jueves, 14 de julio de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.
  
Alejandra Arqués Arranz

Espejos

"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos".
 Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

Aquellas manos estaban ceñidas a la caña, sobre la superficie del río, bailoteaba un corcho. Eran las mismas manos que quebraron el espejo de agua, con la intención de liberar  demonios. Seres atrapados tras ese espejo ribereño.

Sobre la superficie del río se empezó a perfilar una figura, que por momentos tenía rasgos humanos. Pero la imagen era difusa y estaba invertida. El ondular del agua la distorsionaba.

Por alguna razón vino a mi mente el lado oscuro de la luna. Tal vez por lo siniestro de la imagen. Que se  corporizó y empezó a caminar patas para arriba debajo del agua. Tenía un aspecto viscoso  y  ojos de serpiente.

Era clara su lucha por escapar del espejo que lo mantenía encerrado.

Fue entonces cuando comprendí el por qué de mi aversión a los espejos, por qué en  casa no había ninguno.

Me preguntaba, por qué en ese día tan especial, en el que pensaba nadar más que nunca, debía encontrarme con este ser.  No me dejaría engatusar por esas pesadillas que más de una vez me sorprenden despierto, nada estropearía este día.

Me saqué la ropa, me zambullí y olvidé a la criatura. Mi cuerpo se sumergió hasta lo profundo, era demasiado tarde para echarme atrás.


Algo me retenía allí abajo, la superficie cada vez se veía más lejana.  Me encontraba en el centro de un aro luminoso, en el cielo marino y por alguna razón inexplicable no me ahogué.

No sé cuánto tiempo pasó. Esa energía especial era un imán, y parecía no tener fin. Esa luz enceguecedora me llenaba de  paz.

Me sentía atrapado entre dos dimensiones. Y una voz interior me advertía, que debía  hallar el modo de volver al punto de partida. 

Pero, ¿cómo?

Ni siquiera sabía dónde estaba. La fascinación era muy fuerte, pero el instinto me advertía peligro. Era imperioso huir, antes de que fuera demasiado tarde.

La luz se apagó, la energía que me tragaba desapareció, todo se volvió quietud y negrura. Era como si el alma se me hubiera volado.

Confusión y letargo.

Desperté temblando, estaba empapado, no lograba recordar cómo llegué a la orilla.
Sólo deseaba regresar a casa.
Flashes de la experiencia vivida, me resultan inquietantes e inexplicables.

Nunca imaginé que me tranquilizaría el asfalto, la gente, el bullicio de la ciudad. Tanto que logré sonreír, sintiéndome a salvo. Pensé que había sido victima de una jugarreta de mi mente.

Me encandilaban las luces de los autos, las vidrieras con sus marquesinas.

Era raro, nadie parecía notar mi presencia…

Me detuve en un negocio para ver mi aspecto y entonces descubrí que algo andaba muy mal. Los carteles comerciales, las ofertas, las numeraciones y hasta las placas de identificación de los vendedores estaban invertidos,  como si las viera en un espejo.

La cabeza me da vueltas, me apoyo en la vidriera para no caer. No puedo evitar el grito, al ver  mi mano y mi imagen, reflejadas al revés. 

Estoy atrapado en el espejo, tras esa puerta transparente, sin picaportes, pasadores, bisagras o cerraduras.

Debo  tranquilizarme. Miro hacia arriba, veo aquellas manos ceñidas a la caña, sobre la superficie del río, bailotea un corcho.

Y comprendo todo, sólo él tiene las llaves  del espejo.
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Mi foto

Alejandra Arqués Arranz  reside en Buenos Aires.
Profesional independiente en el sector Marketing y publicidad
Ha publicado en 2008 el libro Retazos del alma,  cuentos y poesías, con el sello de la  Editorial Dunken.  





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