jueves, 31 de marzo de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

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Carlos Roberto Morán

Los sabores más antiguos del planeta

  

Entre los escritores, suele decirse, ya no se habla de libros sino de películas. Como hablaba esa noche el hombre robusto y ligeramente encorvado por la edad (en estos casos se afirma que la edad lo ha alcanzado), de la belleza de Virginia Madsen, una actriz norteamericana que decidió dejar de exhibir su cuerpo y dedicarse a hacer buenas y pequeñas películas, ya cercana a la veteranía. Una belleza que duele, decía el hombre que afirmaba ser un oscuro escritor, tomaba whisky, espiaba por la ventana para observar si la lluvia había terminado o si no había trocado en una llovizna soportable.

El tema, con todo, no era Virginia Madsen, sino la pregunta que ella hacía en la película que el hombre canoso quería contar y que demoraba, sin embargo, en volver precisa, en traerla a la pequeña reunión que se había armado informalmente en un recodo del salón del hotel, mientras aguardaban.

Quería hablar del gordito, así lo llamaba, lo habían visto en otras películas no bien lo describió: un buen actor de segunda, su cuerpo descuidado, pelado y con barba candado, mirada un tanto bovina. El típico perdedor de las películas norteamericanas, opinó el más flaco que lo ubicaba muy bien pero que no podía recordar su nombre. Acá, aclaró el hombre canoso que había mencionado a la rubia Virginia Madsen, acá, repitió refiriéndose a la película, hace también de perdedor pero al final, de cierta manera, también gana. Aunque en esa película, al fin de cuentas nadie gana ni nadie pierde en forma definitiva. Un pasaje de vida, opinó el flaco. Tal cual, confirmó el oscuro escritor.

Lo que decía ese tipo, el gordito redondo y sin registros de haber concurrido a ningún gimnasio en su vida, era que odiaba un tipo de vino, porque la película era una especie deroad movie celebradora de los vinos californianos, porque era fácil de obtener. En cambio, decía el gordito según contaba el escritor mientras todos continuaban esperando, que había otra clase, otra cosa, pero que para lograrla tenía que darse la batalla. El flaco recordó, como si sacara la espada, la frase terrible de Buñuel: “Si yo contara toda la verdad, comenzaría de inmediato la batalla”.

La batalla, murmuró el escritor oscuro, y de dos tragos vació su vaso de whisky. Cuando el flaco terminó de pronunciar la frase todos los otros lo miraron con hostilidad.

El flaco, como si hubiera tenido una revelación, se acordó: ¡Giaconetti! Se llama Giaconetti ese actor. ¿Cómo el escultor?, preguntó un tercero, el más bajo de los reunidos por el azar. No, dijo el hombre robusto y a medias encorvado, el escultor tenía otro apellido. Italiano. Parecido al de la actriz. Los nombres, esa noche, quedaban en la nebulosa. La reunión, la verdadera, por llamarla de algún modo, se desarrollaba en un salón grande pero de puertas cerradas. Algo de lo que estaban discutiendo allí quienes esperaban iban a tener que conocer. Algo o mucho, de los otros, de los reunidos en el salón grande y seguro que ya cargado de humo, tendrían que decir, que comunicar. A su tiempo recibirían las instrucciones.

Creo, dijo la mujer que hasta ese momento no había intervenido en la conversación, que vi la película. La pelea a la que aludía el gordito, agregó, era entre un tipo de vino y otro. No me parece que fuera algo importante, agregó.

El hombre, que permanecía en la oscuridad, la miró como si la descubriera por primera vez y murmuró unas palabras ininteligibles. Después, como ternero sediento, empinó el vaso de whisky como si buscara sacarle hasta la última gota. Luego miró otra vez por la ventana la lluvia. La indiferencia de la lluvia.

El hombre no quiso agregar más, no vale la pena, terminaba de murmurar. Miró el techo y vio telarañas, presuntas o ciertas, y objetos lánguidos que colgaban en ese hotel impersonal. No era lánguida Virginia Madsen, bien que lo sabía.

Recordaba la noche, la escena de la noche, el hombrecito que al parecer se llamaba Giaconetti sosteniendo que esa clase de vino era difícil de conseguir, que el viñatero tenía que buscarlo, seguirlo, mantenerlo vivo. Pero entonces, decía con entusiasmo el gordito ante los ojos grandes, abiertos, receptivos, de Virginia Madsen. Pero entonces.

