viernes, 1 de abril de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Fernando Sorrentino

La lección


Después de terminar mis estudios secundarios, conseguí empleo como oficinista en una compañía de seguros de Buenos Aires. Era un trabajo en extremo desagradable y se desarrollaba en un ambiente de personas atroces, pero, como yo tenía apenas dieciocho años, no me importaba demasiado.
El edificio constaba de diez pisos, que eran recorridos por cuatro ascensores. Tres de ellos estaban destinados al uso general del personal, de las jerarquías que fueren. Pero el cuarto ascensor, alfombrado en rojo, con tres espejos y decorado especialmente, era para empleo exclusivo del presidente de la compañía, de los miembros del directorio y del gerente general. Esto significaba que sólo ellos podían viajar en el ascensor rojo, pero no les vedaba utilizar los otros tres.


Yo nunca había visto al presidente de la compañía ni a los miembros del directorio. Pero, cada tanto, veía —siempre desde lejos— al gerente general, con quien, sin embargo, jamás había cambiado una palabra. Era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto “noble” y “señorial”; yo lo consideraba como una mezcla de antiguo caballero argentino y de honestísimo juez de algún tribunal supremo. El pelo entrecano, el bigote recto, la sobriedad de sus trajes y lo afable de sus maneras habían hecho que yo —que, en realidad, aborrecía a todos mis jefes inmediatos— sintiera, en cambio, cierto grado de simpatía hacia don Fernando. Así lo llamaban: don más el nombre de pila y sin mencionar el apellido, a medio camino entre la aparente familiaridad y la veneración debida a un señor feudal.
Las oficinas de don Fernando y de su séquito ocupaban todo el quinto piso del edificio. Nuestra sección se hallaba en el tercero, pero a mí, como el empleado de menor importancia, solían mandarme de un piso a otro con recados. En el décimo piso sólo había empleados viejos y de mal humor, y mujeres feas y enfurruñadas; allí funcionaba una especie de archivo donde, cinco minutos antes de retirarme de la empresa, yo debía entregar indefectiblemente unos legajos con los resúmenes de todas las tareas realizadas en el día.
Cierto atardecer, y habiendo ya entregado esos papeles, yo esperaba el ascensor en el décimo piso para retirarme. Por eso, ya no estaba en mangas de camisa: vestía el traje completo, me había peinado, ajustado la corbata y mirado en el espejo; tenía en la mano mi maletín de cuero.
De pronto, apareció a mi lado el mismísimo don Fernando, también él en actitud de esperar el ascensor.
Lo saludé con sumo respeto:
—Buenas tardes, don Fernando.
Don Fernando fue más allá; me estrechó la mano y me dijo:
—Mucho gusto en conocerlo, joven. Veo que ha terminado una fructífera jornada de labor y ahora se retira, en busca del merecido descanso.
Aquella actitud y estas frases —donde me pareció percibir cierto matiz irónico— me pusieron nervioso. Sentí que me ruborizaba.
En ese momento se detuvo uno de los ascensores “populares” y la puerta se abrió automáticamente, mostrando su interior desierto. Yo, para impedir que la puerta se cerrase, mantuve oprimido el botón, mientras le decía a don Fernando:
—Adelante, señor. Después de usted.
—De ninguna manera, joven —repuso don Fernando, con una sonrisa—. Entre usted primero.
—No, señor, por favor. No podría hacerlo: después de usted, por favor.
—Suba, joven —había alguna impaciencia en su voz—. Por favor.
Este “Por favor” fue pronunciado con tal perentoriedad que debí tomarlo como una orden. Ejecuté una pequeña reverencia y, en efecto, entré en el ascensor; detrás de mí entró don Fernando.
Las puertas se cerraron.
—¿Va al quinto piso, don Fernando?
—A la planta baja. Voy a retirarme de la empresa, igual que usted. Creo que también yo tengo derecho al descanso, ¿no es cierto?
No supe qué responder. La presencia, tan cercana, de aquel magnate me incomodaba en extremo. Me dispuse a soportar con estoicismo el silencio que seguiría por nueve pisos hasta la planta baja. No me atrevía a mirar a don Fernando, de manera que clavé los ojos en mis zapatos.
—¿Usted en qué sección trabaja, joven?
—En Dirección de Producción, señor —ahora acababa de descubrir que don Fernando era bastante más bajo que yo.
—Ajá —pasó índice y pulgar por el mentón—, su gerente es el señor Biotti, si no me equivoco.
—Sí, señor. Es el señor Biotti
Yo detestaba al señor Biotti, que me parecía una especie de imbécil presuntuoso, pero no di esta información a don Fernando.
—Y, a usted, el señor Biotti ¿nunca le dijo que debe respetar las jerarquías internas de la empresa?
—¿Có-cómo, señor?
—¿Cuál es su nombre?
—Roberto Kriskovich.
—Ah, un apellido polaco.
—Polaco, no, señor: es un apellido croata.
Ya habíamos llegado a la planta baja. Don Fernando —que estaba junto a la puerta— se hizo a un lado para dejarme bajar primero:
—Por favor —ordenó.
—No, señor, por favor —repuse, nerviosísimo—, después de usted.
Don Fernando me clavó una mirada severa:
—Joven, por favor, le ruego que baje.
Amedrentado, obedecí.
—Nunca es tarde para aprender, joven —dijo, saliendo el primero a la calle—. Voy a invitarlo a tomar un café.
Y, en efecto, entramos —don Fernando primero, yo después— en la cafetería de la esquina y yo me encontré, mesa por medio, frente al gerente general.
—¿Cuánto hace que usted trabaja en la empresa?
—Empecé en diciembre del año pasado, señor.
—O sea que ni siquiera hace un año que trabaja aquí.
—La semana que viene se van a cumplir nueve meses, don Fernando.
         —Pues bien: yo hace veintisiete años que pertenezco a la empresa —y me clavó otra mirada severa.
Como supuse que esperaba algo de mí, meneé la cabeza tratando de mostrar cierta admiración contenida.
Extrajo de un bolsillo una pequeña calculadora:
—Veintisiete años, multiplicados por doce meses, hacen un total de trescientos veinticuatro meses. Trescientos veinticuatro meses divididos por nueve meses da treinta y seis. Quiere decir que yo soy treinta y seis veces más antiguo que usted en la empresa. Además, usted es un empleado raso y yo soy el gerente general. Por último, usted tiene diecinueve o veinte años, y yo tengo cincuenta y dos. ¿No es así?
—Sí, sí, por supuesto.
—Además, ¿usted está siguiendo alguna carrera universitaria?
—Sí, don Fernando: estoy estudiando Letras, con orientación en griego y latín.
Esbozó un gesto como de sentirse agraviado por estas palabras. Dijo:
—De todos modos, hay que ver si llega a terminar la carrera. En cambio, yo soy doctor en Ciencias Económicas, graduado con notas altísimas.
Incliné la cabeza y separé un poco las manos.
—Y, siendo esto así, ¿no le parece que merezco una consideración especial?
—Sí, señor, sin duda.
—Entonces, ¿cómo se atrevió a entrar en el ascensor antes que yo…? Y, no conforme con semejante osadía, en la planta baja salió antes que yo.
—Bueno, señor, no quise ser impertinente ni pecar de tozudo. Como usted insistió tanto…
—Que yo insista o no insista es asunto mío. Pero usted debió darse cuenta de que bajo ninguna circunstancia usted podía entrar en el ascensor antes que yo. Ni tampoco salir antes que yo. Y, mucho menos, contradecirme: ¿por qué me dijo que su apellido es croata si yo le dije que era polaco?
—Es que es un apellido croata: mis padres nacieron en Split, Yugoslavia.
—No me interesa dónde nacieron ni dónde dejaron de nacer sus padres. Si yo digo que su apellido es polaco, usted no puede ni debe contradecirme.
—Disculpe, señor. No lo haré nunca más.
—Muy bien. ¿De modo que sus dos padres nacieron en Split, Yugoslavia?
—No, señor, no nacieron allí.
—¿Y dónde nacieron?
—En Cracovia, Polonia.
—¡Pero qué raro! —don Fernando abrió los brazos, en gesto de asombro—. ¿Cómo, siendo polacos sus padres, usted tiene apellido croata?
—Es que, debido a un conflicto familiar y judicial, mis cuatro abuelos emigraron de Yugoslavia a Polonia; y en Polonia nacieron mis padres.
Una enorme tristeza ensombreció el rostro de don Fernando:
—Yo soy un hombre mayor, y creo que no merezco ser tomado en solfa. Dígame, joven, ¿cómo se le ocurre fraguar tan descarado embuste? ¿Cómo se le ocurre que yo podría creer en esa fábula tan descabellada? ¿No me dijo antes que sus padres habían nacido en Split?
—Sí, señor, pero como usted me dijo que yo no debía contradecirlo, admití que mis padres habían nacido en Cracovia.
—Entonces, sea como fuere, usted me ha mentido.
—Sí, señor, así es: le he mentido.
—Mentir a un superior constituye una enorme falta de respeto y, además, como todo dato falso, atenta contra la buena marcha de la compañía.
—Así es, señor. Estoy de acuerdo con todo lo que usted dice.
—Me parece muy bien, y hasta estoy por valorarlo un poco, al verlo tan dócil y razonable. Pero quiero someterlo a una última prueba. Hemos tomado dos cafés: ¿quién pagará la cuenta?
—Para mí será un placer hacerlo.
—Ha vuelto a mentir. A usted, que tiene un sueldo muy bajo, no puede causarle ningún placer pagarle el café al gerente general, que, en un mes, gana más que usted en dos años. Entonces, le ruego que no me mienta y que me diga la verdad: ¿es cierto que le gusta pagarme el café?
—No, don Fernando, la verdad es que no me gusta.
—Pero, pese a que no le gusta, ¿está dispuesto a hacerlo?
—Sí, don Fernando, estoy dispuesto a hacerlo.
—Entonces ¡pague de una vez y no me haga perder más tiempo, caramba!
Llamé al mozo y pagué los dos cafés. Salimos —don Fernando primero, yo después— a la calle. Nos hallábamos frente a la verja del subte.
—Muy bien, joven. Debo dejarlo. Sinceramente, espero que haya interpretado la lección y que ésta le sea muy útil para el futuro.
Me estrechó la mano y descendió por la escalera de la estación Florida.
Ya dije que ese empleo no me gustaba. Antes de que terminase el año, conseguí un trabajo menos desagradable en otra empresa. En esos últimos dos meses en que me desempeñé en la compañía de seguros, vi alguna vez a don Fernando, pero siempre desde lejos, de manera que nunca volvió a impartirme otra lección.

