lunes, 4 de abril de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Edgardo Peretti

Después de la típica, antes de los iracundos
(Historia-Cuento)


En memoria y homenaje de los que entregaron sueños en nombre del amor.
Y a la Típica “Fénix” que se hizo historia transitando escenarios.

 El encantamiento

            Tito la vio por primera vez en un baile del “9”.
Había ido con sus amigos como el agregado a la barra, como el más nuevo, el más salame del grupo y por eso le tocó ir a las diez de la noche para reservar la mesa, bien cerca del escenario, en el privilegiado grupo de asociados que tenían la posibilidad de anotarse en el mejor lugar del salón, a un paso de los artistas. Por esa razón, se puso el traje negro, la camisa blanca que la vieja le había planchado y la corbata azul oscuro que era una herencia del tío Bartolo, bueno, en realidad se la habían sacado del ataúd porque le quedaba bastante fulera, pero ahora era de él y le daba el uso que era menester en el baile.
 Como era socio de la institución, pagaba la entrada más barata y por ello también tenía la posibilidad de reservar mesa, pero en ese momento el presidente había dispuesto -en una medida demagógica- que no había más reservas calificadas, con lo cual debía ir temprano a hacer acto de presencia en el lugar, nada de apoyar el respaldo de las sillas sobre la mesa: había que estar.
Y estuvo.
Y la vio llegar bien temprano junto a la tía Porota y a sus primas, a las que conocía, pero a Rosita -de ella se trataba- sólo la había visto en la escuela, cuando él estaba en sexto y ella en cuarto, y ocupaban las aulas de la galería que daba a la calle Avanthay en la escuela Belgrano, esas que dejaban ver si alguna pasaba por afuera. pero en ese tiempo las nenas jugaban con las nenas y los nenes hacían boludeces con  absoluta distinción de género. Rosita estaba esplendorosa, rutilante, un sol total con sus dieciséis calculados años, un vestido rosa que hacía de campana alrededor de su cuerpo y el largo pelo morocho cayendo a cataratas por su espalda.
Fue una aparición rutilante.
Ella y sus acompañantes se fueron a ubicar en una mesa alejada del centro de la pista y él se quedó encandilado con aquella belleza que -insistía él, pero nunca pudo probarse- lo había mirado al pasar como invitándolo a sacarla a bailar. Claro que el baile estaba recién en sus inicios y el mecanismo de su complejo sistema obligaba a ciertas pautas; así como le había tocado ir a reservar mesa, también debía esperar a que llegara el resto de la barra, hecho que ocurriría recién cuando terminara su aparición la orquesta típica, notable integración musical que estaba un poco desacreditada por el avance de otras temáticas del rubro, pero que mostraba empeño en ejecutar tangos y milongas con altísima calidad. Fiti-Fiti le daba duro al bandoneón y la señora Rosa acariciaba el piano a  la par que ejercía la dirección del grupo, la mayoría de los cuales seguía la música con una partitura que se ubicaba en un atril que mostraba un especial juego de luces  y que dejaba ver la figura soberbia de un ave fénix que le daba nombre a la agrupación. 
A su paso, varias parejas se materializaban en la pista para sucumbir ante los compases de una música tan decididamente del fondo del alma que sólo se podía comprender cuando uno ya tenía transitado algunas decenas de almanaques.
Y el mundo era tan lindo por ese entonces. Cuando llegó la  barra, la típica ya le había dado lugar al obligado descanso en el primer capítulo de la reunión danzante y los mozos correteaban presurosos por todos lados llevando el primer aporte de líquido elemento a los presentes, pedidos que consistían mayoritariamente en gaseosas para las niñas, vino blanco con hielo y ginebra con coca para los caballeros y algún licor de chocolate para la acompañante mayor que con eso tiraba toda la noche, dejando en claro que su función de cancerbero no era para superar con ningún facilismo.
Tito soportó las cargadas del grupo solamente por su condición de inexperto en varias lides y esperó que arranque la milonga nuevamente para ir a sacar a bailar a la damisela que lo había impactado. No se animó a preguntar si tenía novio, bailarín o festejante para no avivar giles y agravar las cargadas, y se fue para la ronda en las cercanías de la mesa. A esta altura ya conocía algunos de los códigos del baile: bailarín, suponía un galán que la sacaba a bailar sin otras intenciones (a la vista), en tanto que el festejante era un tipo que solía buscar otros rubros, claro que esto se limitaba a reiterar selecciones, o sea los segmentos de cuarenta y cinco minutos que duraba la presentación de cada orquesta.
De allí a sentarse a la mesa o acompañarla a la casa, había un sistema solar de distancia. Fue tres veces y en todas llegó tarde; la Rosita ya había salido a bailar con otro. Primero, el gringo sodero que le abastecía la soda al viejo, pero con quien tenía poca sintonía; después, con el Roberto, que estaba en la colimba y era bastante más grande y por último con un visitante desconocido que le llevaba una cabeza. A todos los vigiló y comprobó con orgullo que a ninguno le había reiterado el baile, aunque esto no significaba nada: Rosita era apenas una señorita y la tía y las amigas la cuidaban con todo el arsenal del que disponían. Pero él se quedó con las ganas. El baile se terminó y no pudo ni arrimarse, además, era el último de la temporada de invierno y ahora había que esperar que comiencen los de verano en Quilmes, para lo que había que esperar casi un mes. Mala suerte.

Música.

