martes, 24 de enero de 2012

El ordenanza

Cuidadosamente abrió el pequeño paquete y dejó caer el polvo blanco dentro de la cafetera.  Luego revolvió con una cuchara el café hasta que desaparecieron los puntos blancos y el líquido quedó otra vez de un color oscuro, definido e intenso.  Como el de todos los días.  No se darán cuenta hasta que sea demasiado tarde. Después, con una rapidez que relegaba el habitual desgano con que realizaba ese trabajo diariamente, desde hacía casi un año, sacó del armario seis tazas y seis platillos y los puso junto a la cafetera, en la bandeja.
          Ya está.  Todo listo. Creyó disfrutar ya el placer que le brindaría la concreción de su plan.  Aparentemente todo estaba como de costumbre, y, sin embargo, hoy su tarea culminaría de una forma muy distinta a la de tantos otros  días;   hoy,  por fin, poseía el modo -que consideraba poderoso e infalible- de destruir la exasperante rutina y, sobre todo, de vengarse de esas seis personas que en el curso de muchos meses habían estado hostigándole con sus bromas, sus órdenes imperiosas, sus risas descaradas.
          Pero ahora se liberaría definitivamente.  Hoy se rebelaría contra el pertinaz asedio de los demás -no sólo de esas seis personas junto a las que trabajaba, sino también de todas las que conoció desde su niñez- a causa del defecto físico provocado por una profunda herida en su pierna izquierda al caerse sobre una lata y que lo obligó a caminar siempre con una torpe y cómica oscilación.  Tenía cinco años cuando ocurrió eso y desde entonces su nombre verdadero fue reemplazado por el del Rengo, apodo que los demás usaron en un tono despectivo, acentuando más aún la certeza de su incapacidad.  Y no pudo evitar ser llamado así; primero fueron sus compañeros del colegio y luego los que tuvo en los diversos lugares donde trabajó. Los otros habían encontrado a través de su renguera un medio para bromear y entretenerse y ello resultaba fácil porque él, como un cobarde o un sonámbulo, siempre lo aceptó todo: la ofensa y el sarcasmo, la burla y el desprecio. Vivió mecánica e insensiblemente, sólo invadido por un odio cada vez más profundo y exacerbado hacia quienes lo rodeaban y que lo impulsó a esperar, con una conformidad inaudita, el momento de vengarse. Únicamente eso quiso: vengarse.  Y ese deseo lo obsesionó durante días, meses, años... Pero como el  tan anhelado instante siempre era postergado por su indecisión o temor o falta de oportunidad, comenzó a creer que eternamente sería un objeto frío e inanimado para satisfacer el capricho de todos.
       Ya desde que abandonó el colegio (a los nueve años, cuando murió su padre, y la precaria situación económica en que quedaron él y su madre, lo obligó a trabajar), pareció internarse en un laberinto sin salida. En el primer lugar donde trabajó se había repetido lo que sucedió en el colegio; su caminar dificultoso provocó burlas despiadadas y entonces, para liberarse, dejó esa ocupación y buscó otra; pero volvió a ocurrir lo mismo, y así, cambiando  incesantemente de trabajo -siendo cadete o repartidor de almacén o aprendiz de mecánico-  se fue hundiendo cada vez más en una existencia sórdida y miserable.
        Durante años vegetó sin alegría, ni sosiego, ni esperanza, realizando cualquier tarea, considerando a cualquier ser que se le acercaba corno un terrible y alevoso enemigo.  No me tratarán siempre como a un perro.  Haré algo para impedirlo. Pero el momento de plasmar su deseo parecía siempre inalcanzable.
        Hasta hoy, porque al fin tenía el valor y la ocasión de la revancha, que descargaría sobre seis personas,  brutalmente. Ya no volverán a burlarse de mí. Apartando los recuerdos que lo mantuvieron un rato absorto e inmóvil, observó  su reloj: ya hacía cinco minutos que debía haber servido el café.
          Lentamente levantó la bandeja.  Bueno, hoy será la última vez...  Inició la marcha con cierto embarazo.  El  peso de la bandeja lo obligaba a mantener un equilibrio que nunca tuvo; y esa mañana, más que otras, temió trastabillar -lo que era muy frecuente- y caerse, porque derramando el café quedaría frustrada, o postergada de nuevo, su venganza.  Debo tener mucho cuidado.  Aquí llevo una bomba.
        Mientras caminaba pensó que realmente ningún empleo le había resultado más penoso y desagradable que el de ordenanza en esa empresa; y, como en otras partes, sólo obedecía a la actitud de los demás.  Allí creyó enfrentarse a los seres más perversos que había conocido, los que hallaron en él -como el juguete nuevo en poder de un chico- la fuente que los proveía de una diversión incesante, y todos los días la conseguían de modo distinto:  tirando papeles en el piso que él acababa de limpiar, o haciéndole realizar inútiles diligencias sólo para reírse de sus pasos irregulares, o lo que era peor y él más temía, causando su caída con una zancadilla cuando llevaba la bandeja con la cafetera y las tazas.