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Fernando Sorrentino
Fernando Sorrentino  nació el 8 de noviembre de 1942 en Buenos Aires, ciudad donde reside.
Su obra narrativa está compuesta por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El remedio para el rey ciego (1984), El rigor de las desdichas (1994), Costumbres del alcaucil, El centro de la telaraña, El crimen de san Alberto (2008); un relato extenso Costumbres de los muertos (1996) y una novela no demasiado larga  Sanitarios centenarios (1979, reedición muy elaborada, 2000).
Ha publicado, para niños, los siguientes libros: Cuentos del Mentiroso, 1978; El Mentiroso entre guapos y compadritos, 1994; La recompensa del príncipe, 1995; Historias de María Sapa y Fortunato, 1995; El Mentiroso contra las Avispas Imperiales, 1994; La venganza del muerto, 1997; El que se enoja, pierde, 1999; Aventuras del capitán Bancalari, 1999; Cuentos de don Jorge Sahlame, 2001; El viejo que todo lo sabe, 2001; Burladores burlados, 2006.
También es autor de dos libros de entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, 1974, reeditada en 1996, 2001 y 2007; Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, 1992, reeditada en 2001 y 2007.
Sus obras han sido traducidas al inglés, italiano, rumano, entre otros idiomas.
En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Araceli Otamendi

La tarde

Le gustaba mirar por la ventanilla las casas chatas, los pastos salvajemente largos, los árboles erguidos como estatuas heladas, los troncos  pintados con cal  para que no se los coman las hormigas. Le gustaba disfrutar del paisaje pobre, de esa ausencia de edificación lujosa, de esa misteriosa desolación de la Provincia de Buenos Aires al sur. Pasaban árboles y más árboles, también las piletas con el agua azul de los clubes de Avellaneda. Faltaba poco para llegar. El sol empezaba a entibiarse. El guarda  pide el boleto. Los ojos como dos alfileres de cabecita miran como inyectándose en las caras de las personas. Y después mirar los afiches en el fondo del vagón, el olor a encierro, el tufo del tren.
Imaginarme el piso de la casa al caminar, la madera crujiendo, las paredes silenciosas, los techos altos. El jardín…
Y entonces apareció sentado el hombre ése, o tal vez se lo había imaginado. Parecía  un fantasma, tenía algo de la desolación del paisaje en su cara. Le resultaba conocido aunque no podía recordar el nombre. Ahora se había adentrado en sus pensamientos, como internándose en el paisaje, en esa llanura interior, cubierta de pastos y de olvido, donde por momentos florecía un jardín con sol, como un retazo de memoria arrancada de quién sabe dónde. El tren se detuvo en una estación, apenas miró el cartel de pizarra negro y letras blancas con el nombre. Subieron algunos chicos que pedían monedas y daban a cambio alguna estampita con la imagen de un santo. También el vendedor de chocolates y una mujer que ofrecía el bhagavad gita y la Biblia por unos pesos, pocos. Durante algunos momentos se veía en su infancia, en el patio de aquel colegio, rodeada por esa luz acongojada que suelen tener los patios. La hora de la siesta vacía de ruidos, todos los chicos se habían ido y quedábamos dos o tres solamente y alguna silueta fantasmal y negra, con olor a jabón neutro rezando oraciones. Y ahora el hombre ése estaba ahí, descubrió en su cara unos ojos que la estaban mirando y que de tanto en tanto se detenían en la lectura de un diario abierto y vertical sobre las piernas. La frenada del tren como un quejido la distrajo. En la cartera tenía una faja recién comprada en un negocio de la calle Florida para su madre recién operada. En los pensamientos, las caras de los hijos, sus voces. Comprame un cuaderno de ochenta hojas cuadriculado. Yo necesito una escuadra. Y más allá la cara de Roberto quejándose por el trabajo, la obra no terminada, la falta de respeto de los obreros, de los clientes, de las personas en general.  Todo mezclado parecía un buen cocktail. Eran cerca de las dos de la tarde y no tardaría en llegar. Faltaba sólo una estación y se preparó para bajar.

Ya en la estación sintió el viento azotándole la cara, se dio vuelta y el hombre del vagón que la miraba estaba ahí, cerca, siguiéndole los pasos. Se apuró. Faltaba poco tiempo para que los chicos salieran del colegio. Iría caminando. El hombre se acercó y caminaba a la par. Entonces no tuvo más remedio que mirarlo a la cara. No puede ser, dijo, ¿vos? Sí, dijo él. Pero vos estabas… muerto. No te creas.
Era la imagen de alguien que había muerto hacía mucho tiempo. Alguien que una vez le había pedido una prueba de amor. Lejano, muy lejano el recuerdo y ahora aparecía ahí, en ese lugar, mientras ella corría para ir a buscar a los hijos a la escuela. Ella cruzó la calle con la esperanza de perderlo entre la gente que circulaba por el lugar. El le gritó desde la otra vereda:¿querés que haga la prueba? ¿cuál? Dijo ella, gritó también, como si estuvieran en medio del campo. Voy a cruzar sin mirar y si un auto me pasa por encima y no me mata es que estoy muerto, entonces vos tendrás razón.
No, dijo ella, y empezó a correr sin mirar hacia atrás.

Ya en la casa, con los hijos mirando la televisión se entretuvo con algunas tareas. Sacó del bolso la faja que le había comprado a la madre y la arrojó sobre un sillón. Poco después se puso a cocinar. Y mientras en la sartén crepitaban las papas recordaba los ojos del hombre, la mirada de pájaro a punto de morir o muerto, vacío, seco y el recuerdo de esa mirada le produjo algo, una cierta oscuridad interior, una cierta congoja, como aquel patio de su infancia, tan desolado. Siguió cocinando mientras las voces de los niños iban llenando la tarde, impregnando la casa y el silencio de ruidos, de risas, de peleas, de gritos, mientras el aceite seguía crepitando y el viento empezaba a soplar fuerte, a levantar tierra  y se caían al suelo algunos frascos, algunos vasos y afuera las hojas secas  de los árboles se iban arremolinando en los rincones del jardín ahora que las primeras sombras de la tarde empezaban a oscurecerlo y el verde los árboles y del pasto se convertía en azul oscuro y después en azul negro y los pájaros cantaban antes de irse a dormir.