El encuentro llegó un día

            El encantamiento de Tito con Rosita no quedó en el olvido. Ni, mucho menos, en el secreto. Varios hicieron intentos por encontrarlos, pero los cánones de entonces eran muy especiales. El trabajaba en el taller de Grossi y ella estudiaba en el secundario del Comercial y los viejos no estaban dispuestos a que hubiese otra salida que no sean los bailes y la tía Porota como dama de compañía.
Como para las fiestas de quince años ya eran grandecitos, Tito sentía que su mundo se terminaba. El mundo era una porquería y nada ameritaba seguir ocupándolo para el joven mecánico que iba del trabajo a casa y viceversa, previo paso de los sábados para jugar al fútbol en la canchita del barrio.
El que puso en marcha el milagro fue “Carota”, uno de los más jodidos integrantes de la barra, que lo fue a ver a su casa un mediodía de diciembre.  Tito había terminado de almorzar y estaba sentado debajo de un gran paraíso que tenía en el patio. Como el calor ya apretaba, se había sacado la camisa de trabajo y esperaba con el torso desnudo que se hiciese la hora de montar la bicicleta y volver a la grasa. “Carota” era un tipo directo, con un carácter bastante complicado, pero efectivo a la hora de conseguir objetivos y le dijo, sin rodeos, que los muchachos lo necesitaban el sábado para un partido contra el barrio La Granja.
Tito era un firme zaguero central y su prestancia era lo más parecido a Ramos Delgado que se conocía. Y si hubiese sido rubio hasta lo habían comparado con el gran Federico Sacchi, el rubio zaguero por el cual se derretían todas las vedetes de la calle Corrientes pero le alcanzaba con el elogio que un día había recibido del gran Raúl Moruzze, quien le auguró futuro en el fútbol. Y viniendo del crack, eso era mucho. Pero “Carota” tenía urgencias por conformar el equipo y le puso plazos a su requisitoria: “El sábado es a las tres y media en la canchita que está frente a la casa del Negro Gaggi, así que a dormir temprano”, y cuando vio las dudas que asomaban por los ojos del Romeo enamorado, le tiró la última frase, esa que había guardado para un caso de emergencia: “Mirá que Rosita estará mirando el partido”, dijo y el mundo pareció teñirse de rosa para el mecánico que jamás conocería el balcón de Verona ni tampoco la historia de los amantes de ese medioevo trágico, sino  que se vio volando por las ramas del árbol que lo elevaron a los cielos del enamoramiento, ese lugar donde tan solo queda una salida que es el infierno del olvido, detalle al que nadie le da la más mínima bolilla. Por eso el viernes se fue a dormir temprano y pensó en mil veces en qué le diría a la damisela cuando la tuviese cerca. O, al menos, como la miraría. El sábado trabajó duro tratando de pasar rápido la mañana y comió liviano, y se preparó las medias de algodón grises y los botines bien lustrosos, se puso el pantalón blanco y se puso la camiseta roja con las dos tiras verticales con el número “2” pegado a la espalda.
Y se fue temprano a la canchita donde los muchachos ya habían marcado los límites del campo de juego con pala y cal y hasta donde habían conseguido palos nuevos para los palos y el travesaño, aunque nadie pudo acceder a las redes que habían prometido los del Deportivo Cristal al “Pato”.
El partido era con un árbitro veterano especialmente contratado al efecto y se jugó en un marco abúlico en el primer tiempo, donde Tito se lució con muy poco; incluso,  hasta tuvo la oportunidad de cabecear un par de córner donde la pelota se fue muy cerca del palo. Claro que su destino de esa tarde estaba lejos de la cancha y se moría por preguntarle a “Carota”  por la Rosita, pero como este jugaba de wing izquierdo, no tenía oportunidad de hacerlo. Esto sucedió en el entretiempo cuando todos se tiraron a descansar debajo de un árbol que oficiaba de vestuario silvestre.
El partido estaba empatado y Tito lo encaró a “Carota” con la mirada y un gesto que supuso juntar los dedos de la mano y elevarlos hacia arriba y hacia bajo como efecto de interrogante y un gesto de desconfianza. El otro lo advirtió y le respondió con una mirada desafiante, primero a sus ojos y luego hacia el tejido que estaba a un costado. Allí estaba ella, esplendorosa, reina, única, con un sombrero en la cabeza y con la Marcela que la acompañaba, las dos paradas sobre un banco en el gallinero de la casa de la Rosita que daba a los fondos. Y la sonrisa se le hizo rostro y la alegría le rompía el pecho, ante la sonrisa cómplice de todo el equipo que participaba de esa tarea de Celestina con particular alegría. El único que no estaba a tono con la jornada de amor era el “Patita”, el arquero. “Patita” era rubio, pálido y amaba al arco como amaba a Boca, como admiraba al “Tano” Roma, y estaba al frente de todas las organizaciones con un espíritu inmenso y un  corazón de oro que no trasuntaba su cuerpo frágil. “Aflojemos con las minas muchachos, que el partido obliga a estar concentrados”, dijo antes de empezar el segundo tiempo, casi como previniendo la tormenta que se vendría. Es que con el cambio de arco, el equipo de Tito pasaba a ocupar el marco - nunca tan bien aplicado el término- que daba a la calle y la Rosita estaba a un costado, casi como para  mirarla toda, cada vez más linda, más diosa. El partido seguía tan aburrido como al principio; pelota al aire, rechazo, corrida, patada abajo, piña, puteada y todo igual. Fue allí que el Tito quiso sacarse el aburrimiento y mostrarse delante de su pretendida dama; se adelantó a la presencia del delantero, la pisó con la derecha y arrancó hacia su izquierda para buscar la pared con el diez, pero el estado del piso le jugó una mala pasada, la pelota tomó fuerza y se elevó quedando a sus espaldas, lo que fue aprovechado por el nueve de los otros que sacó un terrible pelotazo que parecía tomar fuerza a cada metro recorrido.
“Patita” -que era un buen arquero- intuyó que la pelota saldría hacia el medio del arco y se paró firme a la espera de la pelota para embolsarla. Pero el físico no le alcanzó y el envión de la número cinco lo llevó adentro del arco y lo terminó sentando de culo en la zanja que estaba detrás, llena de agua y barro; eso sí, con la pelota bien atenazada, aunque con apenas una rendija de aire para putearlo al Tito en todos los idiomas. Por falta de arquero, el partido se dio por terminado con una derrota inusual de los locales, algunos de los cuales se reían y otros trataban de sacarlo al arquero del barro con un mínimo de dignidad.
Pero al Tito esto le importaba poco, porque su mirada estaba sobre el tejido del gallinero donde Rosita lo saludaba con la mano en alto. Y las dos miradas se cruzaron y aunque nunca habían siquiera hablado, los dos sabían que estaban enamorados. Que el mundo recién comenzaba.  Y “Patita” seguía puteando.

