preocupado por mostrar las bondades del producto que deseaba venderles, hasta que naturalmente, como si respondieran a una orden tácita, expresaron un  general  beneplácito. Subyugados. Felices. Agradecidos.
        Sí. Desde que habíamos salido del Piamonte, nunca tuvimos un ofrecimiento tan alentador. De pronto surgía cercana la posibilidad de tener un pedazo de tierra para arar y sembrar y construir una vivienda donde compartir el amor de una mujer y criar a los hijos.  Desde chico había escuchado casi las mismas palabras cada vez que mi abuelo evocaba la llegada a este lugar de la provincia, donde, a pesar de su aspecto desolado -una sábana inmensa en que el cúmulo de  pastos  y espinillos parecía resguardar la  riqueza oculta en  el fondo de la tierra- y el instintivo  temor provocado por lo desconocido, de inmediato consideró,  como quienes  lo  acompañaban  aquel   día,   que  radicarse allí era la mejor y tal vez única oportunidad  para    acabar    con  la etapa  de  miseria  y desventura. Por eso el rápido asentimiento y la firma del boleto de compra-venta por las concesiones de tierra que habrían de ser pagadas con las futuras y generosas cosechas y la urgencia por construir un reducto absolutamente propio.
        Alcanzar la misma meta  había  logrado unir a los once hombres en una espontánea y  firme decisión. Pujantes. Arrebatados.  Impacientes.  La  quietud  y soledad del páramo quedaron desalojadas rápidamente  a medida que plantaban los mojones y comenzaban a levantar  las frágiles viviendas y la compañía de las  mujeres y los hijos los colmaba de regocijo  y  por primera vez horadaban  la tierra en un rito fervoroso.
        Así, lentamente, con tesón y sacrificio, en constante pugna por superar los obstáculos, poco a poco fue tomando forma el sitio que habría de ser conocido con el nombre de La Florida. 



1924


Como desde hacía varias semanas, llegó al lugar habitual. Impulsada por una mezcla de ansiedad, rabia y creciente impaciencia, que lograba desplazar por breve tiempo la fatiga y los dolores que ahora solían azotar su cuerpo cargado de años.
         No. Todavía no empezaron. Intentó armarse de resignación para  aceptar  un día más de inútil espera. Imponente y fastuoso, el edificio continuaba allí, a pesar de sus paredes  descascaradas y ennegrecidas por la  humedad, de las puertas y ventanas sucias y con los vidrios rotos.  Casi invencible al paso del tiempo. Más fuerte que yo. Tal vez nunca tendré la dicha de verlo caer.  Creyó ser objeto de una burla que ya no tenía modo ni capacidad para eludir. Maniatada, sin defensa ante la tenaz embestida de fragmentos de un tiempo que, al observar la propiedad  donde  había   vivido  casi veinte años, surgían con  renovado vigor. No es sólo por esto. Es por él. Aunque pretendía  rechazar   la  idea,  cada   vez  le resultaba    más    claro     que    la  figura de  él  -intangible, subterránea-   seguía prevaleciendo como una sombra. Sin darle tregua ni libertad. Como si no hubiera muerto. Como si aún lo tuviera a mi lado. 
         Ya no lograba definir en qué momento había empezado a sentirse  una figura minúscula y desvalida a su lado. Tal vez siempre. Porque nunca llegó a considerarme una mujer, sino simplemente  alguien que podía ayudarlo y atenderlo.  Necesitó muchos años para arribar a esa  desgarrante evidencia. Al desvanecerse todo vestigio de amor, ternura y aun respeto. Quedándole  un  sentimiento de frustración, rabia y  culpa por haber mantenido  siempre una actitud pasiva, incapaz de cualquier iniciativa,  sometida a los deseos y  caprichos de él. Sí. Atontada o enceguecida por un enamoramiento que había creído para toda la vida. Sin  admitir o comprender claramente todo aquello que la iba hundiendo en un progresivo sojuzgamiento: la  arbitraria conducta  de  él;   la sospecha cada vez ostensible de   ser desplazada    por  otra  mujer;  la presencia  de  los hijos  como único   apoyo   para   sobrellevar   el   desdén  y  la  humillación.
         No. Nunca pude imaginar este final. Hubiera querido gritar o  pegar  un   puñetazo,   no   sólo   como   simple  expresión de iracundia o protesta sino también anhelando que tuviera la virtud de borrar el desencanto, la angustia, el sentido de la impotencia, que en el curso de los años le habían hecho relegar y hasta olvidar otra etapa. La más deslumbrante y feliz.  Al conocerlo. Por primera vez  me estremecía un hombre. Llenándome con sensaciones  nuevas,  reconfortantes, profundamente agradables.  No llegó a definir si el atractivo ejercido por Federico Keller provino de su figura alta, casi fornida, cuya voz reflejaba siempre un tono de firmeza y seguridad, o por la aureola de triunfo y esplendor que gozaba en  la Colonia Esperanza por ser dueño de una destilería  y vender tierras para colonizar. Tal vez por las dos cosas o por esa especie de velada disputa que de inmediato pareció establecerse entre las muchachas de su edad -dieciséis, diecisiete años- con el propósito  de conquistarlo o  tener el  privilegio  de  ser  elegida  por él.  Sí.   Entonces  resultaba el mejor   candidato   para  nuestras    aspiraciones  de   casarnos. Aterradas   por   el   fantasma de  la  soltería.  Todas  queríamos formar una familia, tener hijos, y no envejecer solas y sin ilusiones.  Durante  varios meses, en diversas reuniones y fiestas   -por  un casamiento, una carneada,  una buena cosecha- donde estaba él,  se entregaron a la tarea de atraerlo y despertar su interés. Anhelantes. Plenas de entusiasmo. Embarcadas en recia contienda. Hasta que él, dispuesto a casarse, tomó una decisión. Y ella fue la elegida.
         Entonces creí que era lo mejor.  Jamás  imaginé que cometía la mayor equivocación.
 




(-¡Hectáreas y hectáreas! Tierra virgen. Pródiga. Lista para ser arada y sembrada  -imperativa la voz del hombre, mientras las manos denotaban un claro arrebato-. Y para eso se necesita mucha gente. Hombres y mujeres dispuestos a trabajar, a soportar privaciones y sacrificios. Puedo asegurarle que serán recompensados  con  los mejores frutos.
         Le gustaba escucharlo, dejarse invadir por el hálito de seguridad y fervor que trasuntaba Aarón Castellanos  cada vez que le hablaba sobre el próspero negocio de proveer de tierra a la legión de inmigrantes que, doblegados por el hambre y huyendo del horror de la guerra, llegaban al país en busca de un espacio para vivir y formar una familia. Sí. Tal vez sea la oportunidad esperada. Creyendo que una luz  esplendente  surgía al cabo de casi dos años de representar y vender  con pobres resultados una línea de vinos franceses. Por eso, abrumado  por el sentido del fracaso,   quiso asirse a esa tabla tan cercana y tentadora.
         -Conozco  propietarios  dispuestos   a  vender  sus  tierras   para ser colonizadas. Necesitan alguien que los represente. ¿Le interesaría ocuparse de ese negocio?
         Otro desafío. Impredecible. Pero no podía rehuirlo. La oportunidad para alcanzar una posición desahogada y respetable o, por el contrario, caer en la mayor ruina. Y sin analizarlo demasiado, se dejó arrastrar, con un atisbo de ansiedad, temor, júbilo. Durante días y días participó de numerosas reuniones con poderosos dueños de tierras, escuchó las ofertas, expuso sus pretensiones,  comprobó cómo se  plasmaba  en formales contratos la modalidad que habría de tener su nuevo trabajo.
         Entonces  apareció ella.  Bruscamente. Una especie de revelación o feliz descubrimiento.  Advertí de pronto  que podía existir  algo más importante que el trabajo o el afán de conseguir dinero.  Atisbando por fin la posibilidad de  vivir   aquello que durante tanto tiempo  debió renunciar, desplazado por otras urgencias:  la búsqueda de compañía, el amor, la gratificación de algún placer.  Dulcemente  embriagado, seducido  por la belleza de esa mujer desde la tarde en que la vio por primera vez   -al reunirse con  su esposo, Conrado Bossio,  propietario de grandes extensiones de tierras-, aunque  también invadido por una dosis de sorpresa e intriga al notar la  actitud retraída, que  indicaba un aire de tristeza y honda preocupación. Más que la dueña de casa, parece  una prisionera desesperada por encontrar una salida o recibir una simple ayuda. Acuciado por esa impresión, quiso conocerla más, indagar sobre su mundo, que presintió grávido de zonas oscuras y aun asfixiantes. Y ya no le interesó tanto ir allí para arreglar el contrato con Bossio, sino más bien por el deseo de verla, de cambiar algunas palabras. Sí. Todo ocurrió demasiado rápido.  Tal vez porque los dos deseábamos lo mismo, porque esperábamos una oportunidad para acabar con la soledad y el desamparo. Más que las palabras, fueron suficientes  una mirada y algún leve gesto, para establecer una corriente de comunicación y entendimiento. Hasta acordar, en secreta y jubilosa complicidad, el primer encuentro.)