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Araceli Otamendi nació en Quilmes, Provincia de Buenos Aires.
Se graduó en Análisis de Sistemas en la Universidad Tecnológica Nacional, Facultad Regional Buenos Aires.
Es escritora y periodista. En 1994 ganó el Premio Fundación El Libro por su novela policial “Pájaros debajo de la piel y cerveza” en el marco de la XX Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Fueron jurados Luis Gregorich, María Esther de Miguel y Josefina Delgado.
 En 2000 publicó y presentó su Antología “Imágenes de New York – Una mirada hispanoamericana” en el Centro Español Rey Juan Carlos I (NYU) con prólogo del Prof. James Fernández parcialmente traducida al inglés.
Ha publicado cuentos, ensayos, fragmentos de novela en revistas literarias y suplementos.
Sus cuentos fueron publicados en varias antologías y algunos fueron traducidos al inglés, italiano y coreano.
En 2008 su cuento “Cartas al mediodía, a la manera de Cortázar”  se publicó en la Primera Antología de autores iberoamericanos traducida al coreano “Sube a la alcoba por la ventana”, en Seúl.
Fue Directora de talleres literarios de la Sociedad Argentina de Escritores en el período 2002-2003. También fue invitada por la Biblioteca Nacional de Chile para disertar acerca de la tradición literaria argentina.
Coordina talleres literarios y seminarios de literatura.
Desde 2002 fundó y dirige las revistas digitales Archivos del Sur

http://revistaarchivosdelsur.blogspot.com/  y Barco de papel (infantil).