El cielo para dos

            La primera carta la llevó la Coca, que era amiga de Rosita y a la vez prima de Tito, e iba a la casa todos los días. En realidad, esa primera misiva no fue una pieza poética que pudiese inscribirse en el marco de las grandes creaciones literarias. Pero no importaba. Tito había logrado poner unas líneas en un papel rayado que había sacado de un cuaderno de su hermana y conseguido un sobre que había quedado de los que su mamá usaba para escribir al programa de “Dar en el Blanco con Extracto de Blanco”.
Rosita estuvo muy lacónica en la respuesta. El la invitaba al baile de Quilmes, a bailar, a sentarse cerca y a conocerse. Ya en la barra se hablaba del tema con insistencia. Cuando los muchachos se iban al boliche de Sánchez a tomar una cerveza a la que le adicionaban una “Fanta” naranja, el asunto estaba siendo muy comentado, incluso no faltaba alguna cargada, pero no paraba  allí. Nunca se sabía cuando un  amigo necesitaría un favor de otro.
Como adelantándose a la situación que se  venía, en esa semana, el Gringo Peduzzi apareció con el recorte del diario donde adelantaba la presencia de “Los iracundos” en el baile del club de los turcos, como todos llamaban a los de Quilmes, que en realidad era todos descendientes de sirios y libaneses, pero en esos tiempos nadie se ofendía. El honor y la sensibilidad andaban y pasaban por otros caminos muchos menos complicados.
Tito juntó los mangos que le dejaba la quincena y esa semana tiró todo por la ventana. No había podido hablar con la Coca, porque ella trabajaba en el frigorífico y tenía horarios diferentes. Tampoco había tantos teléfonos. Por las dudas, aprovechó que esa semana tenía unos pesos y se fue a Lavalle Sport a comprarse pilchas. Era la semana de los “insólitos” y Omar  -que ya era un joven vendedor- le aconsejó un buen pantalón  “piel de durazno”, una camisa de bambula a cuadros y, como alternativa una chomba amarilla, bien chillona.  Le quedaban unas monedas, pero no le alcanzaban para los zapatos nuevos. Menos mal que de Borcassi tenía cuenta. Los calzoncillos y las medias las compró en la cuenta de la vieja en la Tienda Nuestra Pompeya que le quedaba de camino a casa.
No hubo fútbol esa arde. Solo lustre y salida para ir a la peluquería de Aldo a repasarse las crines. Es que los mecánicos juntaban grasa en cantidad en la semana y tanto cabello merecía una atención; el estilista (no le gustaba que le dijesen peluquero), lo lavaba, lo planchaba, recortaba y peinaba. Un chiche. Sólo había que cuidarse de no mojarse a la hora del baño, pero ese era un detalle menor.
- Che, ¿en qué vas al baile?,  le había preguntaba a Sifón.
- Mirá, somos tres. Llamamos a Panchito que nos lleve en el taxi y lo pagamos entre los tres; además nos hace precio.
- Bueno -le respondió- pero mirá que en una de esas me vuelvo por otro lado.
- Bueno, galán - advirtió el Sifón que conocía los preparativos- vos hacé lo que tengas que hacer que nosotros te alentamos. Estás hecho un Alain Delon!!!
A las diez de la noche, “el quilmes” -como decía el Ruso- estaba a pleno. Es que no sólo era el baile inicial de la temporada de verano, sino que esa noche se sorteaba una heladera. Y las rifas seguían participando por los tres Fiat 600 al final de la temporada; además, los turcos te iban a buscar a tu casa si vos no estabas en el baile.


