domingo, 9 de septiembre de 2012


En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Jorge Alberto Garrappa

A HIERRO MATAS…


I
Subió, hasta sus hombros, los tiradores que colgaban de su cintura. Pasó, verticalmente, sus pulgares por las cintas elásticas hasta que quedaron a su gusto. Simétricas.
Abrochó prolijamente los gemelos en los puños de su camisa blanca y ajustó el “papillón” debajo del cuello.
Descolgó la chaqueta de la silla de la habitación y se la calzó frente a uno de los espejos del guardarropa.
Sus manos recorrieron suavemente la solapa, de arriba a abajo, asegurándose que ningún pliegue hubiese quedado por ninguna parte. Ese traje oscuro le quedaba como anillo al dedo.
Dio una última ojeada a su figura, acariciando sus poblados bigotes. Le agradó la imagen que le devolvió el espejo.
Victorio abandonó su habitación.

II
La fiesta había comenzado hacía rato. Observó todo con atención y curiosidad. Un arquitecto, como él, podía ver lo que los demás sólo se conformaban con mirar.
Sus ojos recorrieron, con la avidez del especialista, los detalles de pisos, muros y cielorrasos de ese salón. Le agradaban los espacios clásicos. 
Delante de los grandes ventanales, la mesa del bufet con bebidas que se repartían en finas “poncheras” de cristal de las que asomaban sendos cucharones de plata.
Apetecibles bocadillos, combinaban sabores y colores con la ornamentación de las fuentes azuladas de porcelana de Bohemia.
Se sirvió una copa. Saboreó su contenido y, con delicadeza, dejó que suavemente el líquido se deslizase por su garganta.
Su cerebro le confirmó que esa mezcla equilibrada de vino blanco, brandy, zumo de limón, una pizca de “basilico” y pequeñas rodajas de cítricos con hielo, era el mejor ponche que había bebido en el último tiempo.
Desde las ventanas podía observar quienes llegaban a la villa y, como telón de fondo, la imponente silueta de la “Mole” se levantaba sobre el horizonte azulino.

III
Ella entró del brazo de su marido. Lucía un vestido dorado largo, drapeado, con un gran escote y parte de la espalda descubierta.
Sus cabellos recogidos resaltaban aún más su belleza singular. Sus ojos claros parecían encenderse con cada sonrisa que regalaba al saludar.
Dos grandes pendientes acompañaban el recorrido de su cuello hasta los hombros. Por el movimiento pudo adivinar que, debajo de ese vestido, llevaba poca lencería.
Victorio se encontró frente a aquella Diosa que parecía haber dejado el Olimpo para mezclarse con los humildes mortales. La bella joven, con su mano, levantaba delicadamente el vestido para desplazarse mejor.
Victorio apenas conocía al joven esposo y, por lo que se decía, formaba parte de un grupo de gente de avería.
Algunas veces hacia de cafetero, otras de zapatero remendón o de actor ocasional de reparto. En suma, no hacía juego para nada con su bella dama.
Sin embargo, Félix los presento: “Luisa, el arquitecto Victorio Miani… Victorio, ella es mi esposa, Luisa…” 
El novel profesional se inclinó suavemente tomando la mano de la joven.
Su perfume lo hizo respirar hondo. Percibió al instante un leve temblor en esa piel suave y tibia.
“Encantado de conocerla…”, dijo a media voz.
Ella sonrió con picardía bajando los ojos. La pareja se dirigió a la sala contigua de la vieja casona.
Victorio quedó inmóvil. Como encantado ante tanta belleza. Su corazón había dado un vuelco en su pecho y palpitaba enloquecido.
Se había enamorado de esa mujer casada.
Sabía bien que, de ser correspondido, sería un amor pecaminoso. Prohibido. Duramente condenado por esa sociedad tradicional.
La música inundaba el espacio interior y fluía hacia los jardines. Victorio se acercó y, sin ningún pudor, solicitó permiso al marido para bailar con su esposa.
Félix miró a su mujer con gesto adusto. En ese bello rostro no vio ninguna señal de desagrado. Se mordió el labio inferior y asintió con la cabeza.

IV
Era un día soleado en las montañas del norte. La silueta del Monviso se distinguía con total nitidez.
Victorio tomó el rollo de planos y salió del estudio de su hermano César. Estaba irascible esa mañana.
La ciudad de la Monarquía sabauda le estaba cortando las alas. Sentía que no dejaba crecer a los profesionales jóvenes y talentosos como él.
Atravesó la plaza Carlo Felice hacia la gran estación ferroviaria “Porta Nuova”, en construcción. El ingeniero Sandro Mazzucchetti, amigo de su hermano, estaba a cargo de las obras. A él entregó los planos, que había dibujado con gran precisión y paciencia. Se despidió con amabilidad.
Cruzó la calle con las manos en los bolsillos y caminó bajo los pórticos continuos. Al llegar a la esquina giró a la izquierda y, en la próxima encrucijada, se detuvo. Apoyó su espalda a la pared y esperó.

V
Luisa cerró la pesada puerta tras de sí. Abrió la sombrilla colorida y comenzó a caminar bajo el sol cálido de la mañana.
Él la siguió hasta que dobló hacia el naciente. A grandes zancadas la alcanzó. La tomó de los hombros. La miró fijamente.
“Luisa, nunca serás feliz con ese hombre. Podríamos iniciar una nueva vida juntos. Lejos de aquí. No me respondas ahora. Mañana nos vemos. Mañana a la misma hora.”
El destino ponía, en bandeja de plata, la solución al drama de la bella dama. Tenía la oportunidad de abandonar a su detestado primo, con quien se había casado por voluntad de su propio padre. Jamás lo había amado, más aún, lo odiaba con todas sus fuerzas.