       Quiso también abandonar ese trabajo, como había hecho con otros; pero se negó a continuar su fuga constante y disparatada.  Permaneció allí, dispuesto a concluir de una vez con la horrenda situación que sobrellevaba desde la niñez.
          E inesperadamente supo cómo obtenerlo.
         Fue el día anterior, cuando observó a su madre depositar veneno sobre las flores para resguardarlas de los insectos que había en el jardín.  Sí. Por fin sabrán todos de lo que soy capaz.  Por eso había sacado un poco del veneno que su madre guardaba en un aparador y esa mañana lo echó en el café.
Lentamente cruzó el corredor que desembocaba en una reducida sala, y allí se detuvo, frente a las tres puertas de las oficinas.  ¿Cuánto tardarán en morir?  Era la primera vez que se formulaba esa pregunta, y comprendió en seguida que no le interesaba el tiempo que tardaría en surtir efecto el veneno -minutos, horas o quizá días-, sino más bien que coronase totalmente su propósito.
      Por un momento no supo en cuál de las tres oficinas entrar primero; pero, como queriendo seguir la rutina ya establecida, se decidió por la del gerente.  Sostuvo la bandeja en una mano y con la otra dio dos golpes en la puerta; y oyendo una voz familiar, la abrió.
         Quedó algo desconcertado.  Allí  no estaba sólo el gerente, como todas las mañanas, cuando servía el café, sino también los empleados.  Todos: los seis.  Y apenas entró dejaron de hablar y clavaron los ojos en él, casi con una repentina curiosidad, igual que si lo vieran por primera vez; y esa fijeza inusitada hizo vacilar un poco la seguridad que tenía hasta entonces.
        No obstante, se esforzó por mantenerse sereno, y observando atentamente los seis rostros, casi se asombró de no descubrir en ellos ningún gesto que revelase la habitual mordacidad, pues aparecían serios, graves, como si ocurriera algo muy importante.  Pero, ¿qué pasa?  Casi presintió el fracaso de su plan, porque el hecho de estar todos allí, reunidos a esa hora, confería un carácter desusado a la monotonía de las otras mañanas.
         -Puede servir el café, Aurelio -le dijo el gerente, en un tono suave y amable que no era el de costumbre-.  Lo tomaremos aquí.
         La voz lo sorprendió.  Entonces trató de realizar naturalmente lo poco que faltaba para concluir su obra. Tal vez morirán los seis al mismo tiempo.  Depositó la bandeja sobre el escritorio y luego, con cierto aturdimiento provocado por  el  silencio  y las miradas de ellos -en ese momento atentas, fijas en él-, tomó la cafetera con mano temblorosa y sirvió el café.  No se darán cuenta. Casi rogó que fuese así, pues aún no se sentía absolutamente seguro y temió que algo -su nerviosidad, que sin duda era evidente, o el color del café, un poco más claro que otras veces-  develara lo que sucedía.
      Pero, en seguida, ellos tomaron las tazas y, a rápidos sorbos, bebieron el café.  Y mientras lo hacían, él deslizó la mirada por sus rostros, ya tranquilo, con un placer morboso y desconocido. Ya está.  Ahora dormirán para siempre.  Y tuvo el súbito impulso de gritarles su odio, de expresarles abiertamente que había conseguido aplacar un poco la carga de angustia y sufrimiento, porque ellos -sólo ellos seis de los tantos seres que desplegaron un tenaz asalto sobre él- acababan de convertirse en los destinatarios de la venganza que había estado gestando y esperando a lo largo de muchos años, y hacerles comprender, finalmente, que por primera vez era más fuerte y poderoso que todos.
       Pero no expresó de ninguna manera lo que experimentaba, Sólo le pareció que sus labios pretendían esbozar una sonrisa, instintivamente, al imaginar que esos semblantes, ahora serenos y despejados, muy pronto, a causa del veneno, se tornarían lívidos, congestionados, duros, fríos. Como las hormigas. Recordó las diminutas figuras negras e inertes que cubrían el jardín luego que su madre rociaba las plantas con veneno.  Aunque él no podría contemplar esas caras descompuestas por el dolor y la agonía.
         Despaciosamente se dio vuelta y caminó unos pasos, pero antes de llegar a la puerta, la voz del gerente lo detuvo:
         -No se vaya, Aurelio.
        Quedó paralizado, como si un golpe brutal aplastara su cuerpo. ¿Qué pasaba ahora? ¿Acaso había sido descubierto? Un sudor frío lo estremeció y sintió las piernas débiles.  Estoy perdido.  De pronto creyó que esas seis personas se convertirían en indignados acusadores.  Pero cuando su mirada aterrorizada abarcó sus rostros y los vio sonrientes, amistosos, cordiales, todo su miedo se transformó sólo en sorpresa, que se acentuó más aún al oír la voz del gerente diciéndole, como en un sueño absurdo e increíble:
      -Hoy hace un año que usted trabaja aquí.  Por eso, para premiar su eficacia y dedicación, todos nosotros queremos hacerle un obsequio -y tomando  un  pequeño paquete que había sobre el escritorio, se lo alcanzó-.  Sírvase.  Esperamos que sea de su agrado.