Siluetas de bailarines, tango
Llegaron en el taxi de Panchito, un viejo auto alemán adecuado a la falta de movilidad del chofer y se bajaron por el otro lado de la placita Sarmiento, frente a la estación del Ferrocarril Belgrano. Había que pegarse una última peinada y acomodarse la pilcha, además, siempre quedaba alguno con ganas de mear, y no era elegante hacerlo en medio de la milonga.
Como siempre, la típica había arrancado, con el clásico “Desde el alma”. El atril se encendía y apagaba, la Señora Rosa le daba al piano con un amor especial y el resto de los músicos, se sentía a pleno. Comenzaba otra temporada y la anunciada renovación del repertorio era toda una promesa.  Pero, al rato, en lugar de “Ilusión azul”, la pianista marcó “cuatro” y todo el grupo arrancó con “Uno”, para seguir luego con  “Nostalgias” y “9 de Julio”.
El cantor era nuevo y tenía mucha fuerza. La novedad hizo que los mozos prestaran atención y escucharan con más ganas. Las manos de la Señora Rosa volaban por el teclado, el fuelle se hacía sentir y la voz penetrante se colgaba de los banderines que cruzaban la pista.
“La última curda” ya había arrimados a varios al escenario y un par de parejas gastaban los mosaicos, con esa cadencia sensual que sólo el tango saber dar. Esa que entrega a hombre y mujer a una melodía comprometida, dejando huella en el piso y el aire sensible, casi como poniendo marco a la noche de los enamorados.
Tito fue testigo y se sintió parte. La  barra, como siempre se había ubicado en la terraza, sobre la secretaría, con panorama para ver a los artistas y mirar la pista. La típica llegó al final de la primera selección con un aplauso y dejó promesas de otro capítulo en un rato, apenas terminara su primera presentación la “característica“.
Había buenos vocalistas por esos tiempos. Un poco de Miguel Boggio, y otro tanto del “Gurí” Curiotti, hicieron lo suyo. Era una noche de gloria.
Rosita apareció con la tía y las amigas. La Coca lo vio al Tito y le guiñó un ojo. Rosita era una flor, una luz y un sol en medio de esa noche de verano, y todo estaba enfocado en ella. Pantalones blancos, el pelo largo, las pecas, los ojos fuertes y esa boca roja que se abría como la vida misma. Nada de otras mujeres. Sólo era ella.
Cuando estaba por terminar, quiso acercarse, pero no llegó. Había mucha gente y la mesa de ellas estaba bien atrás, cerca de la cancha de bochas. Para colmo de males, “Los Iracundos” se habían adelantado y cortaron la segunda parte de la típica para empezar la actuación. Apenas habían pasado unos minutos de la medianoche.
En el escenario apareció Enrique Dino Foglia y su primo José Luis, anunciadores y animadores oficiales de los bailes. Palabras de rigor, el saludo de la orquesta y la voz de Eduardo Franco que arrancó con “Puerto Montt”.
- Muy fuerte para mi gusto -dijo el Pinino- y le hizo señas al mozo para que trajese otra vuelta de ginebra con coca.
- Callate!! .-le retrucó Francisco- Qué sabés vos de música!!
En ese tiempo, cuando actuaban orquestas de alto nivel, o sea muy populares, los bailarines se detenían y sólo algunos muy enamorados -o calientes- se movían al compás de la música en el fondo de la pista. El resto se acercaba al escenario y degustaba el repertorio con todas las ganas.
Pero esa noche Tito estaba en otra cosa. No había podido acercarse a Rosita y tampoco la había visto bailar. Los muchachos aseguraban desde la terraza que no había salido en toda la noche y que había rechazado todas las invitaciones. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién había dado vuelta al mundo?
Franco anunció el último tema, la gente pidió otro, el conjunto los conformó y un nutrido aplauso se elevó por encima del club, buscando los pinos de la avenida Italia o, quizás, los eucaliptos del ferrocarril. El baile se encaminaba, irremediablemente, hacia su epílogo y la Rosita seguía sin bailar. Y, lo peor,  Tito no se había podido acercar. En el último intento, amagó con buscar el fondo, ir a la mesa, pero alguien de la barra lo mandó para atrás.
- Pará, Tito, no armes problemas -le dijo el Pato.
- Es que quiero sacarla a bailar -casi rogó.
- Esperá un poco, tomate tu tiempo -trató de calmarlo José-, a lo mejor no tiene ganas de bailar. Con las mujeres, nunca se sabe.
A todo esto, lo habían llevado hacia la terraza, donde la barra dejaba huella de botellas de ginebra -la”cuadradita”- y varias de coca. El baile se terminaba y el rocío hacía de las suyas. Alguien miró hacia las vías y dijo algo del “Estrella del Norte” que, como siempre, pasaría atrasado.
Tito seguía con la mirada ausente. En realidad sólo viva hacia la mesa del fondo. Cuando la tía Porota dio la orden, el grupo se levantó, juntó las camperitas de hilo y se encaminó hacia la puerta con algún cuchicheo, pero nada más. El trató de encontrarle la mirada, pero la tenía baja, como siguiendo una huella invisible en el piso, como una persona que prefiere hacer un pozo y salir por un túnel.  Miró a la Coca, pero ésta no dijo nada.
Pasaron por el portal de acceso al club y él fue hasta el otro lado de la terraza, para verla salir. Nadie de la barra hizo nada, ni para detenerlo ni para acompañarlo.
- Rosita!!! - le gritó y todos se dieron vuelta en la vereda para mirar a ese Romeo que reclamaba desde altura.
- Rosita!!! - repitió, aunque ya casi en todo de ruego-
Ella se detuvo un instante. Apenas uno. Se dio vuelta y cuando levantó la vista, esos ojos marrones ya estaban brillosos, mojados, húmedos. No dijo nada; siguió mirando y sólo atinó a levantar la mano izquierda donde un anillo de oro dejaba en claro que ya no sería suya, que  tenía otro dueño; por imposición o por necesidad, pero jamás por amor.
Y se subió a un auto negro que arrancó despacio y dobló por la avenida Mitre, aunque de esto no hay constancia.

Infierno para uno…

La vuelta al barrio fue más larga que nunca. No había palabras en la barra y tampoco quien las dijese. Ella se  casó, tuvo hijos y hoy es una dama de  constante auto nuevo y casa grande y vacaciones y todas esas cosas que se compran de una vez y para siempre. Y se pagan con sueños, aseguran. Tito? Tito no se sabe qué hizo con su vida. Algunos fracasos y tiempos que se comieron la juventud.
Dicen los que quedan de la barra, que colecciona todos los discos que salen de “Los Iracundos”, que hizo duelo por la muerte de Eduado Franco, que nunca la volvió a ver, que la lloró toda en una noche y que suele tomarse un café en “Sirocco” cuando la noche se acerca al día.
Y que nunca más fue al baile ni pasó otra vez por el quilmes.

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Edgardo Peretti (Rafaela, Santa Fe, 21 de septiembre de 1958) es periodista, escritor, ensayista, historiador y docente de Periodismo.
Publicó en 2010 Karlovich–Karlovich, su segunda novela, que ya había sido difundida en la web y el Suplemento Literario del Diario La Opinión, de Rafaela.
En el mismo género es autor de las obras Félix, el sacristán del diablo (1997), El Faro de Lehmann (2008) y Colorado Ayacucho (inédita).


viernes, 1 de abril de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Orlando Van Bredam