VI
El arquitecto Francisco Tomaselli pasó su mano por la frente. Era un hombre de aire jovial y bigotes con forma de “manubrio” de bicicleta. Parecía siempre dispuesto a sonreír. La gran obra del edificio gubernamental, que había diseñado con tanto esmero, se hacía realidad día a día. Pero le llevaba mucho tiempo y, otras propuestas esperaban su participación.
Estaba agotado y, para colmo, su salud no lo estaba ayudando últimamente. Se fatigaba más de lo normal y las presiones y compromisos con el poder político lo agobiaban.
Ya su médico le había aconsejado reposo y toma de distancia de las preocupaciones cotidianas. Pero, cómo hacer en esa telaraña inconmensurable del poder político. Estaba preso.
“¡Ese maravilloso teatro me elevará hasta los pináculos de la gloria!”, se dijo con inmensa satisfacción. Después se alejó de esa ventana desde donde observaba, durante horas,  gran parte de Buenos Aires y todo el estuario del magnífico río color león.
Se sentó frente al escritorio de roble americano. Encendió el velador de bronce y extrajo un papel del cajón central. Destapó el tintero con cuidado, tomó la pluma y, con perfecta caligrafía inglesa, escribió una sola carilla. Firmó la nota, la colocó dentro del sobre y lo cerró con su propia saliva.

VII
De la bolsa de cuero, cruzada en bandolera, el cartero extrajo el sobre. Lo puso en manos de Victorio. Lo abrió mientras descendía la escalera que llevaba al estudio de su hermano César.
No lo podía creer. Aquel arquitecto marchigiano, que había conocido cuando visitó a su hermano, lo quería en Buenos Aires.
La fortuna sonreía una vez más. Volvió sobre sus pasos a la calle. Corrió y saltó. Cruzó la Plaza. Pasó frente a la estación en construcción, atravesó los pórticos y se detuvo en la esquina ya habitual. A esperar.
Había recuperado el aliento a las siete en punto. Luisa salió para dirigirse al conservatorio de piano.
Sin más, la alcanzó. Tenía para darle lo que creía sería la mejor noticia para ella. Trabajo asegurado y buena paga, bien lejos de allí. En Argentina.
Ella lo miró, incrédula. No dudó, pero debía hacerse en el más estricto secreto. Los celos de Félix terminarían con ambos.  

VIII
Victorio y Luisa comenzaron a planificar cuidadosamente su “exilio" en Argentina. Una idea vino a la mente de Victorio: cambiar  sus identidades y abordar un vapor para Sudamérica.
Pero ¿cómo hacer esto? Sobornando a algún funcionario de emigración. ¿Sería posible? Sino, ¿de qué otra manera?
En el Friuli esos funcionarios  “son más permeables”, decían.  Al fin y al cabo, el pasaporte no lleva foto y, con alguna mancha por aquí y otra por allá, se podrían simplificar mucho las cosas.
Recabó datos sobre la “agencia” clandestina de pasaportes y, con ellos, marchó hacia la ciudad de Udine.
Descendió del tren en la Estación Central. Cruzó la avenida y entró en un café. Frente a la taza humeante releyó la dirección escrita en aquel papel rayado: “Vía Cicconi 23”.
Por la Vía Roma, llegó a la Plaza de la República. Levantó la vista y vio el letrero. Recorrió la calle hasta el número indicado. Era la casa de la esquina. Frente al edificio de la Comuna.
“Aquí es”.
Sonó la campanilla tres veces, como le habían recomendado hacer. Después de algunos segundos, un hombre de unos 45 años atravesó el jardín y se dirigió a la reja del perímetro. A su encuentro.


IX
Con su flamante pasaporte, “Víctor Mehan”, abordó el tren de las cinco, en el andén “C” de la Estación Central de Udine.
Ambos pasaportes le habían costado poco más de 300 liras. Una verdadera fortuna. Confiaba recuperarlos con creces en América.

X
César acompañó a su hermano a tomar el tren para Génova. Desde allí partiría para la Republica Argentina.
Luisa visitaría a su madre, en Savona. Luego, su marido iría a su encuentro para disfrutar, juntos, de algunos días en las playas cercanas.
La joven salió de la casa y abordó el tren para Savona. Félix la acompañó. La besó en el andén y esperó que el tren partiese. Después fue directamente al bar, donde lo esperaba la “barra” de amigos.
Al llegar a Savona, Luisa no salió de la Estación. Fue directamente a comprar un billete para Génova en el próximo tren. Era el plan. El único plan. Si algo salía mal, ambos lo pagarían muy caro.

XI
Entre la muchedumbre Luisa, temerosa, con el poco equipaje que llevaba, fue directamente a la sala de espera. Estaba vacía.
Volvió su alma al cuerpo cuando dos brazos fuertes la tomaron de la cintura. Victorio la besó apasionadamente. Se sentaron en un banco de madera. Estaban solos.
“Luisa, escúchame. Tomaremos el próximo tren a Milán. Desde allí a Venecia y después a Trieste. Desde allí partiremos. Esto nos dará algún tiempo. Aquí están los pasaportes y los billetes de embarque. Ahora eres Lucia de Mehan.”

XII
El tren bordeaba la costa del Alto Adriático. El silbato los despertó violentamente. El convoy estaba entrando a Trieste.
La policía ferroviaria austriaca no había detectado nada extraño en la documentación de los pasajeros italianos.
En los muelles del gran puerto, varios barcos estaban fondeados. Una multitud impresionante se amontonaba delante de ellos.
Extrajo los billetes de su bolsillo. “Aquel debe ser.”
Se encolumnaron en la larga cola. Esa masa de emigrantes, sucios y hediondos, les produjo nauseas.
Para colmo, la tercera clase estaba en el fondo del barco. Nada recomendable por cierto, pero allí pasarían seguramente desapercibidos.