-Este cuento obtuvo el premio "Mateo Booz - 1968", otorgado por la Asociación Santafesina de Escritores.
-Integra los libros de cuentos El hombre que tenía miedo  (Rafaela, Ediciones E.R.A., 1974) y El hombre acechado (La Plata, Ediciones Al Margen, 2009).
-Fernando Sorrentino lo seleccionó para el libro 40 cuentos breves argentinos Siglo XX. Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1977. 




 Apenas  un  sueño


  
         Creyó que una aguja le perforaba los oídos al percibir el gemido. Repentino. Desvaneciendo la frágil quietud de la casa. Haciéndole tomar conciencia de que él aún estaba allí, petrificado en la cama que compartían desde hacía cuarenta y tres años, sólo capaz de efectuar  esos esporádicos  y lacerantes sonidos no sólo para exteriorizar el dolor y dar un fugaz signo de vida, sino también para recordarle, con el vigor de una feroz puñalada, que debía seguir cumpliendo la tarea de cuidarlo. Una obligación asumida por imperio del amor, de la feliz y armónica convivencia de tanto tiempo,  de la íntima necesidad de tenerlo cerca y negarse a la impiadosa y cruel decisión de confinarlo a la pieza de un hospital, a merced de manos extrañas y tal vez indiferentes. Desde hacía nueve meses. Cuando el diagnóstico  resultó incuestionable.
         No supo cuanto tiempo permaneció rígida, desprovista de voluntad o deseo para efectuar cualquier gesto, mientras dejaba que el chorro de agua tibia la cubriera como una gratificante caricia protectora, hasta aferrar una de las canillas y abrirla, ansiosa y con brusca violencia, esperando que la irrupción del agua cada vez más fría tuviera la virtud de despejarla. Cerró las canillas cuando ya no pudo  contener el temblor. Será muy rápido. No habrá de causarle más padecimiento del que está soportando ahora. Mientras se refregaba la toalla para devolverle el calor a su cuerpo, la acosaron una vez más  las palabras del doctor Panizza al entregarle el frasco minúsculo, que contenía un líquido levemente marrón,  poniendo de relieve una dosis de caridad y aun ternura debido a la imagen de completa derrota que reflejaban sus ojos desencajados, la creciente curva del cuerpo, la ropa arrugada y bastante sucia que parecía llevar por simple costumbre. No puede seguir así,  Aurora. Se lo digo como amigo, más que como médico. Si no quiere internarlo y dejar que otras personas se ocupen de él, tal vez ya es hora de buscar otra alternativa. Y antes de efectuar un gesto o pronunciar una palabra -había llegado a un punto en que parecía incapaz de cualquier reacción,  por obra del agotamiento o la desesperanza o una invencible apatía-, le colocó un frasco en una mano, la que por unos segundos, sin duda para evitar el rechazo, le hizo mantener fuertemente cerrada. Piénselo. Es una decisión que debe tomar usted.  Y desde entonces, obligada a enfrentar el dilema más intrincado, se debatió en completa orfandad entre el desconcierto, la duda y un ineludible acceso de culpa, sin un instante de tregua.
      Abandonó el baño sin vestirse, no por la premura impuesta por el desgarrante clamor, sino por el desdén sobre todo lo referido a su arreglo personal,  pues ya estaba libre de cualquier mirada indiscreta en el ámbito de la casa. Junto a la puerta del dormitorio se detuvo.  Necesitó apoyarse en  el marco, algo mareada y con las piernas incapaces de dar un paso más,  vulnerada por la habitual pero cada vez más intolerable visión ofrecida por él:  los brazos moviéndose en gestos distorsionados; la cabeza aplastada en la almohada; un hilo de saliva escurriéndose por la boca desdentada; el quejido monocorde quebrado, de tanto en tanto,  por  gritos agudos y lacerantes. Sí. Tal vez soy la única que puede acabar con esto. Aunque obsedida por la sugerencia del doctor Panizza,  no lograba desechar los escrúpulos que la maniataban,  sobre todo porque se había impuesto el propósito  de preservar  -sin el frenesí de la pasión y  tratando de eludir los estragos de la enfermedad-  a través de una caricia, algún beso fugaz o la mera compañía,  un hálito del amor que habían compartido durante cuarenta y tres años.
    Pero ya le resultaba difícil lograrlo. Minada por el cansancio. Invencible. Visceral. Quitándole el afán para seguir luchando o alentar un furtivo soplo de esperanza. Incapaz de superar el instintivo rechazo de acostarse con él,  pues la cama había dejado de ser el preciado territorio donde encontraron siempre el modo no sólo de obtener una necesaria tregua o reposo a la jornada diaria sino más bien para prodigarse las confidencias que alimentaban el clima de intimidad, urdir proyectos y sobre todo, cuando la ausencia de hijos hizo crecer el sentido del desamparo, relegar por algunos momentos, en la embriaguez del placer, el asedio de la temida soledad. Por eso, las últimas noches se limitó a permanecer recostada en un sofá, sin ánimo o energías para hacer otra cosa que observar, en una casi alucinada vigilia, al hombre que,  apresado por el dolor excluyente, ya no la reconocía ni podía responder a cualquiera de sus requerimientos.
       La única salida. Tal vez no tenga sentido desear o esperar otra cosa. De pronto creyó vislumbrar una luz esclarecedora.  Decidida, dio unos pasos hasta  la pequeña mesa atiborrada de cajas y frascos de remedios. A lo largo de los meses llegaron a resultarle tan familiares que sabía de memoria el grado de eficacia y el momento de utilizarlos. Sin vacilar  aferró uno: el último frasco que le había dado el doctor Panizza. Sí.  Apenas un sueño. Profundo.  Liberador. Desenroscó la tapa y vertió el líquido en un vaso. Después,  sosteniéndolo con las dos manos en un gesto de extremo cuidado,  temiendo que se le cayera, se dio vuelta y caminó hasta la cama. Por unos segundos observó el cuerpo. Tembloroso y  jadeante entre las cobijas desordenadas.
        Por fin, con súbita urgencia, llevó el vaso a los labios.  Y  bebió el líquido marrón. De un solo trago.