 El agrio sabor del desconcierto


Celina no puede dormir, ni de noche ni de día, porque cada vez que duerme, sueña, y cada vez que sueña, sueña lo mismo: un árbol en el fondo de un patio y al pie del árbol un pozo y en el pozo: el cadáver de su padre. Celina ha padecido treinta pesadillas iguales, treinta ardientes pesadillas en las que el final, el brusco final antes de despertarse, es el rostro muerto de su padre con los ojos abiertos y severos. Celina sólo sabe que su padre se fue un día de su casa cuando ella tenía cuatro años y nunca más volvió. Lo sabe porque su madre se ha encargado siempre de que lo supiera, de reprocharle la huida cobarde de un hombre borroso del que apenas ha salvado Celina una mugrienta fotografía que encontró entre unos escombros, también en el patio de una casa perdida en el tiempo, a la que no regresa desde hace veinte años y que ya no le pertenece a su madre ni a ella ni a su hermana Elisa. Una casa en la salida o entrada de Pampa del Indio, donde el viento norte tiene su nido y las cigarras yacen despanzurradas al pie de un árbol, un viejo paraíso, que ahora después de veinte años inquieta sus sueños, la convierte en una solterona insomne, que en un moderno monoambiente  de Resistencia despierta sobresaltada, con el sabor agrio del desconcierto.
Celina no puede dormir y está dispuesta a buscar a Elisa, su hermana menor, y decirle que lo mejor que pueden hacer es volver a esa casa perdida de Pampa del Indio y ubicar el paraíso al fondo del patio, si es que todavía está, si es que los nuevos dueños no lo han derribado, mirarlo un rato y preguntarle qué quiere, señor árbol, que no me deja dormir, qué quiere, que mi vida es una lucha despierta y un infierno dormida, hay algo que debo saber, señor árbol, hay algo que usted por viejo sabe y yo no sé y no supe nunca. Por favor, hable, señor árbol. Y si no, calle para siempre, déjeme dormir.
-Estás loca- le dice Elisa- qué sentido tiene ir a ese pueblucho de mala muerte después de veinte años. Acordate que ni mamá está enterrada ahí, si no en General San Martín.
-Tiene sentido- explica Celina- vamos a San Martín, visitamos a mamá en el cementerio y de ahí nos tomamos un colectivo a Pampa.
Celina convence a Elisa que convence a su marido y el sábado muy temprano viajan. Hace años que ni siquiera van a San Martín, que buscan excusas para quedarse en Resistencia, ni para el día de los finaditos, van. Es bueno este viaje distendido, lleno de confidencias, tan bueno que Celina logra dormir reclinada en el asiento del Godoy, de dormir y de no soñar con el árbol y el pozo abierto y el cadáver de su padre. Elisa lo sabe porque contempla la placidez de la cara, las manos abiertas sobre la falda, la sonrisa tenue.
-Está abandonada esta tumba- dice Elisa  mientras se agacha para poner unas flores en un florero sucio, atascado de plantas muertas- le hace falta pintura.
-¿Por qué no hablamos con Aniceto que vive aquí? El es albañil, le pagamos o le dejamos la plata para la pintura , te parece?
-¿Irá a querer? Acordate que ahora tiene otra mujer y en una de esas la nueva mujer no quiere saber nada de estas cosas.
-Hablemos- insiste Celina.
El hombre viejo que las recibe en San Martín se sorprende de que esas hijastras perdidas le estén ahora sonriendo cuando nunca lo hicieron, menos cuando él vivía con  su madre. Con movimientos oxidados como una máquina en desuso, Aniceto las atiende en la soledad de una casa desierta, donde no hay un solo rastro de mujer.
-¿Solo?-pregunta Celina.
-Claro, las mujeres no quieren saber nada con los viejos enfermos y encima secos- dice sin énfasis y sin humor.
-He soñado con un árbol-le explica Celina mientras toman unos tererés- un paraíso que hay en el patio de la casa de mamá allá en Pampa del Indio. Un sueño raro, loco. Un sueño que se ha vuelto una pesadilla, una pesadilla que no me deja vivir. Está el árbol y al pie del árbol hay un pozo y en el pozo, con los ojos abiertos, está el cadáver de papá.¿Qué significa esto, me puede explicar usted?
-Claro que sí, no es un sueño,  es la purísima verdad. Ahí está enterrado tu padre, nunca se fue de la casa.
-¿Es posible?
- Vos tenías cuatro años y lo viste todo, lo olvidaste todo y ahora todo ha vuelto en tus pesadillas. Tu padre fue asesinado por tu madre, cansada del maltrato y de los golpes que le daba. Yo le ayudé a enterrarlo al pie del paraíso. Después, les dijimos a ustedes que se había ido para siempre.
Celina y Elisa se abrazan pero no se quiebran, se aprietan con desesperación pero no hay un llanto ni un gemido. El viejo Aniceto, extiende un brazo oxidado con un tereré que nadie agarra.
-¿Qué vas a hacer?- pregunta.
-Voy a hacer la denuncia. Quiero recuperar el cuerpo del padre que me quitaron- dice Celina con la voz apenas dura.
-Me parece bien- dice Aniceto y sorbe el tereré que nadie le recibió- yo tampoco puedo vivir más con esta culpa, todo el tiempo sueño con el árbol y al pie del árbol con el pozo y en el pozo, el cadáver de tu padre.

Del libro inédito Crímenes de aldea.

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Orlando Van Bredam nació en Villa San Marcial (Entre Ríos, Argentina) en l952. Reside en El Colorado, provincia de Formosa, Argentina. Es profesor en letras. Tiene a su cargo las cátedras de Teoría Literaria y Literatura Iberoamericana en la Universidad Nacional de Formosa. Ha abordado el cuento, la poesía, la novela breve, el ensayo y el teatro.
Obras publicadas: La estética de Armando Discépolo (ensayo, l974), La hoguera Inefable (poemario, l981), Los cielos diferentes (poesía, Premio Fray Mocho l982), Asombros y condenas (poesía, Premio Fernández de Peirotén l986), Fabulaciones (cuentos, l989), Simulacros (cuentos, 1991), La vida te cambia los planes" (minificciones, l994), Las armas que carga el diablo (minificciones, l996, libro seleccionado para su publicación por Fundación Antorchas), De mi legajo (poesía, Primer premio nacional José Pedroni). En 2007 ganó el Premio Emecé con su novela Teoría del desamparo (Emecé, 2007), acordado por unanimidad por un jurado integrado por Vladi Kociancich, Andrés Rivera y Abelardo Castillo. Ha estrenado numerosas obras teatrales en la región. Ha sido incluido por Mempo Giardinelli en dos antologías nacionales de cuentos. Algunos textos suyos han sido traducidos al portugués y al flamenco.
En 2009 publicó La música en que flotamos, finalista en el concurso Clarín de novela en 2007.
En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Miguel Ángel Gavilán