En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Carlos María Gómez

Repetido Crepúsculo
                                                                 

De pie en la mañana contemplaba una vez más el sórdido espectáculo de la ciudad absolutamente despierta y en pleno proceso de contaminación expulsando gases y venenos diversos bajo un cielo que ni siquiera me tomé el trabajo de analizar en el sentido de levantar la mirada y demás demasiado esfuerzo en todo caso y aunque deba confesar que algo percibía referente al tenor de humedad en el ambiente y la temperatura sintiendo resbalar un sudor agrio sobre mi piel envejecida a causa de reiterar tareas que no me llevaban a ninguna parte como no fuese al borde mismo de la vereda donde me encuentro enfrentado a la confusa disyuntiva de cruzar la calle con el riesgo de desaparecer de inmediato volatilizado por así decirlo tratándose de una idea que no carecía totalmente de atractivos considerando la eventualidad de ser aplastado por algún pesado y rudimentario camión o colectivo que pudiesen dejarme tan chato como un vulgar papel de diario o de envolver o lo que resultaría peor y desde luego ya absolutamente bochornoso pisoteado reiteradamente por los patéticos caballitos encargados de trasladar por esas calles de dios a los carricoches de la basura o de algún verdulero extraviado en el tiempo pero luego comencé a darme cuenta de que existían otras posibilidades a las cuales acudir para destrabar la inercia del momento poniendo en funcionamiento diversas expectativas de proyección y aventura absurdamente abortadas como consecuencia de una conducta sino cobarde al menos vacilante y enfermiza siendo que como nos lo han enseñado hasta el hartazgo desde el instante mismo de nuestra llegada al barrio todos y cada uno de los problemas e inconvenientes que puedan presentarse a lo largo de este tedioso camino tienen de alguna manera su correspondiente solución sabio razonamiento que me llevó de inmediato a movilizarme en la medida que me lo permitían las piernas torpes y delgaduchas además de propensas a dolorosos calambres en un primer intento con rumbo sur luego en dirección oeste luego norte luego este hasta retornar a la situación inicial habiendo observado en todo momento la tranquilizadora presencia de puertas y ventanas hogareñas horadando los sólidos muros como señales inequívocas de que la vida aún continuaba curiosa sensación que me llevó a recorrer como cien veces y con más empecinamiento que ganas el ridículo circuito hasta darme cuenta de que asimismo podía con absoluto derecho y hasta cierta libertad abandonar tal instancia mediante el simple y efectivo recurso de levantar con la suficiente energía y determinación un brazo por ejemplo con el objeto de llamar la atención de algún conductor de vehículo público o privado o de quien fuera que se dignase recogerme lo cual en efecto llegó a acontecer y minutos después quizás meses o aún años o siglos me encontré estacionado en otra esquina probablemente de la misma ciudad tratando de dilucidar distintas cuestiones relativas mayoritariamente a la observación de comportamientos humanos para expresarlo de alguna forma y en tanto recordaba una oportunidad bastante anterior cuando alguien me detuvo mientras transitaba por los pasillos perimetrales del Mercado de Flores atestado por una multitud impaciente y asimismo ruidosa obligándome a interrumpir brevemente la marcha ya que creí entender que era interrogado acerca de mi familia vaya sorpresa siendo que venía desempeñándome en solitario desde la edad de setenta y siete años sin tener noticias de nadie vivo que se pareciese a un pariente hijo madre inclusive primo o hermano o tía ni siquiera putativos aunque siempre con la compañía de mi fiel perrito Pucky simpatiquísimo aunque ya viejo y achacoso en forma tal que le cuesta desplazarse de uno a otro lugar de la casa por las habitaciones prácticamente despojadas más allá de la cama de dos plazas la mesa  en la cocina y las sillas que utilizamos para acceder a la comida día tras día desde la mañana a la noche y en ocasiones por la tarde dejándonos llevar y transcurrir de acuerdo a las oscilaciones de la luz que alcanza a filtrarse a través del alto ventanuco orientado hacia el poniente o quizás no con tanta precisión bien podría tratarse de una dirección  noroeste o de otra cualquiera pero lo concreto es que todo viene a centrarse en la situación aludida un tanto insólita o al menos poco común teniendo en cuenta el lugar y la fecha y la hora aparte de que mi aspecto personal un tanto descuidado en el sentido de que no debía oler a jazmín o a lavanda precisamente considerando la falta de apego a la higiene que observaba en los últimos tiempos debido a múltiples ocupaciones y demás no diría que contribuyera a fomentar en principio este tipo de contactos no obstante lo cual y en definitiva debo aceptar que tal individuo logró su evidente propósito de abordarme llamándome incluso por un nombre que quizás fuese el que me correspondía de nacimiento aunque no podría asegurarlo por la simple razón de haberlo olvidado así que no me sentí en absoluto en la obligación de responder ni siquiera considerando su insistencia en cierto modo abusiva y no descartando inclusive que se haya tratado de un femenino detalle desde todo punto de vista insignificante atendiendo a que el tema o meollo de la cosa seguramente necesitaba  de una lectura más atenta y profunda luego de lo cual y estimando haber superado el trance me encaramé en una especie de tranvía que atravesando morosamente el infecto arrabal hubo de depositarme junto a la orilla de un río rodeado de pastizales y arbustos con islotes que se sucedían hasta el infinito en la contemplación meramente frontal desde la alta barranca algo desolada rescatando del olvido diversos objetos abandonados quizás en un lejanísimo y brumoso pasado flotando como trastos en el agua marrón tales como una naranja y botellas y pescados muertos y envases de plástico alrededor  de varias canoas destartaladas todo el conjunto en movimiento a causa de un oleaje no