1883 - 1884


Al cabo de casi cuatro años desde que había comenzado a formarse La Florida sobrevino una sequía tan cruel y prolongada que no sólo creó un clima de agobio  y desazón, sino también provocó la ruina y aun la  precipitada  marcha  hacia otros sitios de muchos pobladores. Aunque fuertes granizadas o el sorpresivo ataque de una manga de langostas lograban mermar de tanto en tanto  el rinde de alguna cosecha,  nada resultó comparable con los estragos causados por la falta de agua durante ocho, diez  meses, primero en la tierra sobre la que  los anhelados frutos yacían mustios y ya irremediablemente inútiles, y después en el ánimo de los hombres y mujeres que, además de ver derrumbado el esforzado trabajo de la siembra, comprobaban que no tenían ningún medio para afrontar el cúmulo de deudas.
        Y muchos no resistieron. Entre ellos, mi abuelo. Por eso siempre evoco simultáneamente la sequía  y el momento de su muerte. Inseparables. Unidos por un  extraño sortilegio.  Durante aquellos días  imperaba  un  estado de creciente  tensión,  malhumor,   desesperanza,   en   nuestra  casa.    Con   mis   escasos   ocho años resultaba un  simple y  mudo testigo,  sin   permiso  ni  posibilidad para intervenir en   las conversaciones,   problemas o decisiones de los mayores. Como si se tratara de un mundo inescrutable. Sólo podía  observar los rostros macerados   por  un  rictus  de  malestar y  desaliento,   comprobar cómo   la  charla  bulliciosa a la hora en que nos reuníamos para comer había sido  desplazada por un progresivo y tenaz silencio, estremecerme cuando alguna palabra soez daba cauce al dolor, la indignación o una inútil protesta. Situación parecida vivían otras familias de la colonia.  Angustia.  Incertidumbre.  La  inexorable  certeza de encontrarse con las manos atadas, sin alivio ni modo de evasión.  A la realidad lacerante de la sequía se agregó muy pronto el fantasma del desalojo, ya que casi nadie estaba en condiciones de cosechar un grano de trigo y por lo tanto de abonar la cuota por la compra del campo.  La carga  de temor, furia, resentimiento,  se  concentró contra  la persona que poco tiempo antes les había presentado este lugar  como el  más propicio:  Federico  Keller.  Y empezó a tener el carácter de una sombra nefasta,  el  verdugo que iba a decidir sobre ellos sin piedad, brutalmente.
        -Esta mañana se fueron los Bonazzola.
        Una noche mi padre quebró el habitual silencio de la cena con la noticia. Lo hizo violentamente. Molesto o más bien rabioso, como si una piedra le obstruyera la garganta y necesitaba expulsarla para no ahogarse. Aunque evitó dar detalles, para todos resultaba claro lo que había pasado: que los Bonazzola no se habían marchado por propia voluntad ni porque les hubieran ofrecido algo mejor en otra parte, sino por haber sido desalojados del campo al no poder abonar las cuotas. Y después ocurrió lo mismo con los Linares y los Colombo y los Morandini y otros que, con su partida súbita e involuntaria, contribuyeron a dejar un sabor de amargura y desasosiego en los habitantes de la incipiente colonia. Y cada vez más la presencia de Federico Keller adquirió un carácter hostil, que sólo podía generar ruina y destrucción.
        -¡Este es nuestro campo! Nunca tendrá el placer de echarnos de aquí. ¡Primero deberá pasar sobre el cadáver de Juan Esteban Cardone!
        Fue el comienzo del cambio en el comportamiento de mi abuelo.  El  puñetazo  sobre la  mesa y  las palabras  estallando en grito y la mirada de pronto brillante y desencajada parecieron transformarlo en otro hombre. Después de largos  meses de vegetar pasivamente,  sin  fuerza ni ánimo para enfrentar las desgracias que lo aplastaban, perdió todo control. Ya no tuvo un instante de sosiego. Desde temprano recorría  las cincuenta hectáreas de campo en alucinada inspección, como si necesitara comprobar el modo como la tierra se resecaba cada día más o apremiado por el anhelo de descubrir algún brote nuevo que le devolviera la esperanza, levantando de tanto en tanto los ojos al cielo en súbito ruego o para lanzar rabiosas injurias. Al atardecer solía marchar hacia el pueblo donde en el boliche de Bottaro intentaba a través de  incontables ginebras aturdirse o escapar de una situación ingobernable. Su desmejoramiento se hizo cada día más notorio y logró contagiarnos el miedo ante la inevitable visita de Federico Keller para echarnos abruptamente. Mi madre procuraba restablecer la calma, confiando en la llegada de  un tiempo más próspero. En cambio,  mi padre, cansado de un modo de vida signado por la frustración y la miseria, comenzó a repetir que ya era hora de mudarse a  otro sitio. Y  mi abuela, esperando únicamente de Dios la solución a todos los males, acudía  presurosa a  las misas y procesiones y novenas  que el Padre Joaquín celebraba para  que la colonia fuera bendecida por una lluvia abundante.
        Hasta  que  una   noche  trajeron  a  mi  abuelo acostado en una chata,  no  por efecto de la bebida -lo que  ya resultaba habitual-, sino por sufrir una grave descompostura. Mi padre buscó al doctor Ricarte, quien, luego de revisarlo largamente, se limitó a repetir que ya no podía hacer nada y únicamente había que esperar, procurando infundir en nosotros una cuota de calma  y resignación. La agonía duró quince interminables días.  A mí, por no efectuar ninguna tarea determinada, me tocó permanecer  a su lado el mayor tiempo. No tanto para atenderlo, sino más bien para asistir al progresivo deterioro de su cuerpo: poco a poco fue perdiendo la recia prestancia, la piel se tornó cada vez más blanca, el brillo de los ojos dejó de ser un signo distintivo de su empuje y determinación. De tanto en tanto salía de la habitual  inmovilidad con bruscos gestos de los brazos,  al parecer  trabado en feroz pelea o intentando rechazar un brusco ataque,  mientras profería obsesivo las mismas palabras, no, no quiero, déjenme. Sólo en esos momentos  surgía un atisbo de vida en la asfixiante oquedad del cuarto, mientras permanecía quieto junto a su cama, sin poder rehuir el acecho de múltiples figuras, todas feas y distorsionadas, con que  imaginaba a la muerte cuya cercana e irrevocable  visita  me   llenaba  de   perturbación. Por eso, cuando al fin llegó, sentí el cuerpo súbitamente libre, y en enloquecida carrera salí de la pieza para dar el aviso, con el alivio de poner fin a una oscura pesadilla.
        Pocos días después  abandonamos el campo. No sé si porque ya nada nos ataba a ese sitio y era inútil seguir empeñados en una lucha que parecía condenada al fracaso o para evitar el bochorno  de ser echados, violentamente, sin la menor piedad, como había ocurrido con otros colonos.  Entonces, sin tener otra opción, convertidos en míseros refugiados, nos trasladamos a unos cuartos cedidos generosamente por  mi tío Victorino, y a manera de retribución, todos, mi abuela, mis padres y yo, comenzamos a ayudarlo en las tareas del almacén.





Octubre 10 de 1886


Con la apariencia de figuras fantasmales, pudo advertir que hombres y mujeres, a medio vestir o cubriéndose presurosamente con alguna prenda, se iban agrupando en la calle, como si respondieran a una tácita convocatoria. Entregados a susurrantes cuchicheos, en actitud   de sorpresa y desconcierto. Hasta detenerse frente a él. Inquisitivos.
         -¿Qué ha pasado?
         -Oímos un disparo.
         -¿Hubo algún muerto?
         Sin intentar darles una respuesta, procuró formar una barrera con su cuerpo para impedir que cruzaran el umbral. Durante largo rato debió esforzarse por contenerlos, mientras crecían las voces y el desorden, hasta que vio acercarse un vehículo por la calle. Cuando descendieron los dos agentes respiró más tranquilo.
         -Yo los llamé. Rápido. Fue en el cuarto treinta y siete. Vengan por aquí. 