Caballos


La mujer no sabía ser feliz en esa casa tan grande. La amedrentaban las columnas encaladas que se sucedían como custodios ante la puerta de ingreso o los jardines llenos de flores que de tan cuidados parecían irreales. El orden, la perfección hecha verde y cemento la distanciaban de toda tibieza, haciéndola una intrusa en ese territorio sin daño.
Recorría las habitaciones con la misma, escasa dulzura con la que recibiera los acontecimientos notables de la vida: el matrimonio, los hijos, alguna enfermedad pasajera, puntual, el disfrute de los primeros años del amor. Nada parecía retenerla de ese mundo con olor a campo y a pasado.
Salvo el sueño de los caballos.
La mujer era dichosa al cerrar los ojos, ni bien se apagaban los faroles del parque y un silencio invasor comenzaba a aplacar los rincones ruidosos de la casona. Un instante después aparecían. Eran hermosos e insolentes. Entraban llenando de  rumores las sábanas, sacudiéndose, sin respeto, contra los objetos frágiles de las habitaciones. Dorados por un sol furioso, de veranos no vividos, volteaban a corcovos los muebles y las cobijas, jugaban en la luz de los espejos, se excedían en golpes contra el cuerpo durmiente del marido.
Sólo verlos en sueños, y unas ansias irresponsables por subir a uno de esos  animales sórdidos y salir disparada hacia la mañana imposible  que les lustraba las crines, volvían a invadirle el pecho.
Cada mañana el marido la encontraba acurrucada y sonriente. Entonces la despertaba presuroso.
-¿Qué pasó?-preguntaba ella.
-Pasó otra vez. Soñabas con los caballos.
En otros días, antes de los hijos, antes de que ese despiadado orden los olvidara de ellos, la mujer le había contado el sueño, siempre el mismo, multiplicado en todas las noches. Los caballos entraban a la casa, la venían a buscar y justo cuando ella parecía decidida a seguirlos, el sueño se evaporaba y debía levantarse.
El hombre la miró un rato, después le pasó la mano por el mentón  con dulzura y siguió leyendo. Ella pensó que su marido había olvidado el relato, pero por la mañana, él preguntaba al verle ese rostro plácido, de conquista o de libertad interrumpida.
-¿Otra vez los caballos, no?
-Si. Otra vez.
Lo preocupante era que el sueño no la demacraba ni la entristecía. Más bien la hacía ver plena el resto de  la jornada. Al marido le preocupaba ese ardor nuevo en los ojos de ella, esa hermosa fatiga que devenía de cada pesadilla para él decididamente peligrosa.
Tras arropar a los hijos, tras besar una y otra vez el cuerpo del hombre que sí la quería, dejaba que los caballos entraran en su noche, a extraviarla en esa ceremonia de sudores y cascos soleados entre las alfombras y los vidrios.
Uno de los potros, ese que parecía diseñado en antracita, se detenía a su lado, esperando que la mujer lo montara para llevarla lejos, a ese lugar donde sólo los potros desbocados encontraban calma. Pero la voz de su marido deshacía al animal como quien acerca una antorcha a un cuadro.
-¿Estás bien?
-Si.-respondía la mujer.
Le resultaba tan fácil ser egoísta en esos momentos. Sentirse dichosa sin razón alguna, por esos sueños suyos que el hombre espantaba con desaliento y apuro únicamente porque no los comprendía.  Era tan íntimo el regocijo de crear su propia felicidad, sin necesitar a nadie, sin que fuera imprescindible que otros estuvieran para que la alegría sea toda en las manos.
Pasaron años. La mujer fue endureciendo su andar de juventud, el hombre peinó canas, dejó crecerse un vientre de buena vida, demoró sus lecturas o las abandonó definitivamente. Llegaba un tiempo en que los acontecimientos escritos por otros dejaban de interesar y, entonces, la monotonía más aplastante se volvía fantástica. Los hijos se fueron del campo, de su realidad para crearse la de ellos, la que fueran capaces de sostener para siempre.
Una noche, durante la cena, el marido le preguntó a la mujer:
-¿Fuiste feliz conmigo?
La mujer no supo que contestarle. Le dio un beso en la frente, lo tomó de la mano y lo condujo al dormitorio.
Se desnudaron como lo hicieran tantas veces, durante los años que congeniaron en esa costumbre. Se vieron las mismas espaldas, los senos iguales de ella, el vello oscuro y abundante de él, la cicatriz de las dos cesáreas, el lunar color chocolate en el hombro, la edad de esos desnudos impúdicos y por eso hermosos, toda escrita en la piel como sobre un cuero recién curtido.
Ella lo abrazó. Él respondió a su abrazo como un niño. La mujer le hizo un lugar o él improvisó el nido de siempre entre dos pechos blandos. Se pertenecieron  en ese calor hasta la fatiga.
-Mañana, no me despiertes.-le susurró ella, después, al oído.
El hombre asintió con los ojos cerrados.
Fue tan largo el reposo de la mujer esa noche. Tan lleno de  texturas fantásticas, de arrobamientos. Estaba la imagen del pasto y del barro manchando las paredes. El sudor y el aire sobre las magnolias comprimidas en el florero de la cómoda. Fue tan irremediable y por eso mismo natural la acostumbrada entrega de los objetos a la destrucción de la estampida, que la mujer no se sorprendió cuando abrió los ojos, lúcida, más despierta que nunca, y vio que el potro negro, ese que se le aparecía al final, para cerrar su sueño, llevaba a un hombre en la grupa, igual a su marido, que le guiñaba el ojo antes de perderse en el aire quieto de la mañana.