demasiado importante ya que la brisa no parecía dispuesta a intensificarse ni nada que se le pareciese de manera que he detenido mi aguda vista procurando obtener mínimos detalles de ese ilusorio presente donde vuelan pájaros apenas manchas esbozadas en el paisaje apagado y por así decirlo silencioso si no fuese porque una música cumbiambera comenzó a sobrevolar la estúpida llanura en la agonía de la tarde instándome a mover piernas y brazos y hasta el culito rítmicamente hacia arriba y hacia abajo y hacia los costados aunque sin conseguir para nada borrarme de la mente aquellas imágenes refiriéndome especialmente a la naranja podrida flotando junto a los camalotes y demás bajo nubes grises y blancas contabilizando asimismo tres arbustos y matas de pastos descoloridos además de las canoas una de ellas es verde y se bambolea como consecuencia de la acción del agua que se arrima a la orilla en forma de pequeñas olas y luego se diluye derramándose en la tierra gredosa agujereada por las cuevas de los cangrejos dejándome en definitiva una curiosa sensación de futilidad y de vértigo en partes iguales desflecadas imágenes de un antes que nunca sucedió o que resultó finalmente olvidado más aún teniendo en cuenta esta actualidad que podría catalogar como positiva y hasta esperanzadora donde creo divisar calle de por medio a una persona bastante peculiar y digna de la mayor atención sugiriéndome en una primera visualización que ha salido a la calle indudablemente a vender ya que toda su actitud así pareciera demostrarlo en la mañana esplendorosa y bajo la cruda luz que el sol derrama sobre la vereda de sucias baldosas donde algunos insectos se arrastran además de papeles y hojas y otros desperdicios habiéndoseme ocurrido tal idea ante la circunstancia de que el sujeto aludido lleva una valija o maletín o portafolios en su mano derecha colgando en el extremo de la agarradera de la manga cuya tela en un tono gris terroso pareciera exactamente igual a la otra manga ubicada en el lugar opuesto y oculta desde cierto ángulo por el resto de la tela del abrigo aunque en este caso no exista objeto alguno visible adherido a esa extremidad o prolongación de quién se encuentra situado en expectante actitud al borde de la calzada por donde un incesante desfile de vehículos circula a velocidades en algunos casos similares pero en otros absolutamente diferentes hecho que registro con relativa facilidad dado que se acercan ora del este ora del oeste y hasta desaparecer en el extremo de la recta que se inicia y finaliza en puntos ciertamente opuestos del horizonte aunque sin embargo es también probable que su mirada apunte hacia otros objetivos como podría deducirse de la disposición general de su cuerpo y en particular debido a la inclinación del rostro donde la abertura angular desde la cual acaso miran sus ojos es la que se necesita  para fijar detalles de la línea de edificación ubicada junto a la vereda de enfrente llevándome a suponer que todo el conjunto de manchas en movimiento que constituyen el principal elemento de la calle debe escapársele por completo absorto como se encuentra en la contemplación de muros y ventanales iluminados éstos últimos por destellos que le permitirían avizorar quizás habitaciones y recovecos ocultos rostros captados en la intimidad de un gesto miradas extraviadas demasiado expresivas o audaces para exponer en público aunque finalmente debo llegar a la conclusión de que tales acontecimientos no habrán de repetirse que inclusive son visiones que se precipitan hacia un inmediato olvido alejándose en la misma medida que el inexorable paso del tiempo me abisma en una ominosa sensación de angustia al no conseguir desentrañar los misterios o lo que sea de la jornada con el agravante de haberme dejado ilusionar con la idea decididamente absurda de que el susodicho aguardaba la llegada de un coche o calesa o algo que lo traslade hacia alguna parte a fin de concretar el intercambio de los artículos que llevaría en el interior de su maletín o cofre o como sea por lo que a partir de tales conclusiones decidí lanzarme nuevamente al camino sostenido empeñosamente por mis pobres piernas que en rigor apenas lograban mantenerme en una incierta vertical haciendo que me estremeciese como una miserable vara de bambú en el viento y en tanto atravesaba calles desiertas o de pronto atestadas de formas presuntamente humanas según lo comprueban con no poca dificultad mis ojos humedecidos por la llovizna o la niebla o por cualquier otro elemento acuoso incluso la misma brisa y hasta por la fugaz trayectoria de alguna lejanísima estrella derrumbada al otro lado del universo no obstante lo cual alcanzo finalmente el modesto objetivo trazado y ya en el interior del establecimiento que ostenta la denominación de “Bar y Copetín al Paso La Gaviota” atrapo con firmeza no exenta de vehemencia el vaso que me aguarda sobre el mostrador procediendo a trasladar la razonable y hasta moderada porción de bebida ambarina hasta mi garganta reseca y sedienta que la recibe con el agradecimiento silencioso y sereno de los seres simples en cuerpo y en alma reconociendo asimismo ciertos movimientos realizados por otras manos manipulando la botella madre en distintas direcciones repartiendo mas o menos equitativamente el dulce néctar que no solamente era motivo de mi búsqueda ya que otras bocas pretendían participar de la ceremonia cuyo significado más profundo supuse que debería buscarlo en mí mismo o quizás en algún otro paraje del territorio lo suficientemente alejado de la mano temblorosa que procura llevar el borde del vaso demasiado cargado hasta sus labios de ceniza provocando pérdidas de líquido en proporciones inquietantes y de los rostros blancos como cera dando vueltas alrededor de un palo o mástil o lámpara como mariposas nocturnas achicharrándose incesantemente bajo las luces más allá de las calles y las veredas y de los edificios dormidos cuando logre una vez más ponerme en movimiento con la determinación y el anhelo de quién no va a ninguna parte con el rostro vuelto hacia el repetido crepúsculo.