XIII
“Vine a pasar unos días, como quedamos con Luisa”, dijo el joven a su suegra.
Sorprendida y atemorizada, la mujer hizo pasar a su sobrino-yerno al interior de la casa.
“¿Es que ella no está aquí?”, inquirió nervioso el hombre.
“Aún no llegó. Espero que no le haya pasado nada malo”, balbuceó la madre de Luisa.
“Sé muy bien lo que pasó…esa puta hija suya huyó con ese arquitecto jactancioso que no paraba de cortejarla…pero no se la llevaran de arriba, ya verán…”
Con el rostro rojo de ira y la camisa manchada de sudor. Salió blasfemando dando un portazo fenomenal.
La mujer, estupefacta y temblorosa, soltó el llanto. Juntó sus manos para rezar en voz baja. 
Frente a la ventanilla, Félix bramó: “¡Un billete para Génova en el próximo tren!”

XIV
Al atravesar la Línea del Ecuador, se desató la tradicional fiesta sobre el barco. Quienes, por vez primera, cruzaban ese umbral de entrada al hemisferio sur, eran “bautizados” alegremente.
Quince días atrás habían abandonado Italia y ya ponían seis mil kilómetros entre ellos y el marido engañado. Era para festejar.
El clima, en el interior del barco, empeoraba hora a hora. Vómitos, diarreas y enfermedades hacían estragos entre el pasaje. La enfermería trabajaba a destajo y cada tanto arrojaba algún cadáver al mar. Victorio y Luisa temían por sus vidas. Casi todo el tiempo lo pasaban en cubierta.

XV
Por fin, sobre el horizonte, la gran capital del Plata: Buenos Aires.
Sólo debían pasar el control médico sanitario argentino. Caso contrario terminarían internados en la isla Martín García hasta su recuperación o su muerte.
Cruzaron los dedos.
Otra vez la fortuna sonreía a Victorio y a su dama robada. Finalmente pusieron sus pies en tierra firme.
Algunos se apuraban a conseguir lugar en el Hotel de Inmigrantes. Victorio debía esperar a su nuevo socio y colega, Francisco Tomaselli. El los vendría a buscar. Así lo decía en su escueta carta.
De levita, bastón y “Borsalino” de fieltro gris, el hombre se les acercó. “Arquitecto Miani, soy Tomaselli… Francisco Tomaselli, lo estaba esperando. Es un gran placer conocerla, señora.”
“Pienso quedarme en este país por largo tiempo, si todo marcha como espero.” Se justificó Victorio.

XVI
Agitado, llegó al puerto genovés. El cartel le informó donde dirigirse: la “Biglietteria”. Hacia allí fue.
El dependiente lo miró con cara de aburrido. “¿Desea?”  -balbuceó sin quitarse el cigarrillo de la boca.
“El próximo barco para Sudamérica, ¿cuando parte?
“Pasado mañana… ¿algo más?… Que pase el próximo… buenos días…”
¿Qué hacer? Esperar... ¿se habrían fugado a otra parte?
Abatido y rabioso, sólo ansiaba ponerle las manos encima a esos dos para hacerles pagar caro tan horrible traición.

XVII
El apartamento, alquilado exclusivamente para ellos, era espacioso, bien iluminado y con balcones sobre la Avenida de Mayo.
Buenos Aires era una ciudad fantástica, mezcla compleja de francesa e italiana. Simplemente deliciosa a los ojos de los recién llegados.
Francisco los dejó solos. “Nos veremos luego, descansen. La diferencia horaria se hará notar.”
Cuando abrió la puerta del estudio, todos se volvieron hacia el.
“Buon giorno”, dijo el joven.
Todos lanzaron una sonora carcajada y, con fuerte acento italiano, respondieron casi al unísono: “Buonos días”.
El joven apuesto, que se acodaba al tablero de dibujo, fue el primero en presentarse: “Sono Giovanni Carlo Passero, pero aquí me llamo Carlos, tú debes ser Victorio, el nuevo arquitecto contratado por el “capo”
“Vittorio Miani, di Susa, appena arrivato. Me tendré que esmerar en aprender el español”, respondió sonriente.
“Cualquier cosa que necesites, podés contar conmigo”, dijo Juan volviendo al dibujo que esperaba en el tablero de cedro.
Se fue presentando al resto del staff. Eran unos quince los que trabajaban bajo la batuta del gran maestro Tomaselli.

XVIII
“Esta noche habrá una gran fiesta y acudirán arquitectos de todo Buenos Aires. Antonio, Carlo y también  Francisco estarán también allí, ¿por qué no vamos?”, preguntó Luisa.
“Lo sabes bien, querida mía, nuestro matrimonio no es legal y, esto, por aquí  no se ve bien. Muchos colegas se casaron con muchachas de la sociedad porteña. Nosotros no estamos casados y no podemos hacerlo, aún. Ten paciencia”, respondió, apesadumbrado, Victorio.
Esa lamentable situación lo marginaba de los círculos sociales y le traía gran malestar a su concubina.
Ella aspiraba a integrarse lo antes posible a los ambientes selectos de la Capital Federal. Dio media vuelta y, con un portazo, se encerró en su habitación. Victorio la oyó llorar.