(Vital. Espontánea. Incontenible había estallado la  risa   apenas penetraron en la pieza. Y durante unos minutos se limitó a escucharla, a observar entre curioso y deslumbrado cómo la convulsión  desarticulaba el cuerpo de ella mientras daba unos pasos en círculo y comenzaba a sacarse el vestido con gestos bruscos, imperativos, que ya parecían estar fuera de su dominio o voluntad. Como si acabara de abandonar un tenebroso túnel  y  de pronto pudiera respirar libremente y hacer lo que quisiera, despreocupada, sin temor de ser  vista. Con regocijo comprendió que le correspondía algo de mérito  en   ese cambio,  en lograr que la frenética algarabía relegara por un rato el habitual estado de pesar y desaliento con que sobrellevaba o más bien aceptaba resignadamente el modo de vida en la casa amplia, de aspecto sombrío y agobiante, junto a un hombre al que  ya sin duda permanecía unida no por amor sino por costumbre, aprensión  o alguna otra razón que aún intentaba descifrar. Y después la actitud  de    ella    pareció   evidenciar    el  signo del más cálido, gratificante  agradecimiento.   Sin  palabras.  A  través de  los besos y las manos ávidas y diestras al quitarle la ropa y   los suspiros cortos, profundos, reveladores de un estado de placidez cuando lo empujó hacia  la cama. Al rodar trabados en un abrazo pleno de urgencia, olvidados del tiempo y de cualquier atadura, absorbidos únicamente por  tornar permanente ese momento, comprendió que tal vez era él quien debía estar más agradecido, no sólo por el privilegio de gozar el cuerpo tibio y palpitante, sino más aún por tener  la oportunidad de aplacar al fin la pertinaz soledad que soportaba en esa ciudad, lejos del  cálido refugio de su familia. Sí. Vivir simplemente estos instantes. Sin ayer ni mañana.
         Fue apenas un remanso. Arrebatador. Brevísimo. Que se desvaneció cuando él, tras firmar el convenio con tres propietarios dispuestos a vender sus  tierras  a los colonos que llegaban al oeste santafesino, debió iniciar el  nuevo trabajo. Entonces surgieron las promesas de otros encuentros. Como alentador consuelo para sobrellevar la separación, pues aún ella no tenía el valor o la decisión de romper el vínculo con su universo y él se encontraba con las manos vacías, incapaz de  ofrecerle otra cosa que un rato  de compañía y libertad.  Sólo podremos estar juntos cuando  los frutos de esta  empresa  me  permitan   darle  todo  lo  que   merece  y necesita.  Lejos de quien no es más que un extraño.
         Desgarrado, tratando de conservar  el calor de los besos y las caricias de ella como único recurso para no ceder a la desesperación y dispuesto a sacar el mayor provecho al poder otorgado por los propietarios de tierras, partió hacia el sitio que Aarón Castellanos le había pintado con inusitado fervor.)





Junio 19 de 1885


Un clima de euforia invadió aquel día a los habitantes de La Florida. De pronto pareció quedar borrada toda huella de la pertinaz sequía que algo más de un año atrás había provocado la ruina y el éxodo de muchos hombres y mujeres, desencantados de ese sitio donde no pudieron concretar casi ninguno de sus sueños. Pero la caída de un buen aguacero no sólo hizo surgir los primeros brotes, sino también logró  renovar el ánimo y las ganas de seguir trabajando de aquellos que habían resistido  el embate de los acreedores y el mal tiempo. Por eso para todos resultó  motivo de alborozo y casi fue tomado como una especie de vivificante recompensa el hecho de que Francisco Zanetti pusiera en marcha el primer molino harinero de la colonia.  También había algo de desafío y alentadora esperanza en sus palabras: Ahora no tendremos que llevar nuestro trigo a ninguna parte. Aquí podremos convertirlo en harina. Más rápido y a menor costo.   Dado que casi todos los colonos habían experimentado  en carne propia   el  esfuerzo  y  sacrificio   que demandaba  transportar la   cosecha   de    trigo  a     través     de   incontables    leguas,   por caminos escarpados, bajo la lluvia o un sol implacable, hasta San Carlos o Esperanza o Pilar, que eran los únicos sitios donde funcionaban algunos molinos harineros, celebraron jubilosos no sólo el hecho de tener al fin un medio al alcance  de las manos para encauzar la producción, con todo lo que ello significaba en ahorro de tiempo y dinero, sino también la perspectiva  de notable desarrollo que le otorgaría a La Florida.
        Y por espacio de  un año el intenso trabajo del molino pareció revelar de modo tácito que ya habían sido superadas y hasta podía empezarse a relegar a la zona del olvido las dificultades surgidas durante los primeros tiempos de la formación de la colonia -el aislamiento, la sequía,  el lento  quehacer de  todo lo necesario para vivir en esa tierra desértica-, y se vislumbraba una etapa de firme y beneficioso crecimiento.
        La amenaza de quedar frustrado todo eso surgió bruscamente. Al descomponerse el molino. Algo que nadie llegó o se atrevió a imaginar. Como si el enorme globo que contenía los anhelos, metas, amores,  todo  aquello que gratificaba sus corazones, se hubiera desplomado sin piedad.  Durante  varias semanas prevaleció  un clima de  malestar y desaliento  al  acumularse el trigo como una carga ya inservible  y  la   falta  de  trabajo   incentivaba   sombríos   presagios, mientras  aguardaban  al  único  hombre que en la zona podía solucionar el problema: Marcelino Belardi.
        Y  su llegada logró alterar la habitual rutina de La Florida. De inmediato una especie de fascinante atractivo pareció ejercer sobre todos los habitantes. Ya nadie pudo asumir una actitud ajena o indiferente. Despertando admiración y un general agradecimiento al verlo trabajar, firme y con irrevocable seguridad, casi sin concederse el menor descanso, día tras día, hasta poner de nuevo en marcha el molino.  Después, al  radicarse en el pueblo, le confirió un aire de belleza y alegría a cada fiesta o reunión por obra de la música impetuosa del acordeón que tocaba  incansable y feliz, como si eso tuviera un carácter deslumbrante o sublime que le hacía perder la noción del tiempo y de las cosas. Llegó a  provocar desconcierto y resquemor al mostrarse altivo, por momentos hosco,  la voz cortante, siempre dispuesto a imponer su voluntad y alcanzar sus propósitos. Convirtiéndose en foco de escándalo al unirse de improviso con Pelegrina Vázquez para concretar el obsesivo anhelo de tener un hijo.  Y sobre  todo,  desde el principio,  quiso despertar el  interés,  la  codicia,   el   enamoramiento   de los  hombres  por sus  tres hijas -jóvenes, hermosísimas, apetecibles-   al  presentarlas en    todos   los    sitios   con    el    claro   propósito  de    conseguir buenos candidatos  para casarlas.
    Y yo fui uno de los cedió a sus arremetidas. Pasé a formar parte de su mundo, al casarme con una de ellas: Edith.     




Enero 26 de 1913



Al salir de la casa, la calle ya era escenario  del presuroso movimiento de la gente y la invasión de variados y fuertes sonidos. Sin rastros del habitual y moroso desarrollo de los otros días. Sí. Ya nada será igual. Algo nuevo comenzará a surgir para todos nosotros. Y creyó que el sentimiento de fervor, ansiedad, esperanza, experimentado por él y su familia debía ser similar al de los otros habitantes del pueblo, quienes, desde el estruendoso tronar de los ciento veintiún cañonazos apenas surgió el primer rayo del sol,  deseaban participar de todos los actos programados para ese día que presentían único, irrepetible, incorporado  para siempre  a  la historia iniciada muchos años atrás con la llegada de los primeros formadores de la colonia.
         -Rápido. No debemos llegar tarde.
         Procuró que Edith y Miguel correspondieran a la urgencia que tenía por encontrarse en la plaza, desde donde  se  percibían los  vigorosos  acordes de la Banda de Música como preludio de  la inminente llegada del Gobernador de la Provincia.