(*) El presente relato se encuentra publicado en la Revista Cantera Verde (México, 2008) y en Caja Negra y otros Relatos  (ATE Santa Fe, 2009), habiendo sido adaptado para uno de los capítulos de la película Ciudad de Sombras  de Grupo de Cine de Santa Fe (2010).
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Carlos María Gómez nació en la ciudad de Santa Fe (Argentina) el 18 de abril de 1938. Escritor. Productor. Guionista y Realizador de Cine y Video.
Obras publicadas: El desarrollo (novela, 1963), Solamente con mirar (relatos, 1965), Veneno de cachiporra (novela, 1979), El enmascarado solitario cabalga hacia la muerte (novela, 1983), En el laberinto de espejos (novela, 1985), Cuentos negros (relatos, 1992), Los chacales del arroyo (novela, 1993, reeditada en 2007), Gerente en dos ciudades (novela, 1995), Alrededor de la plaza (novela, 1998), Highsmith (novela, 1995), Caja negra (relatos, 2009), Regreso al Sur (novela, 2009).
Ha obtenido numerosas distinciones, entre ellas el Premio Provincial de Novela Alcides Greca por El enmascarado solitario cabalga hacia la muerte y la Faja de Honor de ASDE por Highsmith, habiendo sido declarado Escritor destacado de la Provincia año 2009, por la Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe. Su novela Gerente en dos ciudades fue llevada al cine por el realizador Diego Soffici.
Es co-fundados e integrante de la Asociación Civil Grupo de Cine de Santa Fe, habiendo participado como guionista, productor o director en las diez películas que llevan realizadas.

jueves, 31 de marzo de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

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Carlos Roberto Morán

Los sabores más antiguos del planeta

  

Entre los escritores, suele decirse, ya no se habla de libros sino de películas. Como hablaba esa noche el hombre robusto y ligeramente encorvado por la edad (en estos casos se afirma que la edad lo ha alcanzado), de la belleza de Virginia Madsen, una actriz norteamericana que decidió dejar de exhibir su cuerpo y dedicarse a hacer buenas y pequeñas películas, ya cercana a la veteranía. Una belleza que duele, decía el hombre que afirmaba ser un oscuro escritor, tomaba whisky, espiaba por la ventana para observar si la lluvia había terminado o si no había trocado en una llovizna soportable.

El tema, con todo, no era Virginia Madsen, sino la pregunta que ella hacía en la película que el hombre canoso quería contar y que demoraba, sin embargo, en volver precisa, en traerla a la pequeña reunión que se había armado informalmente en un recodo del salón del hotel, mientras aguardaban.

Quería hablar del gordito, así lo llamaba, lo habían visto en otras películas no bien lo describió: un buen actor de segunda, su cuerpo descuidado, pelado y con barba candado, mirada un tanto bovina. El típico perdedor de las películas norteamericanas, opinó el más flaco que lo ubicaba muy bien pero que no podía recordar su nombre. Acá, aclaró el hombre canoso que había mencionado a la rubia Virginia Madsen, acá, repitió refiriéndose a la película, hace también de perdedor pero al final, de cierta manera, también gana. Aunque en esa película, al fin de cuentas nadie gana ni nadie pierde en forma definitiva. Un pasaje de vida, opinó el flaco. Tal cual, confirmó el oscuro escritor.

Lo que decía ese tipo, el gordito redondo y sin registros de haber concurrido a ningún gimnasio en su vida, era que odiaba un tipo de vino, porque la película era una especie deroad movie celebradora de los vinos californianos, porque era fácil de obtener. En cambio, decía el gordito según contaba el escritor mientras todos continuaban esperando, que había otra clase, otra cosa, pero que para lograrla tenía que darse la batalla. El flaco recordó, como si sacara la espada, la frase terrible de Buñuel: “Si yo contara toda la verdad, comenzaría de inmediato la batalla”.

La batalla, murmuró el escritor oscuro, y de dos tragos vació su vaso de whisky. Cuando el flaco terminó de pronunciar la frase todos los otros lo miraron con hostilidad.