XIX
Entró al estudio, como todos los días. Se dirigió al despacho de Francisco. Estaba claramente descompuesto. Su rostro estaba pálido y sus manos temblorosas. Sudaba perceptiblemente.
Supo, por él, que hacia algún tiempo que se sentía enfermo. Los médicos no sabían qué lo aquejaba y lo asignaban al agotamiento físico y mental.
Por eso lo había mandado llamar.  “Creo que pronto deberás hacerte cargo del estudio y de la mayor parte de las obras”  -anticipó-. Cuídate mucho de los poderosos. Ellos  nos dan trabajo y nos presionan. También  debes cuidarte de  quienes están cerca tuyo. Te envidian y envidian lo que tienes. Eso es muy malo. Algún día te pueden apuñalar por la espalda. Traicionarte”.
Victorio intuyó que se estaba refiriendo al personal de su estudio pero, ¿de quién podría tratarse? Todos parecían sinceros y afectuosos con él.

XX
El cartero llamó a la puerta. La madre de Luisa le recibió la  carta “raccomandata” que llegaba de la lejana e inimaginable América del Sur.
“Querida madre,
Sólo quiero decirte que te amo y que lamento no poder decir lo mismo de mi padre.
Como sabes, él me empujó a este calvario que sólo cesará cuando sepa que mi primo ha muerto.
Te ruego mantengas en secreto esta comunicación. Te quiere. Luisa.”

XXI
El cortejo, nutrido, doliente, llegó a la Recoleta con los restos del Francisco Tomaselli.
Victorio y Luisa marchaban junto a los familiares de Francisco. Llovía y parecía que nunca cesaría de caer esa lluvia pertinaz.
Altos funcionarios de la nación estaban presentes. Bajo sus paraguas, caras de circunstancia. Victorio comprendió la importancia de ese amigo que se había ido aquel día de otoño. Y él era el heredero natural del legado profesional de Francisco. Por nada del mundo debía traicionar la confianza en él depositada por el muerto.

XXII
Pasaron cuatro años. Victorio tocaba el cielo con sus manos. El gran Teatro Nacional, que había soñado Francisco, lo estaba realizando él.
La estructura se levantaba imponente sobre la Avenida 9 de Julio, ante la mirada maravillada de los transeúntes porteños.
“Sin tener aspecto de masas colosales, demasiado severas, que solamente convienen a edificios destinados al culto político religioso, él se presentará con aspecto simple y variado, alegre y majestuoso a la vez. Nuestro edificio tendrá el privilegio de indicar a primera vista su propio destino.”, decía con orgullo.
Había resultado vencedor de otros concursos soñados por cualquier arquitecto del mundo. Tal vez con la “ayuda” de algunos poderosos. De todos modos, en sus manos estaba la construcción de los Palacios parlamentarios de ambas orillas del Plata.
La mejor noticia llegaba de la madre de Luisa.
“Cara figlia mia,
oggi è mancato tuo marito. Si è preso la polmonite, che in un mese se l’è portato via.
Sei libera. L’atto di morte ti sarà rilasciato al più presto possibile.
 Un bacione. Tua mamma che ti vuole bene.”
Por fin se podrían casar y asistir a las fastuosas fiestas de la sociedad porteña que durante tantos años les habían estado vedadas.

XXIII
Victorio decidió alquilar un departamento para usarlo como base operativa para controlar el gran proyecto del Parlamento Argentino. Justo frente a la plaza de los dos Congresos.
A su nuevo bunker, Miani trasladó gran parte del personal del estudio central que había pertenecido a Francisco.
Un nuevo artista se había incorporado al grupo. Un pintor notable, arquitecto sin diploma y decorador de gran sensibilidad. Lo que se dice un todo-terreno, italiano como él. Augusto Bertolucci. Hicieron “buenas migas”.
A Passero, en cambio, lo había contratado como mayordomo suyo pero debió despedirlo de ambos trabajos. A todos dijo “por desconfianza e ineficiencia”. 
El hombre quedó masticando bronca. Tal vez, algún día, vengarse.

XXIV
“Victorio, esta noche estamos invitados a la fiesta en casa de los Anchorena, por favor no te demores, debemos prepararnos para asistir.”  Era Luisa al teléfono.
¿Cómo decirle que no podía dejar esos diseños que tenían que estar listos en la mañana, sin falta?
Cuando llegó a casa de madrugada, Luisa estaba despierta y aún vestida para otra ocasión malograda.
Los gritos y llantos se escucharon a varias cuadras de distancia. Había perdido totalmente la compostura.
Victorio presintió que se avecinaban tiempos difíciles para la pareja. Pero él siempre había tenido fortuna y  talento para manejar situaciones difíciles. Tal vez la conformase con algún viaje a Italia o Francia.

XXV
Dos golpes suaves y uno fuerte se escucharon en la puerta. Luisa acercó el oído a la tabla de madera maciza.
“¿Sos vos?”
“¿Quién otro, si no?”, fue la respuesta ronca del otro lado.
La mujer dejó pasar al joven.
“No tenemos por qué apurarnos, él  no llegará hasta bien tarde.”
Sirvió una copa de licor y se dirigió a la alcoba. Él también alzó una copa y la siguió.

XXVI
Escuchó pasos a sus espaldas y giró. Era la robusta figura de Augusto, de pie bajo el marco de la puerta.
“Pasa” -invitó Victorio.
El amigo se sentó frente a él. En silencio.
“¿Hay algo que deba saber, Augusto?”, le dijo mientras colocaba sus anteojos sobre la cabeza.
“Creo que sí,  pero no sé, en verdad, cómo decirlo, amigo mío.”
“Hombre, como nos hemos dicho siempre las cosas. Con claridad y como dicen acá: a “calzón quitado.”
“Se rumorea que tu esposa tal vez te engaña”, disparó Augusto y lanzó un suspiro de alivio.
El silencio invadió el espacio de la sala. Victorio lo miró a los ojos y no tuvo dudas. Su amigo no estaba bromeando. Por el contrario, estaba alertando sobre algo que él intuía pero no aceptaba. Había cambiado a Luisa por su trabajo.
Suspiró: “¿sabes quien es?”
“No, no lo sé… lo lamento”, fue la respuesta de Augusto, que se levantó y, mirándolo a los ojos, se retiró. Cerró la puerta tras él.