martes, 11 de octubre de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.


Margarita Oliva


                                        Situación 
                                        Mi no lugar,
                                                                      ausente de precisiones,
                                                                      es mi única pertenencia.


Tiempos


El ayer se cayó a un abismo,
el mañana es promesa ilusoria, 
el hoy, una embriaguez pasajera,
y, siempre huyente,
está un paso más adelante.
                                                                                    


                        Sala de espera
                  
                                                Nadie comprende.
                                                Nadie escucha.
                                                Uno está
                                                Con su sola voz aterida
                                                aguardando.


    Disfraces

Pretender parecer
lo que no somos
y escondernos
bajo las túnicas
simuladoras.


                     El reclamo

                 A paso del ómnibus,
                 desnudo,
                 en una esquina el hombre
                 levanta su mano.

                                 
                                                                                 Negaciones

                                                                                 No analices,
                                                                                 no traduzcas,
                                                                                 no te conduelas.

                                                                                 El poema conmociona.
                                                                                 No explica, arrasa.


Imágenes

            La realidad
            es un calidoscopio.
            Formas y colores
            componen cada instante
            una estampa
            que ya nunca vuelve.


                                    Paréntesis

                        Bajo la intensa lluvia
                        el muchacho se ha detenido
                        junto a su bicicleta.

                        Algo le impide avanzar,
                        algo ciega sus andares.

                        Por la persiana
                        puedo ver sólo fragmentos
                        de esta metáfora del mundo.