(Sí. Trabajar y trabajar. El único  propósito. Tanto para concretar los sueños de poseer cosas y disfrutar de un creciente poder, como  para aturdirme, para aplacar el dolor de no tenerla a mi lado. Nélida. Nélida. Y aunque la evocaba obsesivo,  lacerado por el sentido de la soledad, durante los primeros meses  se vio inmerso no sólo en la creciente agitación que imperaba en ese lugar de nombre sugestivo -Esperanza- con la llegada de inmigrantes ansiosos por  construir su vivienda, sino de manera especial en la denodada tarea  de ofrecer las tierras  cuya venta  le habían encomendado.  Enfático, con tenaz optimismo, tratando de hacer palpable el sueño de prodigiosas cosechas en la virgen y dilatada  planicie. A pesar de gratificarlo la firma de cada boleto de compra-venta, le parecía escaso  el beneficio obtenido. La parte podría ser mucho más provechosa si fuera el propietario de lo que vendo,  si no  tuviera  que  representar  el  papel de  simple intermediario,   de  alguien  que   trabaja   para  que otros acumulen ganancias  cada  vez más sustanciosas.  Sublevándose, golpeado    por   la   bronca   y   el   desencanto,   quiso  alcanzar  una situación de holgura y bienestar. Rápidamente. Sin obligaciones ni ataduras. Como si estuviera buscando un tesoro. Solo. Dispuesto a correr cualquier riesgo. Impaciente por  sacarlo a la luz y disfrutarlo. Como un rey. Junto a ella. La meta excluyente. Adquirir  bienes y conferirle a su nombre un halo de luminoso prestigio y relegar la soledad en compañía de la mujer amada.
         Pasaron apenas algunos meses, que le parecieron años, antes de obtener los primeros frutos, cuando la comisión por cada hectárea de tierra vendida le permitió -en base al desarrollo de una vida austera, sin lujos, restringiendo cualquier gasto superfluo- acumular los fondos para instalar su propio negocio: una destilería de alcohol. Ahora todos empezarán a saber quién soy. Ahora les demostraré hasta dónde puedo llegar. Regocijado de pronto no sólo por el negocio grávido de promisorio futuro, sino también por comprender que allí, donde un grupo de hombres y mujeres intentaba formar la nueva colonia, podía desarrollar sus planes. Como si el tesoro soñado comenzara a surgir cada vez más claro. Fascinante. Y debía tomarlo.  Sin titubear.
         Poco a poco pudo comprobar que la relevancia adquirida en el ámbito   comercial   le   otorgaba   el   beneficio  de  ser invitado a las carneadas   y  fiestas  por algún  casamiento,  a solicitar  su opinión o consejo sobre diversas cuestiones, a recibir ofrecimientos para ocupar algún cargo en el gobierno de la colonia. Muy pronto  surgió otra cosa que intensificó el halago e íntima satisfacción: convertirse en el centro del interés, admiración o mero deseo de las muchachas que procuraban conquistar   un   buen   candidato   para casarse. Procuró asumir una actitud indiferente, tanto porque el acercamiento establecido con ellas en alguna fiesta o baile resultaba fugaz, apenas un recreo en el frenético ritmo de trabajo que se había impuesto, como por el acuciante recuerdo de Nélida. Insoslayable. Como si me estuviera vigilando. Como si me impidiera cometer una traición o engaño.
         Hasta que todo adquirió  un cariz distinto, ajeno a los planes que se había ido forjando cada día. Al producirse la ruptura. Imprevista. Sin desearla ni esperarla. Por obra de ella. Concluyendo los  subrepticios encuentros que habían tenido  cada cuatro o cinco meses, refugiados durante un par de horas en algún cuarto de pensión,  cuando él viajaba  a Buenos Aires para rendir cuentas a los propietarios  de  las tierras.  Se terminó.  Esta es la última vez que nos vemos.)  




1886


De pronto, el pánico y la muerte parecieron enseñorearse sin tregua ni piedad sobre los hombres y mujeres de la colonia. La epidemia de cólera, irrevocablemente, se convirtió en una especie de maligno y ejemplar castigo para lavar todos los pecados y culpas que, de manera subterránea y en mayor o menor grado, anidaba en cada uno. Sobrecogidos por semejante certidumbre, y como había ocurrido tres años antes cuando sobrevino el largo tiempo de sequía, clamaron por ayuda divina mediante misas y rosarios y procesiones con la infatigable y entusiasta conducción del Padre Joaquín, a la espera de que tantos actos de penitencia fueran compensados con alguna señal de alivio o consuelo que los fortaleciera para  soportar los devastadores estragos de la epidemia.
        No ocurrió así. Por espacio de casi un año el sentido de la impotencia y el abandono golpeó  cruelmente a los colonos, haciendo renegar de la fe cristiana a muchos de ellos y hundir en la total desesperación a otros, al comprobar cómo la plaga diezmaba a familiares  y  amigos,   sin  tener  la menor  alternativa para brindarles una  ayuda.   A  los que permanecían  inmunes  en virtud de tener una constitución  física   fuerte   y  capaz de resistir cualquier embate o por beber con generosidad alcohol y láudano, únicos antídotos conocidos para librarse del flagelo, sin duda  les tocaba el  trabajo más feo y doloroso: enterrar a los muertos. Y así, llegó a ser alucinante la visión de las chatas que, llevando a los cuerpos cubiertos de cal para evitar el contagio y con  la urgencia por concluir cuanto antes tan espinosa tarea, cruzaban  las quince leguas desde el pueblo hasta el terreno donado por un colono para utilizar como cementerio.
        A pesar del clima de opresión y abatimiento que arreciaba en la colonia por aquellos días, de tanto en tanto algún hecho lograba poner una nota distinta. Casi hilarante, como el caso del colono que, llevando a enterrar a su padre y un hermano, no advirtió -sin duda por el estado de ebriedad con que procuraba prevenirse de la plaga- hasta llegar al cementerio, que había perdido un cadáver por el camino; o el de un mendigo que,  dado por muerto, al ser transportado junto a otros cadáveres  -única forma de paliar la  falta de  cajones-,  se irguió bruscamente en el carro y después  de escupir la cal que le tapaba la boca, comenzó a mover   los   brazos  y pronunciar  palabras   incoherentes   ante  la   perplejidad   y   aun  el terror de los sepultureros. Hubo otros hechos con visos trágicos, como el ocurrido al Francés, apodo con que se conocía al dueño de la primera farmacia del pueblo, quien había inventado un remedio para combatir el cólera. Eso le dio cierto renombre, aunque no precisamente por haber descubierto un medio de salvación, sino por el rumor que empezó a circular sobre el nefasto resultado provocado en quienes lo habían probado. Hasta que un hombre, aquejado del mal, se presentó en la farmacia y solicitó el cuestionado remedio.  Apenas lo tuvo en la mano, le gritó al farmacéutico, ahora se lo toma usted, mientras lo amenazaba con una pistola, con la intención de cerciorarse del buen estado del medicamento o tal vez para vengar a todos los que habían sido perjudicados. Fueron inútiles la resistencia y las protestas del Francés, con el argumento de que no se encontraba enfermo. Al fin, acorralado, cedió.  Y entonces ya no quedaron dudas sobre el efecto del medicamento: murió a las pocas horas.
        Y así, aquel 1886 transcurrió entre el acecho de la muerte, el clamor desgarrante a Dios en procura de una muestra de bondad y misericordia, la pugna por sobrevivir y algunos contados episodios que llegaron a otorgar una cuota de algarabía o respiro. Al promediar diciembre    se   atenuó    la   secuela    de   la   epidemia.   Y  poco  a poco  fue  restableciéndose el ánimo de los pobladores, quienes, ante la impostergable necesidad de continuar los quehaceres de todos los días,  trataron de armarse de fuerza y  resignación para seguir adelante.
        Y durante la misa de Nochebuena, el Padre Joaquín llegó a enarbolar el sentimiento  de todos  al  pronunciar  una conmovida oración de agradecimiento, no sólo porque al fin comenzaban a verse libres del azote del cólera, sino también porque la gracia del Señor había permitido -en la anhelada bendición  que compensaba tanto sufrimiento, fatiga, trabajo- que ese año se realizara la mayor cosecha de trigo desde la formación de la colonia.    




1924


Sí. Es inútil. Ya nada podrá ser distinto. Casi por primera vez debió admitir que estaban en lo cierto sus familiares y amigos al repetirle que la casi diaria visita a ese sitio sólo lograba avivar viejas y dolorosas  heridas.  A pesar de sentir el  cuerpo ya mustio, vencido por la fatiga y los años,  tuvo  el  imperioso afán de sublevarse, de concretar al fin la tantas veces postergada venganza contra él por haberla precipitado a la ruina y la desolación.  Nunca le interesó la opinión de los demás ni llegó a admitir que podía equivocarse. Orgulloso. Creyendo que nadie podía ser superior a él. Y convertida en mero testigo, sin alternativa para modificar nada con una palabra o un gesto, observó cómo se hundía en una zona de oscuridad debido al pobre  desarrollo de la destilería de alcohol  y las  deudas ocasionadas  por la venta de tierras.    Pero   sin   duda   había sido  la   construcción    de   una   propiedad   de   vastas dimensiones,  excesivamente  lujosa  e   insólita   en  la  opaca fisonomía   de   la   incipiente colonia,  lo que  precipitó  la caída. Una idea demencial.  Arrebatado por  el propósito de ostentar su poder, de revelar que era el único que podía hacer algo así.  Incomparable. Debí morderme los labios, cerrar los ojos, aceptar lo que él había decidido. Durante meses y meses lo vio poseído por un ímpetu arrollador al dictar órdenes a los arquitectos, albañiles, pintores, y comprar los mármoles, los muebles, los cuadros, cada pequeño pero imprescindible objeto que habría de otorgarle un detalle de belleza y distinción a la propiedad. No pidió ni quiso mi opinión. Como si nada de eso me perteneciera. Como si la casa fuera suya únicamente.  Sin llegar a participar  en lo que ocurrió allí por espacio de varios años: la visita de políticos y comerciantes; las reuniones para concretar los diversos negocios; el desarrollo de bulliciosas fiestas. Asumiendo siempre él un rol descollante, pleno de orgullo y euforia al ser protagonista de hechos que demostraban su poder y esplendor.
         El enamoramiento,  la pasión, el placer por  los   gustos compartidos   se   transformaron   poco  a  poco en tensión, malestar,   rutina   exasperante.   Sobre  todo   al    presentir por rumores   y  velados   comentarios  que   otra mujer le  robaba el tiempo, los deseos,  el  amor  de  él.  Sutil,   poderosamente. Aunque nada hicieron para  cortar el vínculo cada vez  más frágil:  él, por temor de revelar un aspecto de su conducta que iba a provocar desagrado y repudio entre los habitantes de la colonia, y ella por no tener otro sitio donde encontrar un refugio o liberación. Tácitamente se limitaron a esperar que algo, de manera natural e irrevocable, concluyera una relación que ya nada tenía en común.
         Y sobrevino  el derrumbe. Progresivo. Lacerante. Como lo había visto disfrutar el tiempo de triunfo y gloria, entonces asistí al dolor de su derrota. Con una mezcla de furor e impotencia similar al que experimentaba ahora, día tras día, frente a la odiada propiedad que, todavía incólume, seguía golpeándola con ramalazos del pasado.