XXVII
Esa tarde, Victorio llamó a Luisa.
“Mi vida, ¡debo hacer el Palacio Legislativo de Montevideo!… Me lo acaban de informar. Podremos ir al Uruguay bastante seguido”. La excusa del exceso de trabajo debía funcionar, como siempre.
“Mi amor, no deberías trabajar tanto. Recuerda como terminó Tomaselli.” La respuesta de Luisa sonaba sincera.
Volvió momentáneamente a su mente la súbita y extraña muerte de Francisco. Nunca le había parecido del todo tan natural y, aquella espina de duda, había quedado clavada en su corazón.
No pudo hacer nada en toda la noche. Sólo pensaba y caminaba de un lado a otro. Así llegó la madrugada. Tomó su chaqueta y fue directamente al garaje del edificio. El sereno lo saludó con la cordialidad de siempre.

XXVIII
La ciudad estaba casi desierta y silenciosa cuando el auto cruzó la ciudad.
“Espero no sea verdad lo que se dice”, pensó.
Se detuvo a metros de su casa y descendió. Evitó golpear la puerta del auto. Caminó hasta el portón. Lo abrió con sigilo.
Sólo ladridos lejanos y un silbato del policía de ronda, rompían la serenidad del alba naciente. Subió las escaleras. 

XXIX
“Mi amor, es tarde, deberías irte. En una hora él entrará por esa puerta”, susurró Luisa al oído de su amante.
El la besó, dejó la cama cubriéndose el sexo con las manos. Se calzó la “robe de chambre” de Victorio y se dirigió al baño. Se escuchó que tiró la cadena y reapareció en la habitación. 
Estaba sentado en el borde del lecho cuando la puerta se abrió y se prendieron las luces. Victorio estaba allí y Passero con su “robe de chambre” de pie junto a la cama. Ella, bajo las sabanas, desnuda. Temblaba.
“Passero… me l’aveva detto Francesco… che un Giuda come te mi avrebbe tradito e accoltellato a sorpresa! Ma proprio non avevo pensato a te… maledetto figlio di puttana! E tu zoccola di merda… hai rovinato la mia vita… vi ucciderò con queste mani…”
Passero deslizó su mano dentro del bolsillo derecho y, cuando Victorio intentó abalanzarse sobre él, ya empuñaba la pistola.
Dos tiros rompieron la quietud de la noche. Tintinearon los casquillos de bronce al rebotar en el piso.
Victorio trastabilló con la camisa ensangrentada. Retrocedió pálido. A duras penas logró bajar las escaleras hasta el patio. El pasamano se fue tiñendo con una larga línea roja.
“¡Me han matado!”, exclamó y, balbuceando frases en italiano, cayó al piso con un sonido sordo.
A un ronquido gutural le siguió un profundo suspiro, y la vida abandonaba definitivamente el cuerpo del famoso arquitecto torinés. 
El hombre, aún con la “robe de chambre” del muerto, sostenía el arma humeante y observaba absorto.
La criada, Catalina, llegó a la carrera. Poco después, el policía de ronda recogía la  Smith & Wesson que yacía junto al cadáver de Victorio.
Carlos Passero había logrado escapar en medio de la confusión reinante. Luisa, ahogada en llanto, guardaba silencio cuando le preguntaron por el hombre prófugo. También Catalina negó saber nada.

XXX
“Víctor Miani (q.e.p.d.). Falleció el 1º de junio de 1904. Luisa Franchino de Miani, esposa, Carolina Benetti de Miani, madre (ausente), sus hermanos Comm. César Miani y Serafín Miani (ausente) y demás deudos, invitan a sus relaciones a acompañar los restos del extinto al Cementerio del Norte, hoy jueves 2 a las 3 p.m. Única invitación. Se despide por tarjeta. Casa mortuoria: Rodríguez Peña 30.”  El texto del escueto obituario del Diario El País del día 2 de junio de 1904.

XXXI
“¡Todos de pie!”, dijo el ujier ante la entrada del Juez.
Se sentó pesadamente, miró la sala detrás de sus anteojos y abrió la carpeta forrada en cuero. Después, el Juez leyó pausadamente el fallo condenatorio. Con vos neutra. Ante demasiados periodistas y muy poca gente.
 “De la investigación llevada a cabo han surgido pruebas concluyentes. Entre ellas, las cartas de la viuda a su amante, por lo que se encontró a Juan Carlos Passero culpable del delito de asesinato y se lo condena a 17 años de prisión a cumplir en el Penal de Ushuaia.
A la viuda de Victorio Miani, señora Luisa Franchino, cómplice de ocultamiento, se la conmina a abandonar la Republica Argentina y radicarse en Italia, su país de origen. Si así no lo hiciera le será aplicada la pena ordinaria establecida para estos casos.
Será justicia.”
Quien a hierro mata…a hierro muere, se oyó a alguien decir camino a la plaza del Palacio de Justicia de la Capital Federal.