El flaco, como si hubiera tenido una revelación, se acordó: ¡Giaconetti! Se llama Giaconetti ese actor. ¿Cómo el escultor?, preguntó un tercero, el más bajo de los reunidos por el azar. No, dijo el hombre robusto y a medias encorvado, el escultor tenía otro apellido. Italiano. Parecido al de la actriz. Los nombres, esa noche, quedaban en la nebulosa. La reunión, la verdadera, por llamarla de algún modo, se desarrollaba en un salón grande pero de puertas cerradas. Algo de lo que estaban discutiendo allí quienes esperaban iban a tener que conocer. Algo o mucho, de los otros, de los reunidos en el salón grande y seguro que ya cargado de humo, tendrían que decir, que comunicar. A su tiempo recibirían las instrucciones.

Creo, dijo la mujer que hasta ese momento no había intervenido en la conversación, que vi la película. La pelea a la que aludía el gordito, agregó, era entre un tipo de vino y otro. No me parece que fuera algo importante, agregó.

El hombre, que permanecía en la oscuridad, la miró como si la descubriera por primera vez y murmuró unas palabras ininteligibles. Después, como ternero sediento, empinó el vaso de whisky como si buscara sacarle hasta la última gota. Luego miró otra vez por la ventana la lluvia. La indiferencia de la lluvia.

El hombre no quiso agregar más, no vale la pena, terminaba de murmurar. Miró el techo y vio telarañas, presuntas o ciertas, y objetos lánguidos que colgaban en ese hotel impersonal. No era lánguida Virginia Madsen, bien que lo sabía.

Recordaba la noche, la escena de la noche, el hombrecito que al parecer se llamaba Giaconetti sosteniendo que esa clase de vino era difícil de conseguir, que el viñatero tenía que buscarlo, seguirlo, mantenerlo vivo. Pero entonces, decía con entusiasmo el gordito ante los ojos grandes, abiertos, receptivos, de Virginia Madsen. Pero entonces.

Alguien llegó, el bajito al que todos le decían Lopecito, porque era genuflexo como el secretario de Perón, pero también terrible, capaz de mandarte los perros, cuando no la propia Gestapo. “Prepárense”, dijo, y no sonrió porque se trataba de una orden y no de un chiste. Sí, prepararse, lapiceras en ristre, nada de grabadores, nada de dejar huellas.

Salieron del salón, displicentes, seguros de sí, a veces sonrientes, a veces demasiado serios, ensimismados, conversando entre ellos en forma apagada, presuntamente con monosílabos, en todo caso más con gestos sobreentendidos que con palabras. Nadie los miró, mientras ellos debían continuar esperando un poco más, expectantes.

Uno, el que solía aparecer en las entrevistas, el que (se entendía) mejor salía en la televisión, se les acercó al fin. Parecía estar a punto de darles algo impreciso, un sándwich o una bendición. Les habló en voz baja con Lopecito a su lado, sirviéndole más que apuntador de intérprete.

Ellos escribían, cada uno a su modo, rápidos, precisos. Debían traducir, olvidarse de sí mismos, cuando el hombre insultaba, o decía palabras agresivas u obscenas, o descalificaba, ellos, en el papel, traducían, volvían blanco el negro, comprensible lo indescifrable, ponían en palabras y en cifras como si tendieran la mesa un mantel en el que cualquiera pudiera apoyar sus brazos, colocar el plato, comer sin complicaciones.

Eso daban: comida. Se comunicarían con el del espacio televisivo, con los muchachos de la radio, pasarían el parte a los de los diarios, pondrían en circulación la maquinaria. Ellos, que conocían el oficio también sabían de artificio. Globos de colores, fuegos vacuos del anochecer. La ninguna sustancia de las cosas.

Ellos, los que habían estado esperando, escribían. Colgaban poemas, cuentos imprecisos, diatribas contra el estado de cosas. Todo eso se esfumaba otra vez, como ya había ocurrido, como volvería a pasar. Ellos escribían, el gordo del whisky también. Escribía a máxima velocidad lo que el hombre tanto o más gordo que él mismo, pero infinitamente mejor vestido, seguro, aplomado, dueño y señor, dictaba, lo que Lopecito también dictaba. Éstas, se decía, no son mis palabras mientras escribía las palabras ajenas. Pensó en una isla, en una cara, en una situación extraña y entreverada, en los vestigios yermos de su novela. Ésa es mi palabra, pensó.

Ninguno de ellos, los que estuvieron en la reunión informal, peleaba. Ya no. Él, en todo caso, no lo hacía.

Trataría de apurarse para entregar el parte.

La película se había disgregado, igual a quien lava un sitio demasiado pisado, abrumador.

La lluvia continuaba, mansa pero excesiva, como si buscara tapar sus verdaderas intenciones.

Entonces, decía el hombrecito a Virginia Madsen en la película, cuando después de tanto sacrificio y lucha se obtiene el Pinot y se lo saborea se pueden percibir los sabores más antiguos del planeta.



La película es “Sideways” (“Entre copas”), de Alexander Payne y el actor es Paul Giamatti. El personaje defendía el Pinot en detrimento del Cabernet. El escultor es Alberto Giacometti y la actriz es María Falconetti.