(Ahora   le   resultaba  difícil definir cuándo había surgido el cambio. A la segunda, tercera o cuarta vez que se encontraron en alguna pensión, cuando él viajaba a Buenos Aires para  informar a los propietarios de las tierras sobre las operaciones que había concretado. Como si  todo lo bueno y que nos embriagaba de placer hubiera   ocurrido  la primera vez. Únicamente. Y  ya no tuviéramos la fuerza, ni las ganas, ni la oportunidad de repetirlo. Comprobando desolado que era incapaz   no sólo de restaurar la risa espontánea, fresca,  pujante,  con    que    ella   pareció   inaugurar  la  conquista de  un  anhelado   espacio   de     libertad,    sino   también de atenuar el creciente estado de  inquietud y miedo. El debe sospechar algo. Tengo la impresión de que me vigila todo el tiempo. De improviso la figura de Conrado Bossio -que tácitamente habían procurado mantener en una zona lejana y oscura- se impuso. Rotunda. Ineludible. Y  consiguió desmoronar  el fuego de la pasión, transformar el deleite de cada encuentro en zozobra y sobresalto. Vámonos.  Lejos  de   él.   Olvidados   de   todo   esto.   Brusca  y  casi suplicante la propuesta nacida más de la necesidad de tenerla cerca y verla riente y animosa que de poder ofrecerle un modo de vida grato, despreocupado, feliz. Fue inútil. Ya nada pareció ser capaz de evadirla de una sombría y tenaz desolación, como si una culpa instintiva o la amenaza de recibir un castigo le impidiera romper cualquier lazo con el mundo en que había vivido siempre.  Aprensiva, desmoronado todo coraje, sin duda todavía insegura del sentimiento que experimentaba por él. Sí. No llegó a resultarle  más que una aventura. Simple, placentera, fugaz. Sin comprender lo que realmente significaba para mí. Y después del último encuentro -en el que el silencio, las miradas graves y desencajadas, el desánimo reemplazaron la algarabía y el frenesí de otras veces-, el regreso a Esperanza le resultó un trayecto interminable. Sintiéndose solo y sin fuerzas para continuar la tarea que desarrollaba allí.
         Entonces quise  sacarme la espina  que me había clavado. Olvidarla. Vengarme. Aplacar de alguna manera la bronca o el estado de frustración. Y no había tenido otro propósito al casarse con Angélica Gardiol. Creí que era la única salida. Repentina. Salvadora. Demasiado pronto comprobó que no sería así. Como si, al evadirse de esa especie de súbito deslumbramiento, se encontrara frente a una realidad  que   no   esperaba  ni podía modificar. Tal fue la  impresión -rotunda, teñida con algo de dolor y azoramiento- experimentada aquella  noche,  después  del   bullicio   y   la  música enfervorizadora y  la   contagiosa alegría  de quienes habían participado de la fiesta de casamiento, cuando  quedaron solos por primera vez en un austero y  apenas   iluminado   cuarto   de    hotel.     Ansiosos.  Trémulos. Con   una    inocultable     cuota     de      pudor     y  torpeza  en   ella al     despojarse    lentamente    de   la ropa,    y    el    instintivo anhelo   de   él  por descubrir,   encontrar,  hacer  palpable  a través del cuerpo de esa mujer el otro cuerpo, el  que  realmente hubiera querido   tener   entre    los   brazos, ya  remoto e inaccesible.  No.  Tal   vez   nunca.   Admitiendo  casi   la   imposibilidad de alcanzar ese objetivo, pese al intento de  ella por mostrarse tierna,  generosa en la entrega al requerimiento, fogoso y liberado de cualquier control,   con   que   él   quiso    no    tanto hundirse   en la vorágine del placer sino más bien  aturdirse, apartar sombras perturbadoras, alcanzar un anhelado estado de paz. Después, mientras  sobrellevaba  la   vigilia  en   la   noche   quieta   e  interminable,   percibió como una burla  o  bofetada   ofensiva    la   acompasada respiración de ella,  ajena,  sin   presentir   el  desencanto   que   empezaba  a gobernarlo al considerar el horizonte que surgía ante él. Tal vez entonces   empecé   a   tener   conciencia  de  la   soledad.  Alejado de quien amaba. Junto a una mujer con la que tenía pocas cosas en común.  Presintiendo  que se iba a convertir  cada vez más en una compañía gravosa y desalentadora.)





1890


Abrió sus puertas subrepticiamente, con una especie de temor o escrupuloso decoro, al amparo o complicidad de la noche, que sin duda contribuyó desde el principio a otorgarle un halo de misterio, de algo que despertaba un poderoso y subyugante atractivo.  Empezó a ser conocida como La casa de la alegría, denominación que intentaba graficar lo que ocurría entre las toscas y descascaradas paredes de la construcción levantada en las afueras del pueblo -donde años atrás vivió la numerosa familia de los Sacripanti-, aunque tácitamente todos evitaban mencionar las actividades que se desarrollaban allí, no por resultar demasiado obvio sino porque parecía tener un carácter pecaminoso o de mal gusto. Y eso, la aureola de sombras y fascinación y velado secreto que fue creándose alrededor de esa propiedad, provocó en los muchachos como yo -los que andábamos por los doce, trece, catorce años- una creciente dosis de curiosidad, intriga y desconcierto, como si estuviera a punto de sernos revelado algo fundamental de la vida.
        El  primero   en  expresar   su   disgusto  fue  el  Padre  Joaquín. Aprovechó la misa dominical -cuando la mayoría de los colonos se congregaba en el templo para cumplir los preceptos de la fe- para desarrollar una encendida homilía en la que bregó por mantener las buenas costumbres, alertó sobre las infames tentaciones de la carne que hacían peligrar la moral de los pobladores, rogó para que fueran erradicados todos los sitios donde se practicaban hechos  impuros y aberrantes. No necesitó efectuar ninguna referencia concreta para revelar que sus dardos estaban dirigidos a la casa donde no se realizaba ninguna de las habituales actividades del pueblo, ni permanecía abierta durante el día, ni eran demasiado conocidas las personas que la habitaban. Ello provocó diversas reacciones: algunos, considerando que resultaba una afrenta o provocación  insoportable, sólo quisieron poner término a los quehaceres desarrollados allí; y otros,  más condescendientes o tal vez por tener algún interés o relación con ese lugar, demostraron estar a favor de su funcionamiento. Y así, como había ocurrido otras veces en que algún tema o hecho incentivaba los ánimos y acentuaba las diferencias en el enfoque de las cosas, prevalecieron las discusiones, los velados comentarios, las interminables opiniones.
        Todo eso hizo que la casa ocupara el centro de mi atención. Casi  de   manera  obsesiva.   Intentando  sacar,   entre  el presentido placer que podía obtenerse allí y las sombrías advertencias de cometer un pecado, mis propias conclusiones. Acosado por las urgencias de la carne,  creía que trasponer aquellas paredes  iba a ser la única forma de alcanzar  una plena satisfacción. Las quietas  noches del pueblo  resultaban torturantes, y desvelado, con la sangre bullendo vertiginosa, imaginaba lo que ocurría allí. Al fin, el Rubio Zapiola, Pilo Garmendia y yo, confabulados y cediendo a la curiosidad,  tomamos la costumbre de  abandonar nuestros cuartos a la madrugada y luego de cruzar sigilosos las calles desiertas, nos deteníamos a corta distancia de la propiedad  que parecía guardar celosamente un misterio fascinante y perturbador. Guarecidos tras unos árboles, observábamos a los visitantes que llegaban en sulky o de a caballo  y, con premura, ingresaban  por la puerta discretamente entreabierta,  como si estuvieran llevando a cabo un rito secreto. Entonces nos embargaba una mezcla de bronca y envidia al comprobar lo fácil que resultaba para los otros realizar eso que para nosotros, debido a los sermones del Padre Joaquín y las encendidas prevenciones de la familia y nuestras propias dudas y temores, parecía estar completamente vedado. Hasta que una noche vimos salir  a Sebastián Groppo.  Le cortamos  el  paso de inmediato. Tanto por  la   sorpresa de que él,  apenas unos  años  mayor que nosotros, hubiera concretado algo que tenía casi un viso de hazaña, como por el deseo de interrogarlo sobre su experiencia.  Más que hablar, se limitó a esbozar una sonrisa jactanciosa, feliz, como si fuera suficiente para reflejar el estado de ánimo. Las cosas buenas hay que saborearlas directamente y no pasarse la vida mirándolas desde lejos. Si quieren entrar allí, yo puedo llevarlos. Durante un rato nos quedamos en silencio, desconcertados por la inesperada propuesta. Mañana, a esta hora. Los espero aquí. Aunque no habíamos aguardado otra cosa durante muchos días, de improviso nos vimos sometidos a un estado en que alternaban el deseo y la incertidumbre, el miedo y la ansiedad. Como si a la hora de tomar una decisión se hubieran desbaratado todos los planes.   Y sin duda por presentir que era el hecho más trascendente que iba a vivir, me consumí en una espera cruel,  desgarradora, hasta el momento de reunirme con los otros.  Al cruzar el umbral de aquella casa, sudoroso, temblando, tuve la sensación de haber superado el primer obstáculo de una proeza fascinante, pero enigmática e impredecible. El humo de los cigarrillos que saturaba el aire, las voces apenas susurradas, el paso lento y extrañamente nerviosos de los hombres que estaban en la sala casi en penumbra, lograron borrar  en seguida la imagen de jolgorio y desenfreno que me había formado al escuchar el palabrerío de la gente. No sé cuánto estuvimos allí, sobrellevando una espera tensa y silenciosa, hasta que sentí la mano imperativa de Sebastián Groppo sobre un hombro. Ahora te toca a vos. Y entonces me encontré frente a ella, solos en el cuarto estrecho y con un olor a perfume que parecía adherirse a la piel. Vamos.  No tengo toda la noche para vos. Aunque sonriente, la voz sonó enérgica, mientras se quitaba el vestido con  rapidez, casi displicente, que revelaba la naturalidad de hacerlo incontables veces por día. Y creí participar de una ceremonia deslumbrante, única, tal vez irrepetible. Al verla de pronto desnuda, con toda la belleza  y tentación  del cuerpo al alcance de las manos. Únicamente para mí. Como lo había querido en noches largas y febriles. Sin embargo no pude moverme. Por obra de la vergüenza o el desconcierto. Parece que es la primera vez. Sin disimular la impaciencia,  y como si también formara parte de la rutina, comenzó a desvestirme. Casi paralizado, la dejé hacer. Y cuando me arrastró hacia la cama, fue ella la que impuso su voluntad en el acto tantas veces imaginado y a través del cual esperaba alcanzar el mayor goce. No fue así. Tal vez por la frialdad de ella,  por mi invencible torpeza o por no llegar a ser un participante activo.  Sin embargo, apenas abandoné el cuarto con una mezcla de bochorno  y  alivio,  comprendí   que,   para  evitar burlas procaces y comentarios llenos de ironía, debía evidenciar ante todos que había pasado de manera  exitosa la prueba que me otorgaba la orgullosa categoría de ser ya un hombre.    