Alguien llegó, el bajito al que todos le decían Lopecito, porque era genuflexo como el secretario de Perón, pero también terrible, capaz de mandarte los perros, cuando no la propia Gestapo. “Prepárense”, dijo, y no sonrió porque se trataba de una orden y no de un chiste. Sí, prepararse, lapiceras en ristre, nada de grabadores, nada de dejar huellas.

Salieron del salón, displicentes, seguros de sí, a veces sonrientes, a veces demasiado serios, ensimismados, conversando entre ellos en forma apagada, presuntamente con monosílabos, en todo caso más con gestos sobreentendidos que con palabras. Nadie los miró, mientras ellos debían continuar esperando un poco más, expectantes.

Uno, el que solía aparecer en las entrevistas, el que (se entendía) mejor salía en la televisión, se les acercó al fin. Parecía estar a punto de darles algo impreciso, un sándwich o una bendición. Les habló en voz baja con Lopecito a su lado, sirviéndole más que apuntador de intérprete.

Ellos escribían, cada uno a su modo, rápidos, precisos. Debían traducir, olvidarse de sí mismos, cuando el hombre insultaba, o decía palabras agresivas u obscenas, o descalificaba, ellos, en el papel, traducían, volvían blanco el negro, comprensible lo indescifrable, ponían en palabras y en cifras como si tendieran la mesa un mantel en el que cualquiera pudiera apoyar sus brazos, colocar el plato, comer sin complicaciones.

Eso daban: comida. Se comunicarían con el del espacio televisivo, con los muchachos de la radio, pasarían el parte a los de los diarios, pondrían en circulación la maquinaria. Ellos, que conocían el oficio también sabían de artificio. Globos de colores, fuegos vacuos del anochecer. La ninguna sustancia de las cosas.

Ellos, los que habían estado esperando, escribían. Colgaban poemas, cuentos imprecisos, diatribas contra el estado de cosas. Todo eso se esfumaba otra vez, como ya había ocurrido, como volvería a pasar. Ellos escribían, el gordo del whisky también. Escribía a máxima velocidad lo que el hombre tanto o más gordo que él mismo, pero infinitamente mejor vestido, seguro, aplomado, dueño y señor, dictaba, lo que Lopecito también dictaba. Éstas, se decía, no son mis palabras mientras escribía las palabras ajenas. Pensó en una isla, en una cara, en una situación extraña y entreverada, en los vestigios yermos de su novela. Ésa es mi palabra, pensó.

Ninguno de ellos, los que estuvieron en la reunión informal, peleaba. Ya no. Él, en todo caso, no lo hacía.

Trataría de apurarse para entregar el parte.

La película se había disgregado, igual a quien lava un sitio demasiado pisado, abrumador.

La lluvia continuaba, mansa pero excesiva, como si buscara tapar sus verdaderas intenciones.

Entonces, decía el hombrecito a Virginia Madsen en la película, cuando después de tanto sacrificio y lucha se obtiene el Pinot y se lo saborea se pueden percibir los sabores más antiguos del planeta.



La película es “Sideways” (“Entre copas”), de Alexander Payne y el actor es Paul Giamatti. El personaje defendía el Pinot en detrimento del Cabernet. El escultor es Alberto Giacometti y la actriz es María Falconetti.

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Carlos Roberto Morán nació en Santa Fe, ciudad en la que reside.
Es escritor  y periodista.
Ha publicado los libros Territorio posible (Editorial Amate, México, 1980), Noticias desde el sur  (Universidad Veracruzana, México, 1986),  Noticias de Sergio Oberti  (Puntosur,  Argentina, 1990) y Ella cuenta sobre el mar (Ediciones Al Margen, Argentina, 2006).
Sus relatos han aparecido en diversas antologías y publicaciones, tanto en Argentina como en México, España, Bulgaria y Polonia, entre ellas,  Antología del nuevo cuento argentinoLa otra realidadCuento argentino contemporáneoPadre RíoNarradores argentinosOctopusHazañas bélicasMolto vivace, y Octopus II.
Ha escrito numerosos trabajos sobre cuestiones culturales y también sobre escritores argentinos, latinoamericanos y europeos en medios de Argentina, Venezuela y México.
Trabajos suyos aparecen en varios sitios de Internet, entre ellos el portal mexicano Ficticia y su blog Noticias desde el Sur   http://lacomunidad.elpais.com/cmoran24/posts.
Ha recibido distintos premios y distinciones, tanto en nuestro país como en el extranjero.

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