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Arquitecto. Miembro de la Asociación Internacional Amigos de la Arquitectura Orgánica (ADAO) - Italia. Profesor. Universidad Católica de Santa Fe - Argentina. Escuela Técnica "Guillermo Lehmann" de Rafaela (S. Fe) - Argentina. Redactor. Portale Giornalístico "Lombardi nel mondo" - Italia. Escritor. Autor del texto "Diario de a bordo" (1ra. Mención en Mantova - Italia) - 2003. Autor del texto "Iglesias de Rafaela" - 2007. Autor del texto "Los secretos de la Catedral" - 2009. Autor de la Ponencia "Argentina siglo XXI: repoblamos el campo" (presentada en Erba (Como) - Italia) – 2009.

martes, 24 de enero de 2012

El ordenanza

Cuidadosamente abrió el pequeño paquete y dejó caer el polvo blanco dentro de la cafetera.  Luego revolvió con una cuchara el café hasta que desaparecieron los puntos blancos y el líquido quedó otra vez de un color oscuro, definido e intenso.  Como el de todos los días.  No se darán cuenta hasta que sea demasiado tarde. Después, con una rapidez que relegaba el habitual desgano con que realizaba ese trabajo diariamente, desde hacía casi un año, sacó del armario seis tazas y seis platillos y los puso junto a la cafetera, en la bandeja.
          Ya está.  Todo listo. Creyó disfrutar ya el placer que le brindaría la concreción de su plan.  Aparentemente todo estaba como de costumbre, y, sin embargo, hoy su tarea culminaría de una forma muy distinta a la de tantos otros  días;   hoy,  por fin, poseía el modo -que consideraba poderoso e infalible- de destruir la exasperante rutina y, sobre todo, de vengarse de esas seis personas que en el curso de muchos meses habían estado hostigándole con sus bromas, sus órdenes imperiosas, sus risas descaradas.
          Pero ahora se liberaría definitivamente.  Hoy se rebelaría contra el pertinaz asedio de los demás -no sólo de esas seis personas junto a las que trabajaba, sino también de todas las que conoció desde su niñez- a causa del defecto físico provocado por una profunda herida en su pierna izquierda al caerse sobre una lata y que lo obligó a caminar siempre con una torpe y cómica oscilación.  Tenía cinco años cuando ocurrió eso y desde entonces su nombre verdadero fue reemplazado por el del Rengo, apodo que los demás usaron en un tono despectivo, acentuando más aún la certeza de su incapacidad.  Y no pudo evitar ser llamado así; primero fueron sus compañeros del colegio y luego los que tuvo en los diversos lugares donde trabajó. Los otros habían encontrado a través de su renguera un medio para bromear y entretenerse y ello resultaba fácil porque él, como un cobarde o un sonámbulo, siempre lo aceptó todo: la ofensa y el sarcasmo, la burla y el desprecio. Vivió mecánica e insensiblemente, sólo invadido por un odio cada vez más profundo y exacerbado hacia quienes lo rodeaban y que lo impulsó a esperar, con una conformidad inaudita, el momento de vengarse. Únicamente eso quiso: vengarse.  Y ese deseo lo obsesionó durante días, meses, años... Pero como el  tan anhelado instante siempre era postergado por su indecisión o temor o falta de oportunidad, comenzó a creer que eternamente sería un objeto frío e inanimado para satisfacer el capricho de todos.
       Ya desde que abandonó el colegio (a los nueve años, cuando murió su padre, y la precaria situación económica en que quedaron él y su madre, lo obligó a trabajar), pareció internarse en un laberinto sin salida. En el primer lugar donde trabajó se había repetido lo que sucedió en el colegio; su caminar dificultoso provocó burlas despiadadas y entonces, para liberarse, dejó esa ocupación y buscó otra; pero volvió a ocurrir lo mismo, y así, cambiando  incesantemente de trabajo -siendo cadete o repartidor de almacén o aprendiz de mecánico-  se fue hundiendo cada vez más en una existencia sórdida y miserable.
        Durante años vegetó sin alegría, ni sosiego, ni esperanza, realizando cualquier tarea, considerando a cualquier ser que se le acercaba corno un terrible y alevoso enemigo.  No me tratarán siempre como a un perro.  Haré algo para impedirlo. Pero el momento de plasmar su deseo parecía siempre inalcanzable.
        Hasta hoy, porque al fin tenía el valor y la ocasión de la revancha, que descargaría sobre seis personas,  brutalmente. Ya no volverán a burlarse de mí. Apartando los recuerdos que lo mantuvieron un rato absorto e inmóvil, observó  su reloj: ya hacía cinco minutos que debía haber servido el café.
          Lentamente levantó la bandeja.  Bueno, hoy será la última vez...  Inició la marcha con cierto embarazo.  El  peso de la bandeja lo obligaba a mantener un equilibrio que nunca tuvo; y esa mañana, más que otras, temió trastabillar -lo que era muy frecuente- y caerse, porque derramando el café quedaría frustrada, o postergada de nuevo, su venganza.  Debo tener mucho cuidado.  Aquí llevo una bomba.
        Mientras caminaba pensó que realmente ningún empleo le había resultado más penoso y desagradable que el de ordenanza en esa empresa; y, como en otras partes, sólo obedecía a la actitud de los demás.  Allí creyó enfrentarse a los seres más perversos que había conocido, los que hallaron en él -como el juguete nuevo en poder de un chico- la fuente que los proveía de una diversión incesante, y todos los días la conseguían de modo distinto:  tirando papeles en el piso que él acababa de limpiar, o haciéndole realizar inútiles diligencias sólo para reírse de sus pasos irregulares, o lo que era peor y él más temía, causando su caída con una zancadilla cuando llevaba la bandeja con la cafetera y las tazas.