(La idea surgió casi bruscamente. Pero firme, rotunda, imponiéndose con un vigor  que restaba importancia a cualquier otra cosa. Sí. La mayor propiedad de la colonia. Que provoque envidia y admiración.  Para dar  testimonio de mi poder.  Ganado  por el fascinante atractivo  de una obra tan monumental, se dispuso a concretarla. Obsedido. Considerándola un desafío, la prueba que habría de exigirle los mayores afanes y desvelos.  Sin dejarse amilanar. Más bien logró incentivarlo, darle la cuota de coraje y fortaleza que lo gobernaba cada vez que luchaba por alcanzar alguna meta. Y  sin tomarse un respiro,  explicó a los arquitectos el diseño de la nueva propiedad,  se encargó de elegir los muebles y cuadros que habrían de  ornamentar las amplias y numerosas habitaciones,  vigiló con extremado celo el diario  trabajo de  los constructores.   
         Sólo ella no demostró agrado, ni siquiera interés. Más bien se preocupó desde el principio en reflejar su rechazo.  Será un verdadero   despilfarro. Me parece que no es el momento para ese lujo.  Antes    necesitamos   otras cosas.  Mientras era acosado por un desordenado tropel de recuerdos, llegaba a resultarle claro que entonces se  había producido el mayor grado de frialdad y resquemor entre ellos. Como si de pronto hubiéramos quedado frente a frente, desnudos, sin ninguna máscara para disimular lo que realmente sentíamos.  Tal vez soy el único culpable. Sí. Por haberla buscado como un simple refugio. Para salvarme de la soledad y  la desesperación en que me había hundido después de perder a Nélida. Y como no había llegado a compartir sus inquietudes y  proyectos, tampoco pudo comprender  el profundo  significado que tenía para él la construcción de esa casa. No se trataba de un mero lugar para vivir. Iba a ser  mi sello. Unico. Intransferible. Poderoso.
         Y desde la misma noche de la inauguración quiso que prevaleciera así.  Al convertirla en el centro de  las actividades que otorgaban relevancia a su figura: el encuentro con destacados funcionarios   del   gobierno de la provincia;   la    firma  de  los boletos  de compra-venta  de  tierras  para  colonizar; las operaciones relativas a la destilería de alcohol; y sobre todo las frecuentes, prolongadísimas fiestas en las que él, pleno de júbilo y frenesí, procuraba que los invitados  vivieran los momentos más esplendentes y perdurables.
         Ella  no  llegó  a  participar  de  todo eso. Por obra de la brecha que fue haciéndose cada vez más pronunciada. La sentía como mi sombra. Vigilándome. A la expectativa. Esperando el instante justo para cobrarse el desdén y la humillación. Y ahora, cuando ya se había hecho trizas el universo que afanosamente pretendió edificar, el tantas veces  presentido grito de triunfo  adquiría el carácter de una atroz, imbatible bofetada.)







A través  de los años algo se impuso como una característica especial de la colonia: la música.
        Cada vez resultó más difícil determinar en qué momento surgió, quién había sido el que, con un acordeón o una armónica o cualquier otro elemento,  quiso establecer un nuevo modo de alcanzar un hálito de gozo y alegría en el trajinado curso de los días. Pero nadie dudaba en atribuir a Marcelino Belardi el mérito de colocar a la música en lugar sobresaliente. Permitiéndonos no sólo el privilegio de descubrirla, sino más bien de gustarla, de gozar cada sonido como si se tratara de la fruta más apetecible. Desde su llegada a La Florida resultó perfectamente claro que la música podía ser el canal más adecuado para reflejar el mayor estado de euforia, expresar un sentimiento de amor, buscar un refugio para el dolor y la desesperanza, convertirla en compañía para sobrellevar la soledad.
        Fue el impulsor más entusiasta. Ya no hubo ningún acontecimiento -la fiesta por un cumpleaños, el aniversario de una boda,  el  júbilo  por  una  carneada  o  una   buena  cosecha-  que no estuviera  él  presente,  con  el acordeón que parecía un simple juguete en sus manos gruesas y del que prodigiosamente lograba extraer un vals o una tarantela o cualquier otro ritmo que inundaba de gozo y optimismo el corazón.
        Y sin duda esa cualidad quedó revelada más portentosamente   al casarse una de sus hijas. Dado que había sido uno de  los   principales   objetivos  desde   que   llegó al pueblo -encontrarle buenos candidatos para las tres hijas que parecían resultarle una carga fastidiosa y ya ingobernable-, no pudo contener una explosión en la que se mezclaban la alegría, el triunfo, la satisfacción. Aunque Edith y yo deseábamos una celebración sencilla y privada, nos fue imposible impedir que asumiera el hecho como algo personal, dispuesto a desarrollarlo de acuerdo con sus gustos y voluntad. Arrollador. Cuidando cada detalle: las infinitas invitaciones  distribuidas  en todos los rincones de la colonia,  los arreglos que encargó realizar en la parroquia para darle un aspecto más bello y decoroso, los preparativos para que hubiera  comida y  bebida en forma tan abundante  como para que nadie tuviera motivo de protesta, la elección de   un   amplio   lugar   donde   todos pudieran bailar, libre y  despreocupadamente,   al ritmo   bullicioso   de la música del Quique   Gaido  y  los   hermanos   Freire.   Pero  se reservó  un  rol fundamental para culminar la fiesta.  Cuando apareció con su reluciente acordeón y entonces, tal vez no tanto por el sonido fuerte e impetuoso sino  por la ágil movilidad de su cuerpo, el brioso estallido de la risa y las palabras con que pretendió revelar que ése era el día más feliz de su vida, pudo desalojar cierta fatiga que empezaba a cundir en la gente y renovó las ganas de seguir disfrutando del vino, de las canciones, de la música incitante y revitalizadora.
        Y así, por imperio de Marcelino Belardi, el día de mi casamiento -dado el inusual número de invitados, el despliegue de lujo y derroche, el prolongado tiempo de la fiesta-   habría de prevalecer en la memoria de todos y formar parte, sin duda pequeña pero ya imborrable, de la historia del pueblo.