 _________________



Margarita Oliva nació en 1932 en Buenos Aires. Desde el año y medio reside en Rafaela, salvo un período -entre los diez y los catorce- transcurrido en Sunchales. Poeta. Ejerció el periodismo en el diario Castellanos. Su primer libro Sombra del viento se publicó en 1968, al ser premiado en un concurso realizado por la Municipalidad de Rafaela. Intervino en Fotopoemas, Ciudad Verso, Palabras rafaelinas, Alta marea  y el poemario del primer certamen anual de poesía de Villa Constitución. En 1983 publicó Laberinto.

jueves, 11 de agosto de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Liliana Ravasio

La vida en círculos

Cierro un ojo y miro la vida por el anillo que acerco al otro.
Constantemente se suceden los momentos, como el aleteo imparable de los peces, a través de un ojo de buey.
Las historias se agitan y son hojas de un libro ante el cristal del anteojo.
Las imágenes juegan con contornos y colores como fotografiadas por la lente de una cámara.
Las emociones se agitan simulando asientos de una rueda gigante.
Las voces y melodías se graban en un disco, dispuesto a arrojarlos al aire del recuerdo cuando la púa se hunda en cada surco del ayer.
Solos nacemos y solos morimos, dijo alguien una vez.
La vida es un círculo que se cierra como el diagrama de un conjunto y agrupa los elementos que logramos reunir a cada paso que hemos dado.
                                                          
                                                                      
                       Sueño Paraíso                                                           


Pedaleo el empedrado.
Cada adoquín es un sueño
que merece ser guardado.
Pongo ímpetu
para levantar vuelo
pero el peso y la nostalgia
me aferran más al suelo.
Quisiera tocar las nubes
y llegar al paraíso
pero en el cordón me freno
y en silencio me duermo.

                             
                             
Túnica blanca


Cuando el artista necesita atenuar un color, busca el blanco en su paleta.
Si lo que va a colorear es blanco, deberá utilizar un pincel limpio. Cualquier resto de pintura puede alterar su pureza.
Lo mismo sucede con las telas. A partir del crudo original, el primer color a teñir es blanco, luego, vendrán los demás.
La humanidad los recordará, envueltos en túnicas blancas.
No va a ser la estridencia de un color lo que quede guardado en nuestro recuerdo, sino una personalidad impactante.
Ellos fueron la acuarela blanca, en el pincel del mundo. Detrás de un cuerpo pequeño, algo encorvado, como para soportar el peso de una actualidad que los preocupaba, una mirada mansa y brazos que se hacían gigantes. Intentaron disipar el rojo de la guerra, el amarillo del odio o el multicolor de la crueldad.
Frágil andar, acompañado por un susurro de voz. Sandalias simples o pies descalzos, para aplastar la desigualdad y el sufrimiento, y abrir surcos a las semillas del amor y la solidaridad.
Un velo con rayas azules tapaba su frente, dejaba descubierto un rostro oscuro, arrugado, con huellas de una vida austera. Sonrisa que regalaba esperanza al que protegía en sus brazos.
Otro de diminuta figura, cabeza calva y bigotes canos. Profundos ojos detrás de cristales circulares, que brindaban con ímpetu una filosofía única.
El último en irse, hoy es beato, “mensajero de la paz y servidor de la vida”. La cabeza apoyada en sus manos unidas, observando todo, en silencio, con una mirada especial.
Una cruz en el pecho y un anillo de presencia absoluta.
Serán íconos de la historia, simples y puros, como el blanco que los envolvió, pero perseverantes en los intentos por atenuar los colores del mal.

(A la madre Teresa, Mahatma y Juan Pablo II)
                                                          
Silencio en borrador

Como caballetes los pies
y como tela el corazón
el silencio ensaya
garabatos en borrador.
El pincel se humedece en lágrimas
las alegrías aportan color.
Palabras que no se dicen
solo miradas de amor.
Suspiros engarzados
como burbujas de jabón
simularán estrellas
que titilan una canción.
La percibirán nuestros oídos
cuando el silencio nos diga:
            “esta obra la firmo yo”.
__________________



Liliana Mercedes Ravasio nació el 10 de julio de 1961 en Rafaela, provincia de.Santa Fe, donde reside actualmente.
Perito Mercantil. Desde hace 28 años trabaja como empleada  administrativa de una empresa. Casada, dos hijos varones.
Obtuvo Mención Especial en el Concurso Nacional Sonríe en familia” CORA 2004, organizado por la Confederación Odontológica de la República Argentina.
En 2009 ganó el Primer Premio y una Mención Especial en el Proyecto Interactivo Treinta Tríos, organizado por el fotógrafo Daniel Goldberg.
En mayo de 2010  un trabajo suyo fue incluido en la publicación Moleskin.es  (Ediciones del Viento – España).
Asiste a los talleres literarios de E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados).
Correo electrónico: lilianaravasio@hotmail.com

martes, 19 de julio de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
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María Irma Betzel

Espejos


                                                          ¡Ea, pues que soy mi sombra!
                                                          La sombra de mi sombra.

