lunes, 18 de julio de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.
  
Guillermo Herzel

                                                       Militante


                                                                       “... Quien lleva la muerte adentro
                                                                    tiene una fuerza vital.
                                                                            Si el hombre busca lo inmenso,
                                                                          la muerte es inmensidad...”
                                                                                   Atahualpa Yupanqui


Beatriz buscaba, esa tarde, una explicación, y para eso, bajaba a la profundidad de aquellos ojos negros.
Veía en ellos -como si fuese una luz radiante- la certeza de los días por venir.
Frente a ella, Carlitos hablaba de un tiempo diferente.
Daba gusto escucharlo.
Sus palabras despertaban un deseo inmenso de hacer algo para que todo sucediera de inmediato, cuanto antes.
Beatriz había centrado su atención en los labios y en los ojos del pequeño hombre.
Al almacén, en tanto, entraba gente. La gente compraba y se iba, y ellos seguían con los pormenores de la historia que comenzaba a echar sus cimientos sobre la década del 70. Construían, palabra sobre palabra, el mundo que soñaban. La luz se hacía más y más nítida a medida que ganaban futuro.
Pero Beatriz quería una explicación a la conducta de aquella mañana, cuando se cruzaron en el centro de la ciudad. ¿Había sido otra persona o el mismo que ahora volvía a cautivarla, ajeno a la actividad del mercado?
En una de las esquinas de la plaza, la había ignorado, simulando no ver su mano agitada en festejado saludo.
La situación produjo en Beatriz una tristeza que no olvidó durante muchísimo tiempo.
Recién cuando la traición hizo evidente su sed de sangre inocente, cuando la feroz intolerancia no tuvo otro modo que la muerte para acallar los sueños que Carlos Davit compartía con muchos argentinos, recién entonces, Beatriz descubrió que lo de aquella mañana, en la plaza, había sido un modo tan infalible como doloroso de protegerla.  
                                        
                                     
El expediente


La conocía por su condición de autorizada representante de las letras de La Pampa.
Con el tiempo y por el hecho de asistir a lugares comunes, pudimos  relacionarnos, hasta que, sin darnos cuenta, comenzó a crecer entre nosotros una amistad con fundamento.
Teresa Pérez prologó mi primer libro y, junto a un nutrido contingente de escritores, viajó a Guatraché, para su presentación, en el Museo Histórico.
Vino con ella Guillermo Mareque, ese inolvidable músico y compositor, guitarra esencial de nuestra tierra.
Estaban perdidamente enamorados. Uno y otro. Después de la presentación pudimos regocijarnos con todo el arte que nacía de ese amor que se ofrendaban. Ella fue bello poema. Él honda milonga.
La delegación partió pero ellos se quedaron.
Pasaron, en Guatraché, el fin de semana.
Para nosotros quedó el recuerdo de una noche de duendes que, con el tiempo, se volvió palabras, texto: “Una guitarra, majestad de La Pampa”.
De aquello transcurrieron doce años. Guillermo, hace tiempo, anda dibujando en su guitarra los mejores rasgos que, desde otra mirada, descubre en su amada llanura. Podríamos decir que después de una década, murió en los brazos de Teresa.
Ella fue mujer y musa, compañera, autora preferida del compositor y mucho más. Por eso reclama para sí la jubilación de Guillermo, que le corresponde. Nadie duda.
Y en ese reclamo, junto a otros compañeros, fuimos testigos.
En esa condición llegué para dar mi testimonio y, de pronto, estuve frente a quien tomaba mi declaración y a un voluminoso expediente que elevaba quince centímetros de hojas sobre la mesa. Entre esas hojas ya amarillentas, aparecieron, como por arte de magia, aquellas palabras: “Una guitarra, majestad de La Pampa”
Quien preguntaba, me mostró el texto y consultó mi autoría.
Antes del primer renglón, podía leerse:
“Para T. P. y G. M.”
¿Cuál es el significado de estas letras?  me interrogaron.
Respondí .que ese texto estaba dedicado a Teresa Pérez y a Guillermo Mareque.
“¡Qué conste en la declaración!”, ordenó el abogado.

“Melodías que le llegaron en las alas de una paloma”
¿Qué es lo que usted quiere decir con esto?
Claro, que Guillermo pasaba por un momento de gran creatividad. Tenía necesidad de ponerle música a cada texto de Teresa. La poesía y su autora lo movilizaban como no le había sucedido nunca. Estaba terriblemente enamorado de ambas...
            El abogado dio, entonces, la segunda orden: “¡Qué conste en la declaración!”
           
           “Con la poesía le ha llegado un hada
            para que siga creciendo el amor
            sobre la carroza de su guitarra”
            Explíquenos este pasaje, me ordenaron.
Allí insisto con lo mismo: el hada, evidentemente, es Teresa. Es quien le provee la belleza de su poesía y de su amor, y esto lo traduce la guitarra, estimulada por un corazón enamorado.
            Es suficiente, dijeron mis interrogadores 
Salí de la oficina con una alegría indescriptible. Mi testimonio le había dado un mínimo empujoncito a la justicia y el eje había sido una poesía..., una poesía..., una poesía..., una poesía..., una poesía..., una poesía..., una poesía..., una poesía...

                                                                                                           
La hija del dictador


La hija del dictador vivía en una elegante casa, en los faldeos del cordón serrano.
Parecía ignorar lo peor de la historia de su padre.
En todo caso, se limitaba a gozar de la buena vida que éste dio a toda la familia, más allá de prolongadas ausencias, insoportable carácter y crisis de conducta en los últimos años.
Temas excluyentes, como desaparecidos, derechos humanos, terrorismo de estado, juicio y castigo..., no eran, en modo alguno, parte de su vida.
Vivía sin sobresaltos y sin más ambiciones que llevar y traer a sus niños de la escuela.
Nunca sospechó, siquiera, lo que sabían y pensaban de ella, muchos de los habitantes del pueblito cercano, al que todos los días viajaba dos veces, a la entrada y la salida de la escuela y, cada tanto, concurría por alguna compra o trámite.
Una mañana, algún desperfecto mecánico detuvo su automóvil.
El hombre, desde su jardín, la vio intentando hacerlo arrancar.
Volvieron, entonces, a pasar por su memoria herida, los recuerdos intactos del secuestro de su hermana a manos de un grupo de tareas.
La cara de la mujer que venía a su encuentro, tenía los rasgos de quien es causa y razón de una ausencia que continúa creciendo, de sus padres enfermos de tristeza y de su propia vida rota, empeñada en una búsqueda inútil.
Ni ella ni la familia que, con ella sigue disfrutando de la buena vida, supo jamás, por qué aquella tarde, ese hombre desconocido, se negó a ayudarla y la miró con tanto odio.
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Guillermo Herzel nació en 1943 en Guatraché, provincia de La Pampa. Docente de enseñanza media en su pueblo natal.  Miembro de la Asociación Pampeana de Escritores, de la fue presidente en los años 1993 y 1994.
Publicó, con el sello del Fondo Editorial Pampeano, su primer libro Nosotros y En el nombre de los padres, 1999.

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