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Mi foto
Miguel Ángel Gavilán nació en Santa Fe el 5 de agosto de 1971. Es Profesor en Letras egresado de la Facultad de Formación Docente en Ciencias dependiente de la Universidad Nacional del Litoral. Ha participado en distintos talleres literarios e integrado numerosas muestras conjuntas. Fue integrante de la Comisión Directiva de la Asociación Santafesina de Escritores en el cargo de Secretario. Tiene publicados dos libros de poemas Testigos de la Ira (1993), que obtuvo el 1er. Premio en el Certamen Anual “Leoncio Gianello” 1995 y Propiedad Privada (2001); uno de ensayo Los párpados y el asombro (una lectura de ‘Poeta en Nueva York’)” (2001), que fuera Premio edición del Concurso Municipal de la ciudad de Santa Fe de ese año y uno de cuentos Llueve en Arizona (2010). Muchos de los cuentos y relatos que integran este libro recibieron en forma individual premios y menciones en varios concursos literarios.
En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Liliana Santacroce

 Tinta Tintineo


¡Esto de andar escribiendo sobre teclados ya no mancha mis dedos con tinta! 
Aunque ahora la voz descarta los teclados,
¿Serán mis dedos los que se extingan junto a la tinta?
¿Qué pasará cuando enmudezcan las voces
y los sonidos se transmuten metálicos en los oídos?
¿Acallarán también ellos
y no podré escuchar los te quiero
los no me importas
los no ya más...?
Serán papeles los que nos sobren y serán sólo tintas por las que naveguen
solitarias palabras sobre mares sin agua
ya van de sobra muchos intentos...
Y los cansancios se doblegan sobre mis espaldas
por ahora me borran con una mirada
con un botón me excluyen del facebook
se asustan porque mis ojos son ventanas
y mis labios no atrapan silencios.
Devuélvanme a la tinta y dejen que allí me ahogue
no rescaten de mí nada
la esencia se quedó en otra parte lejana
siglos atrás
y esperanzas vanas... se sacuden y callan.
                                
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Liliana Santacroce reside en la ciudad de Córdoba (Argentina). Ha publicado Sabor ácido (1990) y trabajos suyos integran las antologías Los poetas y el amor (Escritores Cordobeses Asociados, 2001), Talleres literarios SADE narraciones y poemas (1984), Grupo literario Crecer (1987), 4º y 5º Antología Poética – Narrativa E.C.A. (2001/02/03), 6º Antología Poética Narrativa E.C.A. (2004), Encuentro E.C.A. de Poetas – Nacional y Iº Encuentro de Narrativa Bialet Massé – Nacional (2005).
Colabora habitualmente con el suplemento La Palabra del diario La Opinión, de Rafaela.
En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

José Gabriel Ceballos

Récordman


Pasa de noche, hacia el sur o hacia el norte pero de noche, cuando el río ya ha acallado casi todos sus murmullos. Crecientemente nítidas se escuchan las brazadas exactas, rebotando el plas-plas contra las barrancas. Al llegar a la curva, el ritmo se corta en un chapoteo, se desfleca el rumor y enseguida el silencio recobra su plenitud, delatando que ahora Loiácono flota casi inmóvil de cara a las estrellas. Si hay luna potente alcanzo a ver su nariz en el binóculo, subiendo y bajando en el suave resplandor. Una vez hasta creí que sonreía. Otra vez flotaba con unos martínpescadores posados sobre el pecho.
En las barrancas soy el único testigo. Hace décadas que el mundo olvidó a Alfredo Loiácono y sus hazañas. ¿A quién puede interesar hoy día la gloria de remontar el río con los tobillos amarrados al cuello, la marca de resistencia simple en estilo crawl que pretende quitarle a un finlandés, o si respira sólo por la nariz pues nada con mordaza, o sólo por la boca pues va con las fosas nasales taponadas con cera, o si en cada pierna lleva cien gramos más de plomo que cuando batió su último récord de natación con lastre...? Antes, muy antes, cuando él pasaba estas barrancas se caían de gente. La multitud se iba formando desde que las radios anunciaban su paso. Nadie faltaba, ni acá ni enfrente, en la orilla brasileña. Varios pueblos se juntaban aquí, el mejor sitio para verlo pasar.
Bueno, debo decir que alguien más lo espera: Maricarmen, la novia suicida, allá abajo, en la playita que se extiende entre la barranca y el monte. La vi en dos ocasiones. Mejor dicho, vi una mancha ligeramente fosforescente con forma de mujer, cuanto la distancia y la noche dejaban distinguir pese a que la luna no era poca. Digo Maricarmen pues en esa playita está la cruz de hierro que indica el sitio donde fueron halladas sus ropas. Una cruz que ninguna inundación pudo arrancar, por lo bien plantada que está en cemento, pero que ya nadie pinta cada tanto para protegerla de la herrumbre.
Llamarla novia parece en principio una exageración. Loiácono conoció a Maricarmen una vez que debió interrumpir su viaje justo en este pueblo, por unas tormentas desatadas río arriba. Buscaba superar su propio récord de nadar sentado en una silla. La conoció la segunda noche, durante el baile que se realizó en el Club Social para homenajearlo; bailó con ella algunas piezas; quizá la recibió después en el hotel, algo bastante posible si consideramos cuán violentos fervores Loiácono sabía encender en las mujeres. Pero nada más. Al día siguiente, como despedida, mientras aguardaba en la barranca que lo ataran nuevamente a su silla de aluminio para regresar a las aguas, ni siquiera le dio un beso muy distinto de los besos que repartió entre sus admiradoras. El título de novia lo asumió Maricarmen sin otro asidero que supuestos reencuentros en ciudades lejanas, de lo que tampoco se puede dudar demasiado pues ella pertenecía a familia rica y no le resultaría difícil reunirse con Loiácono. El suicidio en el río corroboró tal título con fuerza inapelable.
Desde luego que resulta muy misterioso por qué Maricarmen no va al encuentro de Loiácono. Esperar allí tan largamente sólo para sentirlo pasar... El amor siempre actúa de modo extraño, aun en el más allá, me digo. Una respuesta con cierta lógica sería que Maricarmen desea vengarse. Lo llama (¿por qué Loiácono elige este río para sus últimas hazañas, tras haber cumplido las anteriores en los más diversos ríos y mares del mundo?) y después ella no se le aparece. Otra respuesta lógica: Maricarmen no quiere perturbarlo, interrumpir el intento deportivo.
La primera vez que vi a Maricarmen allá abajo tuve una idea estremecedora: ¿y si también Loiácono está muerto? Quien cruza nadando en la noche no es un viejo centenario sino un fantasma... Pero yo escucho la noticia por la radio, me dije, la muerte no puede meterse tanto con la vida. ¿Pero cómo saber hasta dónde nos invade la muerte? Ondas de radio, interferencias etéreas, eso la muerte podrá manejarlo fácilmente. Ninguna dificultad, para la muerte, poner en mis oídos: El célebre récordman de la natación de resistencia y distancia Alfredo Loiácono se lanzó al río Uruguay para intentar una nueva marca mundial (y aquí el récord del caso, el de nadar con las piernas embolsadas o el de hacerlo con un brazo atado al cuerpo, por ejemplo). Se calcula que entre hoy y mañana pasará por... Yo escuché la noticia una sola vez antes de cada paso de Loiácono y cuando faltaban escasas horas; las personas con quienes comenté el asunto aseguraron no haber escuchado nada al respecto (pocas personas, ciertamente; en el pueblo quedaremos cinco o seis que recordamos a Loiácono); los periódicos no se referían al acontecimiento. Un invencible temor me impide averiguar en los otros pueblos ribereños. Y sin embargo, por momentos me atrevería a jurar que Loiácono vive. Eso sí, por las dudas no volví a proponer a nadie que me acompañe a esperarlo.
Me asisten considerables razones para creer que vive. Primero: una oscura noche iba alumbrado por algo que se adivinaba un cardumen de dorados. Un cardumen pequeño, por la extensión del resplandor amarillo, que se desplazaba cerca de la superficie, por la intensidad. Y sólo los vivos necesitan luz para andar. Segundo: el olor: en otra ocasión, también sin luna, me acerqué a él en una canoa alquilada a un pescador. No mucho, pero lo suficiente para percibir en la brisa el olor del ungüento que siempre usó Loiácono para protegerse la cara y las manos, únicas partes del cuerpo que su traje de goma dejaba descubiertas. Un olor inconfundible, penetrante, como de fruta podrida mezclada con alcohol rancio, guardado en mi memoria olfativa pese a no sentirlo yo por siglos. ¿Un difunto que se cuida el cutis? —pensé. Y decidí no seguir remando. Tercera razón: la voz. Finalmente me animé a gritarle algunas preguntas desde aquí; en las tinieblas me contestó una voz finita, propia de un anciano muy anciano, entre jadeos que no había por qué suponer fingidos (y los muertos obviamente no se cansan).
—Loiáconoooo, ¿va bien?
—Sí . Bien. Bien...
—¿Necesita algo?
—No gracias...
—¿Cree que lo va a conseguir, Loiácono?
—¿ El qué?
—¡Si cree que lo va a conseguir!
No me contestó. Recordé que entonces el récord consistía en nadar la mayor distancia aguantándose la sed y no insistí con la pregunta. La sed, otra buena razón para creerlo vivo.
No consigo imaginarlo tan anciano. Imposible figurarme otro Alfredo Loiácono que aquél que conocí cuando yo era niño. Aquél de los retratos que en estas mismas barrancas ofrecían los vendedores ambulantes. Hombres fatigados, polvorientos, con expresión ausente, que precedían a Loiácono por la orilla ofreciendo dichos retratos junto con Loiaconitos de plástico y copos de azúcar y manzanas al caramelo, entre otras mercancías, y que tal vez en la próxima muchedumbre actuaban como el entrenador, el médico o el notario enviado por un incierto Comité Internacional de Récords o el Libro Guinness. Un Loiácono de medio cuerpo, sonriente, musculoso y lampiño torso al aire, las antiparras para nadar sobre la frente, artístico jopo. Un también sonriente Loiácono de pie y completo; terno y corbata, zapatos blancos con polainas, sombrero Panamá. El Loiácono que causaba los chillidos y los saltitos de las muchachas en estas barrancas mientras la banda municipal fatigaba cornetas y tambores con sones marciales, todos los pañuelos flameaban, todas las bombas de estruendo enloquecían a los pájaros todos.
Cuando aquel atleta remoto adquiere su máxima nitidez en mi cabeza, me vuelve la idea de que tal vez él no va ni siquiera viejo, de que el tiempo no se mete con quienes todavía persiguen récords. Y por eso la mitología popular nunca lo convertirá en un santo milagroso (él nunca producirá un milagro, lo suyo no guarda ninguna relación con los milagros, es pura persecución de récords), y por eso Maricarmen se limita a sentirlo pasar a la distancia, apartada por el río de la vida que se expande a cada brazada.
Pero me pregunto: ¿y la voz, su voz de viejo?
Y mi hermosa idea se desvanece. Cuando empieza a desvanecerse la noche en el río lento y mudo.