                                                                                                 María Inés Tiscornia

        A  Maruja le emocionó la noticia de que había llegado  un nuevo parque de diversiones al pueblo. Decían que éste era exclusivo, que nunca se vio uno así por esos lares y que ofrecía diversiones diferentes a las de los otros  que solo tenían  algunos pocos juegos aburridos.
     Aquel domingo Maruja se acicaló  para la importante ocasión y como nadie quiso acompañarla se fue sola hacia las afueras del pueblo, guiada por el  sonido  de  extrañas melodías con tañido de campanas  que venían del lugar donde se instaló el parque.
     Al llegar se dio cuenta de que era la única visitante del lugar. “Seguramente es temprano aún”,  se dijo y  le pagó la entrada a un hombre de grandes bigotes, con aspecto de fantoche, que atendía  en  una descolorida casilla de lata.
     Como nadie se acercó a reclamarle el comprobante de la entrada  metió éste en un bolsillo de sus pantalones desflecados  y empezó a recorrer el lugar. Todo era muy atractivo, pero los juegos no estaban todavía habilitados, es decir, no había nadie que  hiciera funcionar las máquinas.

      Maruja no tenía apuro y decidió  seguir  caminando. Las cascarillas secas de arroz que cubrían el suelo se le metían dentro de los zapatos pero  se los quitaba para sacudirlos sin sentir incomodidad alguna pues  no se  veía a nadie por ningún lado. Más tarde,  impaciente,  pensó  “Es hora de que algunos juegos empiecen  a funcionar” y cansada, se dejó caer  sobre un montículo alto de cascarillas. Desde allí,  vio un resplandor claro: era la  puerta entreabierta de una casilla de metal adornada con un gran dibujo de lagarto y que  tenía escrito con letras rojas:  “Bienvenido  al Túnel de los Espejos Rotos”. Maruja dio un salto. Siempre le gustaron los espejos. Este juego tenía las puertas abiertas y no requería el funcionamiento de máquina alguna. Excitada,  entró a un  largo túnel oscuro y silencioso. Sintió cierto temor, mas continuó avanzando. De pronto, al doblar en un angosto recodo ingresó a una sala que reflejaba haces luminosos de numerosos espejos que cubrían todo el recinto. Eran muchos y estaban quebrados aunque las piezas permanecían unidas. Parecían muy antiguos, se disponían en un  aparente desorden  pero eran precisos para reflejar la imagen de Maruja desde ángulos insospechados por ella. “Es divertido” pensó. Le gustaba  caminar y ver los trozos de su cuerpo que parecían desfasarse de un lado a otro, como si también estuviera roto. Tanto brillo y tantas figuras extrañas de su propia  imagen la agotaron y decidió salir. Pero  sólo encontró más espejos. Comenzó a girar de un lado a otro, buscando un  espacio abierto que la llevara  afuera. Sólo veía fugaces trozos  de sí misma,  de  su camisa rosa o de su largo pelo suelto que se agitaba  con   movimientos  exasperados. De pronto tropezó  con un espejo de cuerpo entero, sin rajaduras,  que le devolvió su imagen real, tal cual era. Maruja sintió un repentino alivio “Bueno,  aquí estoy” se dijo “Al menos, ésta soy yo”. Al  reconocerse tan nítida y normal, estiró una mano  para  acariciar su rostro en el espejo. No sintió el contacto frío y plano del vidrio sino un suave calor de mejilla húmeda y blanda. Asustada, retiró la mano y se quedó quieta. Un frío serpenteo le recorrió el cuerpo. Era miedo. Maruja, pensando que fue una errada percepción suya, acercó, esta vez la  mano a su propio rostro.  Horrorizada, lo sintió frío y plano, quiso  gritar pero la voz se atascó en sus labios  que parecían  emparedados  en un cristal. Lo intentó una y otra vez. No pudo hacerlo y tampoco fue capaz de  mover un solo músculo de  su cuerpo. Escuchó, a lo lejos, desde el otro extremo de la sala o tal vez desde el túnel oscuro, su propio grito, el que quería gritar. Era espeluznante. Sintió que la piel se le abría en numerosas escamas que  al caer al suelo, arrastraban, cada una de ellas, un trozo  de sí misma. Se quedó allí, muda e inmóvil hecha pedazos en el piso frío, apenas cubierto por algunas cascarillas de arroz secas y estáticas como ella.
     Al atardecer, los padres de Maruja la  vieron regresar. Les pareció que su hija era sólo una  fría imagen de la verdadera Maruja . Ya no reía ni hablaba. Tenía la piel cubierta por  cicatrices resquebrajadas y, a veces,  cuando ráfagas de viento norte acercaban   apagados  tañidos de campanas, lanzaba un grito pavoroso, que erizaba la piel de quienes lo oían. Entonces, en el  pueblo, se quebraban  todos  los espejos  y   caían los trozos al suelo como escamas secas y duras  de lagartos viejos.
                                                                                