       Quiso también abandonar ese trabajo, como había hecho con otros; pero se negó a continuar su fuga constante y disparatada.  Permaneció allí, dispuesto a concluir de una vez con la horrenda situación que sobrellevaba desde la niñez.
          E inesperadamente supo cómo obtenerlo.
         Fue el día anterior, cuando observó a su madre depositar veneno sobre las flores para resguardarlas de los insectos que había en el jardín.  Sí. Por fin sabrán todos de lo que soy capaz.  Por eso había sacado un poco del veneno que su madre guardaba en un aparador y esa mañana lo echó en el café.
Lentamente cruzó el corredor que desembocaba en una reducida sala, y allí se detuvo, frente a las tres puertas de las oficinas.  ¿Cuánto tardarán en morir?  Era la primera vez que se formulaba esa pregunta, y comprendió en seguida que no le interesaba el tiempo que tardaría en surtir efecto el veneno -minutos, horas o quizá días-, sino más bien que coronase totalmente su propósito.
      Por un momento no supo en cuál de las tres oficinas entrar primero; pero, como queriendo seguir la rutina ya establecida, se decidió por la del gerente.  Sostuvo la bandeja en una mano y con la otra dio dos golpes en la puerta; y oyendo una voz familiar, la abrió.
         Quedó algo desconcertado.  Allí  no estaba sólo el gerente, como todas las mañanas, cuando servía el café, sino también los empleados.  Todos: los seis.  Y apenas entró dejaron de hablar y clavaron los ojos en él, casi con una repentina curiosidad, igual que si lo vieran por primera vez; y esa fijeza inusitada hizo vacilar un poco la seguridad que tenía hasta entonces.
        No obstante, se esforzó por mantenerse sereno, y observando atentamente los seis rostros, casi se asombró de no descubrir en ellos ningún gesto que revelase la habitual mordacidad, pues aparecían serios, graves, como si ocurriera algo muy importante.  Pero, ¿qué pasa?  Casi presintió el fracaso de su plan, porque el hecho de estar todos allí, reunidos a esa hora, confería un carácter desusado a la monotonía de las otras mañanas.
         -Puede servir el café, Aurelio -le dijo el gerente, en un tono suave y amable que no era el de costumbre-.  Lo tomaremos aquí.
         La voz lo sorprendió.  Entonces trató de realizar naturalmente lo poco que faltaba para concluir su obra. Tal vez morirán los seis al mismo tiempo.  Depositó la bandeja sobre el escritorio y luego, con cierto aturdimiento provocado por  el  silencio  y las miradas de ellos -en ese momento atentas, fijas en él-, tomó la cafetera con mano temblorosa y sirvió el café.  No se darán cuenta. Casi rogó que fuese así, pues aún no se sentía absolutamente seguro y temió que algo -su nerviosidad, que sin duda era evidente, o el color del café, un poco más claro que otras veces-  develara lo que sucedía.
      Pero, en seguida, ellos tomaron las tazas y, a rápidos sorbos, bebieron el café.  Y mientras lo hacían, él deslizó la mirada por sus rostros, ya tranquilo, con un placer morboso y desconocido. Ya está.  Ahora dormirán para siempre.  Y tuvo el súbito impulso de gritarles su odio, de expresarles abiertamente que había conseguido aplacar un poco la carga de angustia y sufrimiento, porque ellos -sólo ellos seis de los tantos seres que desplegaron un tenaz asalto sobre él- acababan de convertirse en los destinatarios de la venganza que había estado gestando y esperando a lo largo de muchos años, y hacerles comprender, finalmente, que por primera vez era más fuerte y poderoso que todos.
       Pero no expresó de ninguna manera lo que experimentaba, Sólo le pareció que sus labios pretendían esbozar una sonrisa, instintivamente, al imaginar que esos semblantes, ahora serenos y despejados, muy pronto, a causa del veneno, se tornarían lívidos, congestionados, duros, fríos. Como las hormigas. Recordó las diminutas figuras negras e inertes que cubrían el jardín luego que su madre rociaba las plantas con veneno.  Aunque él no podría contemplar esas caras descompuestas por el dolor y la agonía.
         Despaciosamente se dio vuelta y caminó unos pasos, pero antes de llegar a la puerta, la voz del gerente lo detuvo:
         -No se vaya, Aurelio.
        Quedó paralizado, como si un golpe brutal aplastara su cuerpo. ¿Qué pasaba ahora? ¿Acaso había sido descubierto? Un sudor frío lo estremeció y sintió las piernas débiles.  Estoy perdido.  De pronto creyó que esas seis personas se convertirían en indignados acusadores.  Pero cuando su mirada aterrorizada abarcó sus rostros y los vio sonrientes, amistosos, cordiales, todo su miedo se transformó sólo en sorpresa, que se acentuó más aún al oír la voz del gerente diciéndole, como en un sueño absurdo e increíble:
      -Hoy hace un año que usted trabaja aquí.  Por eso, para premiar su eficacia y dedicación, todos nosotros queremos hacerle un obsequio -y tomando  un  pequeño paquete que había sobre el escritorio, se lo alcanzó-.  Sírvase.  Esperamos que sea de su agrado.

-Este cuento obtuvo el premio "Mateo Booz - 1968", otorgado por la Asociación Santafesina de Escritores.
-Integra los libros de cuentos El hombre que tenía miedo  (Rafaela, Ediciones E.R.A., 1974) y El hombre acechado (La Plata, Ediciones Al Margen, 2009).
-Fernando Sorrentino lo seleccionó para el libro 40 cuentos breves argentinos Siglo XX. Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1977. 