Récordman es un cuento incluido en el libro Relator deportivo  (Ediciones Simurg, Buenos Aires, 2006) y pertenece a la "vertiente folk", aldeana, un poco naif si se quiere, que tiene como espacio mítico el pueblo de Buenavista (y que entre otros títulos incluye a El Patrón del Chamamé  y  Fabulario de Buenavista).
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José Gabriel Ceballos nació en 1955, el Alvear, ciudad argentina fronteriza con Brasil, en la que aún reside. Es abogado.
Ha publicado tres poemarios, once libros de cuentos entre ellos Entre Eros y Tánatos, El patrón del chamamé, Fabulario de Buenavista  y Relator deportivo, así como las novelas Ivo, el emperador (2003); Víspera negra (2004) y En la resaca (2010).
Ha sido publicado en España (Tiempos de culpa, Editorial La Xara; Víspera negra, Fundación Colegio del Rey; Confesiones de un extraño demiurgo, Editorial Agua Clara; y Entre Eros y Tánatos, Editorial Castalia), en Costa Rica (El patrón del chamamé, EDUCA) y en Brasil (Made in Buenavista, traducción de Sergio Faraco, Editorial Tché). En revistas y antologías ha sido publicado también en México, Puerto Rico y Uruguay.
Obtuvo varios premios regionales y nacionales, entre ellos el Premio Único de Narrativa Latinoamericana EDUCA, de la Editorial Universitaria Centroamericana, San José, Costa Rica, el Premio Alberto Lista, otorgado por la Fundación El Monte y el diario ABC de Sevilla, España; el Ciudad Alcalá de Henares por su novela Víspera Negra, en 2008, el accésit el Premio Gabriel Sué por Confesiones de un extraño demiurgo; en 2009 el Premio Tiflos de Cuentos por Entre Eros y Tánatos y en 2010 el Premio Alfonso VIII de Narrativa por En la resaca.