Enero 26 de 1913


No quiso perder ningún detalle del espectáculo. Deslizando moroso la mirada en torno, sobre hombres, mujeres y niños que iban ubicándose en la plaza, con los rostros despejados, sonrientes, luciendo impecables peinados y ropa recién estrenada, de colores vivos, que les confería un aspecto diferente al de todos los días, mientras se dejaba invadir por las voces frescas, el estrépito de cornetas y silbatos, el ritmo arrollador de cada interpretación de la Banda de Música, como si al fin tuviera la oportunidad de paladear un goce voluptuoso y largamente anhelado.
         Sí. Algo  que estremece el corazón y  jamás podremos olvidar. Como la sublime experiencia de poseer por primera vez a una mujer.  Instintivamente agradecido no sólo  por tener el privilegio de estar allí, inmerso en la jovial bullanguería de la gente, sino también por haber formado parte -desde hacía treinta y tres años, cuando su abuelo Juan Esteban Cardone decidió radicarse en ese lugar con toda la familia- de los hechos que jalonaban  el historial de La Florida.  Aunque sin duda ninguno podía compararse con el que protagonizaba ahora. El más esperado y  significativo. El  premio que nos pertenece a todos. A los que han quedado en el camino y los que seguimos bregando por lo mejor para este  querido, intransferible pedazo de tierra.
         De pronto algo lo sobresaltó. Superando los otros sonidos, una voz proclamó  que iba a comenzar el acto central de la jornada.





(Un abismo pareció abrirse de improviso ante él. Insondable.  Sin darle tiempo ni alternativa para esgrimir una defensa. Como si todo lo malo se me hubiera venido encima mientras estaba dormido, ausente, incapaz de  evitarlo o al menos presentirlo.  Reprochándose no sólo  su falta de previsión o absoluta torpeza, sino más bien la actitud de soberbia  experimentada por sus propias fuerzas, por el fascinante halo de prestigio y autoridad que empezaba a gozar en la colonia. Había descartado  cualquier obstáculo o inconveniente en la marcha tan ascendente. Hasta ser demasiado tarde. Cuando me encontré cercado, con las manos atadas, sin tener ningún sostén para evitar la caída.
         Primero, por causa de la sequía. Tenaz. Implacable. Ello tornó cada vez más difícil cobrar las cuotas   por   la   venta de las tierras, al desvanecerse  la esperanza cifrada en los promisorios trigales, dejando   una  estela   de  zozobra   y   desánimo   en     los    hombres y   mujeres   que    apelaron   a    su   comprensión     para  obtener  una   prórroga   en     los   vencimientos,    mientras   aguardaban  la  llegada  de alguna copiosa y salvadora cosecha. Me encontré frente a gente desesperada, sin poder convertir en dinero el cúmulo de documentos que ya  eran sólo  papeles sucios de tinta. Después, el inesperado quebranto económico de la destilería de alcohol, cuando el hombre que había puesto como administrador desapareció con todos los fondos. Por último, la imposibilidad de continuar  el modo de vida preferido: sumirse en fogosas y extensas partidas de naipes con un grupo de amigos; organizar reuniones  plenas de lujo y magnificencia, casi con el único propósito de recibir en la casa recién terminada a los funcionarios, profesionales, comerciantes y todos los que ocupaban algún lugar notable en la colonia, y demostrarles, con cierto halo de arrogancia, entre el fragor de la música y la comida generosamente servida y el vino que contagiaba el alborozo, una envidiable cuota de poder; viajar subrepticiamente a la capital de la provincia y alcanzar, durante un par de días,  un desbordante estado de relajamiento y olvido en compañía de una mujer desconocida, dispuesta a complacerlo  sin preguntas.
         El final de una etapa.  Y no supe cómo evitarlo. Desorientado. Sin fuerza ni valor para seguir luchando, para sobreponerse a la súbita e irremediable  catástrofe.  Y  no atinó más que a  huir.  Alejarse   del  sitio   al   que   había   llegado   veintidós   años   antes. Presurosamente.  Sin rumbo ni meta definida. En desesperada búsqueda de un instante de tregua. Hasta desembocar en  ese cuarto que  poco a poco dejó de ser un cálido refugio para transformarse en el lugar donde iba  tomando conciencia de su voraz y absoluta soledad.)
     






Como tantos otros muchachos, yo también sentí el impulso de abandonar La Florida.  Al vislumbrar con desaliento un horizonte estrecho en este lugar que empezaba a formarse con excesivas dificultades;  por ser testigo del total sentido de la derrota que abatía a mis abuelos y mis padres y tantos hombres y mujeres cuando  la sequía, una manga de langosta o alguna súbita granizada derrumbaba las  aspiraciones  que se habían forjado durante meses; por los comentarios que efectuaban los viajantes sobre el desarrollo y las buenas perspectivas de la capital de la provincia, lo cual incentivaba el ansia de trasladarse  allí. 
        Muchos de mis amigos lo hicieron. Resueltos. Eufóricos. Y con una mezcla de envidia y dolor asistí a la partida de Sabino y Lita Mazzi y los hermanos Taboada. Aunque quise hacer lo mismo, creyendo que iba a resultar un modo de vida más libre y gratificante, no tardé en desechar esa meta. Primero por necesidad, ya que, al morir mi padre, debí  hacerme cargo del  almacén;  y después por propia determinación,  por  el   agrado   que  experimentaba cada vez que se producía algún acto o hecho en favor del desarrollo del pueblo. Mientras ponía  mayor esmero en la atención  del almacén -no sólo por considerar que era un preciado bien que tenía el deber y la obligación de preservar, de tornar cada vez más grande y fructífero, sino también porque ello enriquecería el acervo comunitario-, sentí un inefable privilegio al participar de las cosas que iban transformando el aspecto de La Florida. Como si se tratara de un callado, íntimo, desbordante enamoramiento. Y así presencié la llegada del Obispo de Santa Fe para bendecir la piedra fundamental donde se levantaría el nuevo templo parroquial; vi con asombro y deslumbramiento a Marcelino Belardi conducir el primer automóvil por las calles del pueblo;  fui uno de los tantos que al penetrar  en la recién inaugurada Casa Ripamonti creyó que cada uno de los múltiples y variados objetos distribuidos en los amplísimos salones pertenecían a un raro ámbito hecho de sueños y realidad;  junto a la mayoría de los pobladores saludé con aplausos y gritos enfervorizados  la llegada del primer tren; observé la construcción del edificio para la sucursal del Banco de la Nación, y la apertura de incontables  casas de comercio, y las obras que daban  forma a la novedosa Placita Honda en la cava que había dejado la extracción de tierra para hacer ladrillos.
        Y siempre me congratulé por tal decisión. Más ahora, al tener la oportunidad de intervenir con los otros pobladores de la ceremonia que resultará una especie de homenaje y reconocimiento a quienes lucharon  por forjar este sitio.
        Hoy, 26 de enero de 1913.





(Los hijos.  Una simple consecuencia del deseo o de algunos minutos de pasión.  Jamás lograron  atenuar la áspera convivencia.  Ajenos, sin despertarle un sentimiento de afecto o al menos de ternura los cuatro seres -Rodolfo, Angela, Guillermo, María Luisa- que a lo largo de los años se integraron a su mundo. Natural. Irrevocablemente. Y aunque ella pretendió utilizarlos muchas veces como un escudo o un modo de presión  -para restringir su deseo de moverse libremente, para frustrar alguna inversión o negocio que no le gustaba-,   debió admitir que él también quiso beneficiarse. Sí. Consiguieron reflejar una corriente tierna y simpática fuera del ámbito de la casa. Como si formáramos una familia unida. Me esforcé para que todos creyeran eso,   aunque entre   nosotros  nos estuviéramos destrozando.  Sin comprender o al menos presentir -en aquellos momentos de esplendor, cuando vendía satisfecho incontables   concesiones   de tierras y   ganaba  prestigio  en  toda la colonia- que alguna vez iba a necesitarlos. Urgente. Poderosamente.   Para   sentirse   gratificado con   una  sonrisa,   un   abrazo,  una palabra de aliento. Siempre creí que eran suficientes la compañía y el amor de Nélida.  Lo mejor y más importante.  Por eso, después de la ruptura, se encontró tan desvalido. Con la sensación de marchar por una frágil cornisa, sin alternativa para relegar la creciente soledad. Sobre todo ahora. Allí, abroquelado en ese cuarto húmedo y sofocante. Donde ya no tenía ningún sostén -ni siquiera el pálido consuelo de un beso o una caricia- para salvarse.)    





Octubre 10 de 1886


Como un guía diligente, marchó por los pasillos del hotel,  no ya con la pesadez o desdén impuesto por la rutina de tantos días, sino con una súbita sensación de intranquilidad, presintiendo sobresaltado que podría surgir algo  tenebroso desde cualquier rincón.
         -Ése es el cuarto.
         Al volverse hacia los agentes, notó que numerosos curiosos los habían seguido, aunque ahora en silencio, como si los gobernara también una ráfaga de temor o respeto.
         -¿Tiene la llave? -imperioso resultó el tono de uno de los policías.
         -Sí  -sacando del bolsillo  un manojo de llaves, eligió una-. Tome.