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Carlos Roberto Morán nació en Santa Fe, ciudad en la que reside.
Es escritor  y periodista.
Ha publicado los libros Territorio posible (Editorial Amate, México, 1980), Noticias desde el sur  (Universidad Veracruzana, México, 1986),  Noticias de Sergio Oberti  (Puntosur,  Argentina, 1990) y Ella cuenta sobre el mar (Ediciones Al Margen, Argentina, 2006).
Sus relatos han aparecido en diversas antologías y publicaciones, tanto en Argentina como en México, España, Bulgaria y Polonia, entre ellas,  Antología del nuevo cuento argentino, La otra realidad, Cuento argentino contemporáneo, Padre Río, Narradores argentinos, Octopus, Hazañas bélicas, Molto vivace, y Octopus II.
Ha escrito numerosos trabajos sobre cuestiones culturales y también sobre escritores argentinos, latinoamericanos y europeos en medios de Argentina, Venezuela y México.
Trabajos suyos aparecen en varios sitios de Internet, entre ellos el portal mexicano Ficticia y su blog Noticias desde el Sur   http://lacomunidad.elpais.com/cmoran24/posts.
Ha recibido distintos premios y distinciones, tanto en nuestro país como en el extranjero.


En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Olga Zamboni

Rio mio

El domingo de tarde habían paseado en canoa, toda una aventura cuando se trataba de ir a contracorriente de ese Alto Paraná, crecido y sucio de erosionadas costas que desteñían su tradicional bermejo en un color indefinido. Como el de su sombrero de paja, el viejo sombrero de su madre: Lleválo, Estela, cuidado con el sol...
Fabulosos  carnavales les aguardaban, dentro de poco, baile en el Tenis, el primero de la serie prolongada hasta el “entierro del carnaval”, ya en la Semana Santa, a despecho de las admoniciones de las monjas en el colegio.
No había lugar a dudas. Eloy, el que remaba mejor que nadie, cada vez que se dirigía a ella tenía una inflexión especial. Era cosa del primer baile, declaración segura, eso le había dicho Mely, con menos años pero adelantada en cuestiones de amor y de hombres. Sí, m’ijita, ese está loquito por vos.
Habían remado hasta la isla. Sentados en un tronco tomaron mate mirando el río transparente, casi incoloro. La buena de Lulú había traído escones. Riquísimos. Comieron. Se rieron con los chistes de Lalo,  tan ocurrente.
                -Mirá Lalo, podemos venir esta noche hasta esas piedras para pescar…
Era Eloy, su voz bien timbrada, y al segundo su cuerpo atlético dando viracambotas en el aire antes de hundirse y emerger risueño  ¡matador! de ese Paraná decolorado que temblaba a pura correntada. Salió con el cuerpo chorreante.
         -Vamos, métanse, manga de miedosos…
Ella lo miraba y mientras daba mil vueltas a su sombrero en la mano pensaba. Es mi primer amor. Estoy segura de que me quiere.
         -Te voy a enseñar a nadar, nena. Dejalo por mi cuenta. Te aseguro que en una o dos veces aprendés y listo. Hasta te voy a enseñar a tirarte de cabeza.
Eran jóvenes. Tenían por delante las vacaciones. Lástima que ella debía ir a la Capital a arreglarse los dientes. En el pueblo no había dentista. ¡Qué rabia! Justo ahora que Eloy se le acercaba, como en ese momento en que le decía:
-¿Y te vas mañana nomás, Telita?
A ella le gustaba que la llamara así y no Estela a secas, no le gustaba su nombre, y el diminutivo sonaba tan cariñoso! Aunque, pensándolo bien, Eloy y Estela, Estela y Eloy, los dos con E… El le apretó el brazo y como en secreto:
                -Espero que vuelvas pronto.
           Ella no sabía cuánto podría tardar el arreglo de sus dientes. Qué fastidio.
-Cuidado con las “gavilanes” que andan por Posadas… Me voy a poner celoso.
Ella sentía la presión en su brazo al tiempo que palidecía y un fluido dulce le recorría las venas. No era buena con las palabras. Lo miró profundamente a los ojos, se adentró en ellos, tan sonrientes y claros, de un castaño diluido. Ella también sonrió.
                 -Cuando vuelva, quiero que me enseñes a nadar…
 A la madrugada, su padre la despertó. Les tocaba salir temprano, aprovechar el fresco y llegar a tiempo para hacer las gestiones que siempre debía hacer en Posadas.
                  -Vamos, Estela, que todavía tenemos que pasar a buscarlo a tu tío Renzo, se pone nervioso si tardamos.
             Cosa rara en esa época del año, una especie de niebla envolvía el camino.
   El tío Renzo ya los esperaba en la puerta de su casa. Subió al camión y lo primero que dijo a modo de saludo, apenas se acomodó:
   -Dicen que anoche se ahogó el Eloy Fretes. Fue a pescar al Paraná con un amigo y no saben qué le pasó. Era tan buen nadador. Lo están buscando, pobre muchacho…
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Olga-Zamboni


Olga Zamboni nació en Santa Ana y actualmente reside en Posadas, provincia de Misiones, Argentina.
Docente por vocación en todos los niveles, desde una escuela rural a la Universidad, donde tuvo a su cargo cátedras de Lenguas y Literaturas Clásicas. En 2003 fue designada miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras.
Ha publicado, entre otras, las siguientes obras: Veinte cuentos en busca de un paraguas (1997), Poesía: Latitudes (1980), Poemas de las Islas y de Tierrafirme (1986, Premio Cultura de la Nación a la producción literaria 1982-86), El Eterno masculino (1993), Veinte cuentos en busca de un paraguas (1997), Mitominas (2003, Premio Arandú 2004), Relatos sencillos (2005), Memorias Santaneras y otros viajes y encuentros (2009).
Participó en antologías de Argentina y Uruguay.
Premio Arandú consagración en letras en 1997. Libro de Oro de la SADE, Puerto Iguazú, 1996. Premio Cien Mujeres, Alicia Moreau de Justo.