 Apenas  un  sueño


  
         Creyó que una aguja le perforaba los oídos al percibir el gemido. Repentino. Desvaneciendo la frágil quietud de la casa. Haciéndole tomar conciencia de que él aún estaba allí, petrificado en la cama que compartían desde hacía cuarenta y tres años, sólo capaz de efectuar  esos esporádicos  y lacerantes sonidos no sólo para exteriorizar el dolor y dar un fugaz signo de vida, sino también para recordarle, con el vigor de una feroz puñalada, que debía seguir cumpliendo la tarea de cuidarlo. Una obligación asumida por imperio del amor, de la feliz y armónica convivencia de tanto tiempo,  de la íntima necesidad de tenerlo cerca y negarse a la impiadosa y cruel decisión de confinarlo a la pieza de un hospital, a merced de manos extrañas y tal vez indiferentes. Desde hacía nueve meses. Cuando el diagnóstico  resultó incuestionable.
         No supo cuanto tiempo permaneció rígida, desprovista de voluntad o deseo para efectuar cualquier gesto, mientras dejaba que el chorro de agua tibia la cubriera como una gratificante caricia protectora, hasta aferrar una de las canillas y abrirla, ansiosa y con brusca violencia, esperando que la irrupción del agua cada vez más fría tuviera la virtud de despejarla. Cerró las canillas cuando ya no pudo  contener el temblor. Será muy rápido. No habrá de causarle más padecimiento del que está soportando ahora. Mientras se refregaba la toalla para devolverle el calor a su cuerpo, la acosaron una vez más  las palabras del doctor Panizza al entregarle el frasco minúsculo, que contenía un líquido levemente marrón,  poniendo de relieve una dosis de caridad y aun ternura debido a la imagen de completa derrota que reflejaban sus ojos desencajados, la creciente curva del cuerpo, la ropa arrugada y bastante sucia que parecía llevar por simple costumbre. No puede seguir así,  Aurora. Se lo digo como amigo, más que como médico. Si no quiere internarlo y dejar que otras personas se ocupen de él, tal vez ya es hora de buscar otra alternativa. Y antes de efectuar un gesto o pronunciar una palabra -había llegado a un punto en que parecía incapaz de cualquier reacción,  por obra del agotamiento o la desesperanza o una invencible apatía-, le colocó un frasco en una mano, la que por unos segundos, sin duda para evitar el rechazo, le hizo mantener fuertemente cerrada. Piénselo. Es una decisión que debe tomar usted.  Y desde entonces, obligada a enfrentar el dilema más intrincado, se debatió en completa orfandad entre el desconcierto, la duda y un ineludible acceso de culpa, sin un instante de tregua.
      Abandonó el baño sin vestirse, no por la premura impuesta por el desgarrante clamor, sino por el desdén sobre todo lo referido a su arreglo personal,  pues ya estaba libre de cualquier mirada indiscreta en el ámbito de la casa. Junto a la puerta del dormitorio se detuvo.  Necesitó apoyarse en  el marco, algo mareada y con las piernas incapaces de dar un paso más,  vulnerada por la habitual pero cada vez más intolerable visión ofrecida por él:  los brazos moviéndose en gestos distorsionados; la cabeza aplastada en la almohada; un hilo de saliva escurriéndose por la boca desdentada; el quejido monocorde quebrado, de tanto en tanto,  por  gritos agudos y lacerantes. Sí. Tal vez soy la única que puede acabar con esto. Aunque obsedida por la sugerencia del doctor Panizza,  no lograba desechar los escrúpulos que la maniataban,  sobre todo porque se había impuesto el propósito  de preservar  -sin el frenesí de la pasión y  tratando de eludir los estragos de la enfermedad-  a través de una caricia, algún beso fugaz o la mera compañía,  un hálito del amor que habían compartido durante cuarenta y tres años.
    Pero ya le resultaba difícil lograrlo. Minada por el cansancio. Invencible. Visceral. Quitándole el afán para seguir luchando o alentar un furtivo soplo de esperanza. Incapaz de superar el instintivo rechazo de acostarse con él,  pues la cama había dejado de ser el preciado territorio donde encontraron siempre el modo no sólo de obtener una necesaria tregua o reposo a la jornada diaria sino más bien para prodigarse las confidencias que alimentaban el clima de intimidad, urdir proyectos y sobre todo, cuando la ausencia de hijos hizo crecer el sentido del desamparo, relegar por algunos momentos, en la embriaguez del placer, el asedio de la temida soledad. Por eso, las últimas noches se limitó a permanecer recostada en un sofá, sin ánimo o energías para hacer otra cosa que observar, en una casi alucinada vigilia, al hombre que,  apresado por el dolor excluyente, ya no la reconocía ni podía responder a cualquiera de sus requerimientos.
       La única salida. Tal vez no tenga sentido desear o esperar otra cosa. De pronto creyó vislumbrar una luz esclarecedora.  Decidida, dio unos pasos hasta  la pequeña mesa atiborrada de cajas y frascos de remedios. A lo largo de los meses llegaron a resultarle tan familiares que sabía de memoria el grado de eficacia y el momento de utilizarlos. Sin vacilar  aferró uno: el último frasco que le había dado el doctor Panizza. Sí.  Apenas un sueño. Profundo.  Liberador. Desenroscó la tapa y vertió el líquido en un vaso. Después,  sosteniéndolo con las dos manos en un gesto de extremo cuidado,  temiendo que se le cayera, se dio vuelta y caminó hasta la cama. Por unos segundos observó el cuerpo. Tembloroso y  jadeante entre las cobijas desordenadas.
        Por fin, con súbita urgencia, llevó el vaso a los labios.  Y  bebió el líquido marrón. De un solo trago.