(No supo cuánto tiempo marchó por la pieza a pasos rápidos,  sin tregua, a la busca de una salida o al menos  un soplo de aire para atenuar la sensación de asfixia. No. Tal vez ya no pueda hacer nada. Comprendiendo súbitamente que el  proyectado regreso a su tierra natal no significaría un cálido reencuentro con seres y cosas del pasado, ni iba a ser motivo de recreo o placer, ni desalojaría  la tensión y el desasosiego de  los últimos meses. En todas partes será igual. Solo. Desamparado.  Sin poder aferrar una mano  para salir de este  pozo.  Desprovisto de la confianza, el vigor, la tenaz ambición que le  permitieron,  a lo largo de casi veinticuatro años, alcanzar un puesto relevante.  Despertando admiración,  celos, resentimiento.  Todo  eso parecía formar   parte  de un   tiempo remoto,  ya irrepetible. Hacerlo por ella. Unicamente. Para tenerla otra vez a mi lado. Sólo la figura anhelada, deslumbrante, siempre esquiva  de Nélida  le  habría devuelto las ganas de seguir luchando. No. Ya no me queda esa esperanza.
            Al  detenerse  frente  a  la  cómoda,  le costó reconocer la figura que le devolvía el espejo: el rostro pálido y con signos de fatiga, extraviada la mirada,  la ropa en desorden. Como si acabara de sostener una pelea o una extenuante carrera.
         Entonces surgió el recuerdo  de Angélica. Brusco.  Acuciante. El tiempo de cobrarse la deuda. Probarme que tenía razón. Imaginó los ojos brillantes de triunfo  y  una  carcajada repentina destruyendo la coraza fría, hierática, tras la cual se refugió para vigilarlo. Pasivamente.  A la espera del momento oportuno para dar el ataque.  Tal vez por  ella, más que por el voraz asedio de los acreedores y el bochorno de sentir su nombre vilipendiado sin reparo,  decidió alejarse de la colonia.  Sí.  Para evitar  el peso grave, demoledor, de su mirada. Como si de pronto hubiera quedado desnudo. Sin defensa. Incapaz de rechazar el poder destructivo de la  venganza  esperada durante incontables días con infinita paciencia, grávida de rencor y furia  al verse desplazada, convertida en mero objeto, ocupando un lugar cada vez más secundario en la vida de él.
         Por fin abrió la valija y, con  gestos dictados por la costumbre o por un irrefrenable desánimo, comenzó a extraer los escasos elementos   -un pantalón,   algunos   pañuelos,  una libreta,  un fajo de papeles-, hasta quedar sólo la pequeña pistola que varios años atrás  había   comprado   como  un   medio  seguro   para  defenderse. Bruscamente quieto, la observó. Con una mezcla de temor, fascinación, ansiedad. Sí. Lo único para salir de esto. Definitivamente.
          Durante un rato la palpó con suavidad, en una especie de reconocimiento o más bien en una cálida y voluptuosa caricia. Por fin, con gesto firme y violento, apoyó el caño frío sobre la sien derecha.)
        



1924


Súbitamente la sangre pareció circularle a borbotones.  Ya está.  Por fin.  El  inusitado júbilo  relegó la dosis de rabia, frustración, desesperanza, que la había embargado durante los últimos tres meses, cada tarde, al detenerse  frente a la casa. Hubiera querido trasponer la puerta de hierro y aferrar un martillo y unirse a los obreros que estaban entregados a la  frenética tarea de echar abajo las sólidas, descomunales paredes.
         Sí. Libre al fin. Ahora dejará de ser una sombra insoportable. Creyó que no sólo destruía  un cruel estigma del pasado,  sino también  lograba saciar una revancha largamente soñada: asistir al derrumbe del edificio a  través del cual Federico Keller quiso demostrar  su poderío económico.  Desafiante. Queriendo ser  el centro de la atención. Y   sin  duda por  haber sido la obra de mayor envergadura -al pretender que fuera única por su belleza y suntuosidad-,  se propuso conservarla. Obstinado.  Para  saldar las deudas prefirió desprenderse   de    otras   cosas:   el   inmueble  de la derruida destilería, algunos  cuadros y esculturas,  un pequeño campo. No fue suficiente. Y sólo cuando la orden judicial puso fecha para el remate,  admitió la derrota. Entonces perdió aquello que lo había distinguido siempre: el andar impetuoso,  la voz firme y casi perentoria, la risa que solía tener la resonancia de un latigazo. Y se vio asaltada no tanto por un sentimiento de lástima, sino de alivio, casi de recóndito gozo. No. Ya no estuvo en condiciones de humillar a nadie. Sólo podía clamar por  una ayuda.  No lo hizo. No acudió a ella ni a nadie. Hosco. Silencioso.  Y como antes no llegó a formar parte del círculo de lujo y esplendor en que había prevalecido él, altivo y orgulloso, entonces tampoco le permitió inmiscuirse en la intimidad de su dolor. Hasta desaparecer. Bruscamente. En  repentina  huida. Dejándola sola, expuesta a la presión de los acreedores, abrumada por el temor y  la miseria.
         La sobresaltó la estruendosa caída del techo. Convertida en fascinante ceremonia, observó la espesa capa de polvo que se elevaba  sobre los  escombros. Por fin. Ahora podré sacármelo   de   encima.   Creyendo    aplastar,  entre el cúmulo de ladrillos y maderas y chapas,  todo vestigio de  él.                           
         Después,   con    el     sabor    de    un    placer   inefable   y desconocido,  Angélica Gardiol de Keller se  alejó de allí. Para siempre.





Enero 26 de 1913


Todo tuvo un carácter febril, casi vertiginoso, ese día.
         El trémulo despertar por los cañonazos que presagiaban  una jornada distinta. Los pobladores vestidos con  las prendas  más finas y elegantes, dispuestos a lucir resplandecientes para el recuerdo y las fotografías que iban a conservar en los años venideros. La concentración en la plaza, donde la música y los silbatos y la charla altisonante  pretendieron atenuar la espera, hasta que el ingreso de una nutrida caravana de vehículos  por la calle principal reveló la llegada del Gobernador. Entonces el alborozado clamor  no fue sólo un saludo de bienvenida sino también marcó el punto inicial de la fiesta.
         Quizá nunca experimentamos tantas cosas diferentes. Durante  unas pocas horas. Como si  todo pudiera desaparecer de pronto y quisiéramos atraparlo, vivirlo a fondo, de una vez y para siempre. Así, embargados de gratitud y respeto  observaron la colocación  de  la  piedra fundamental  para el monumento a  Federico Keller, el formador de la colonia;  escucharon, en silencioso homenaje, el nombre de los primeros  once  hombres que  habían decidido   radicarse  allí   treinta  y   tres  años  atrás;   expresaron  con  fuertes aplausos el reconocimiento hacia quienes llegaron después para trabajar y criar una familia y conferirle pujanza y relieve a ese lugar;  estallaron, al fin, en desbordante muestra de orgullo  y  satisfacción cuando  el Gobernador -en el momento más esperado  y ante la vista de todos, súbitamente quietos y arrebatados- estampó su firma en el decreto que declaraba ciudad a La Florida.
         Después sobrevino el delirio. Los fuegos artificiales, el interminable repiqueteo de la campana del templo, los acordes de la Banda de Música, las voces convertidas en torrencial y eufórico griterío. Todo resultó válido no sólo para celebrar la coronación de un viejo anhelo, sino también para expresar, sin  ataduras ni subterfugios,  la inefable cuota de dicha y victoria que abrigaba cada uno por  participar en ese acto.
         Sí.  El día que sentimos con mayor fuerza el privilegio de pertenecer a este querido pedazo de tierra. El que elegimos para vivir y también, sin duda, para  morir.                                                               




Octubre 10 de 1886
 

Los policías apartaron a los curiosos y, con un rudo empujón, abrieron la puerta. Después quedaron rígidos, en actitud de guardia, dispuestos a repeler cualquier sorpresivo ataque o simplemente a defenderse. No fue necesario. La quietud logró desvanecer todo síntoma de peligro y,  decididos, penetraron en el cuarto.
         Entonces por primera vez, desde que el disparo lo había hundido en una zona de zozobra y creciente temor,  respiró aliviado.  Tímidamente  dio unos pasos. Desde el umbral observó a uno de los agentes efectuar  una  rápida inspección -abriendo la puerta del ropero, hurgando en los cajones, revolviendo la ropa- y al otro inclinado sobre el cuerpo caído junto a la cama.
         -Un tiro en la cabeza -le escuchó decir con voz seca, mientras se incorporaba-. Está muerto.
         Reparó de pronto en  la  pistola. Diminuta, casi inofensiva. Le  pareció  increíble  que  hubiera podido abatir un  cuerpo tan robusto.
         -¿Sabe quién era? -el policía se volvió hacia él-. ¿Puede decirme cómo se llamaba el hombre?
         No debió esforzarse por identificar al pensionista. El otro agente extrajo una libreta  de los objetos diseminados sobre la cama.
         -Aquí están los documentos -revisó las hojas, cuidadosamente-. Se llamaba Federico Keller.













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