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María Irma Betzel nació en 1957 en Goya, provincia de Corrientes, Rep. Argentina. Desde 1986 reside en Paraguay donde desarrolla su carrera literaria. Hija del escritor alemán-correntino Rodolfo Pablo Betzel (Premio Nac. Arturo Mejía, Buenos Aires, 1985).
Profesora en Biología (U.N.N.E.), Corrientes, Rep. Argentina, y Diplomada en Metodología de la Investigación Científica en la Universidad Iberoamericana (Paraguay).
Ha obtenido numerosos premios y menciones en concursos literarios.
Cuenta con varias antologías y obras individuales. Entre estas últimas se encuentran:
-   Savia bruta. Mención de Honor Concurso de Novela del Club Centenario (Primera edición: 1998).
-          Cuentos en fuga (2005).
-          Virusón. Novela infantil (Primera edición: 2006).
-          Los Mil y un Caminos. Cuentos. FUNDEC (2011).
-          Memorias de un viejo baúl. Fausto Editorial. Novela infanto-juvenil (2011).

Miembro del Taller Cuento Breve Hugo Rodríguez Alcalá, del Club del Libro Nº 1, de la S.E.P. (Sociedad de Escritores del Paraguay) y de E.P.A. (Escritoras Paraguayas Asociadas), cuya secretaría ejerce por tercera vez consecutiva. 
En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Osvaldo Raúl Valli

Leopoldo Marechal : ¿caducidad o vigencia?


(o la relectura como posibilidad creadora a partir de la Autopsia de Creso)


                                                              “...Dice que la tierra del hombre se                  
                                                              ha oscurecido y es ya un espejo
                                                              turbio de la cara divina .Dice que la
                                                              tierra del hombre ya es un higo que
                                                              se pudre sin gloria en el árbol de la
                                                              negrura final”.
                                                                           L.M   : La batalla de José Luna 
      
  Cualquiera que haya tenido acceso a los escritos del autor de Adán Buenosayres, advierte que el proceso de construcción no fue ni armónico ni lineal .Al contrario, aparece signado por búsquedas de diferente índole de las que el mismo escritor se ocupara de dar cuenta en diferentes oportunidades:  desde aquel “sarampión de juventud” martinfierrista a los sucesivos “llamados al orden”, pasando por opciones a menudo de alto costo,   instancias de luces y momentos de sombras, pasos  de aprendizaje  en la vida y en el arte . Procesos formativos en suma, que fueron diseñando un perfil de intelectual  capacitado y abierto para discurrir sobre las variadas y complejas dimensiones de lo real. Nada le resultó ajeno, todo fue útil en el proceso de absorciones  y reabsorciones, marchas y contramarchas en la nunca terminada tarea de buscarse a sí mismo: la metafísica,  la teoría del  arte, la teología, la filosofía de la historia, la sociología, la política (amén de la ciencia alquímica y de ciertas incursiones por el esoterismo)
   No es el suyo, aunque resulte obvio reiterarlo, un discurso uniforme. Más  bien se diría y siguiendo una imagen cara a su cosmovisión, que tomó la forma espiralada en que cada vuelta sobre el eje central configura una dimensión superadora de lo anterior. ¿Cómo explicar si no su constante evolución desde formas elitistas de los comienzos, a posturas de clara filiación popular, su abandono de concepciones cerradas en lo religioso por miradas más abarcativas y ecuménicas, su apertura comprensiva a fenómenos políticos complejos (como fue el castrismo en los 60) a los que encontró compatibles   con su condición de  -usando sus propias palabras- de  “cristiano viejo y peronista”?

Marechal  en presente

A poco más de tres décadas de su partida y en el centenario de su nacimiento se hace necesaria  una relectura de su obra, sobre todo si atendemos a estas instancias en las que se habla  del fin de la historia y de las ideologías, con escasos relatos creíbles y utopías en descrédito, casi menudo vaciados de certezas y con las  alternativas sistémicas agotadas según manifiestan los augures del momento. Casi habría que concluir como se plantea, con un dejo de amargura, el filósofo mendocino Arturo Roig, en que  no hay salida fuera del proyecto neo liberal.  En este marco cultural  me pareció adecuado “conversar” con Leopoldo Marechal, escudriñar en algunas de sus páginas y confrontarlas con los discursos que circulan en esta época. Encontrar en ellas indicios significativos que nos permitan inferir que, más allá de las particulares condiciones de producción, circulación y recepción todavía dicen algo a nuestro horizonte de experiencias.  Y es aquí en este  lugar, en este espacio que legitima el acto de la  lectura desde donde puedo formular algunos interrogantes: ¿Qué posibilidades de elaboración actual poseen sus textos? ¿Cómo ubicar su sistema ideológico y su paradigma ético en este universo de pérdidas, fragmentarismos y disoluciones? ¿Qué supo intuir,  desde su situacionalidad histórica, sobre el orden mundial de neoliberalismo basado en el reino sin límites del mercado del dinero?  Finalmente: ¿Qué vigencia tienen hoy , desde la dimensión sociocultural aludida, los relatos que nos propone?. Es precisamente  este último interrogante el que va a permitir desplegar la temática central de esta ponencia.
  .No me refiero –valga la digresión- a los grandes relatos de la historia  (aunque algunos de ellos hayan enriquecido su visión de mundo). Esos relatos ya superados según agoreras voces, aquellos cuya muerte -al decir de Lyotard- ya nadie lamenta en las “sociedades desarrolladas”. Apunto –tensando al máximo la cuerda semántica del término- a los relatos que conforman un sistema entrecruzado de textos y experiencias, de lecturas y de  observaciones, de ensueños y certezas. Antiguos y al mismo tiempo vigentes, de identificable filiación y sin embargo releídos desde una visión personal. En todos los casos “funcionan” para sustentar el discurso ideológico del autor y para dar cuenta desde las diferentes dimensiones, filiaciones y procedencias, de las múltiples categorías de su pensamiento.


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Un llamado al futuro

En agosto del 69, a menos de un año de su muerte Marechal había advertido acerca de uno de los peligros extremos de la edad contemporánea: la atomización que conduce a la total soledad y a la conversión de  cada hombre en una  “unidad aritmética sin ningún valor esencial que la diferencia de otras unidades”. Aquella metáfora  del epígrafe (el “higo que se pudre sin gloria”) alude sin dudas a la dispersión y al olvido, propios de una época de “negrura final” cuya figura simbólica aparece representada por un personaje que es uno y es todos, posee  en la obra marechaliana  identidad corpórea  (Lombardi, Severo Arcángelo, Ramiro Salsamendi), pero primordialmente constituye en esencia una línea de fuerza, una energía “satánica”, subyacente en un estado social que lo padece y paradójicamente lo legitima
Quintaesencia del “hombre de hierro” este personaje en el canto VIII del “Adán” es Vaysa para luego transmutarse en Creso, “El Hombrecito  Económico alias el Rico, alias el Chancho Burgués, alias el estúpido Creso”. En los planes del Creador Creso estaba destinado  a producir riqueza y a distribuirla con equidad pero como es un estafador nato “se abrió de la cooperativa y administró el negocio por su cuenta.”. En  lo que hace a este trabajo Creso finalmente es el “protagonista” principal de la “Autopsia” que lleva su nombre, una especie de relato alegórico “pequeño ensayo” lo llama Marechal en algún momento)  y llegó a considerarlo su “testamento político”.
 ¿Quién es Creso hoy? ¿Qué forma ha tomado el Hombrecito en su particular juego de transformaciones? ¿Utiliza las mismas armas de “mistificación” y corrupción” que entreviera Marechal? ¿Es tan fácilmente tipificable en esta dimensión de realidad cuyo signo más evidente es la contradicción, la complejidad, la incertidumbre?
  Aquí llegamos al nudo de la cuestión: nuestro autor, pertrechado en su sistemas de creencias no sólo supo entrever lo que fermentaba en los complicados alambiques de la historia, sino que alcanzó a advertir las filtraciones que comenzaban a erosionar procesos e imágenes modélicas Quiero decir que al mismo tiempo que insinuaba que la tiranía de Creso “está llevando a los hombres no a la unidad por el amor sino a una suerte de atomización por el odio”, pudo conjeturar acerca de las mutaciones y metamorfosis que hicieran de la arrogancia dominante del sujeto capitalista de la modernidad, en una entidad de múltiples  unidades desintegradas y por ello más peligrosas. Creso-mercado inasible y ubicuo , omnipresente y descontrolado , objeto de metamorfosis que ha trocado  la insanable ridiculez del hombrecito en deidad sacrificial  que en un mismo acto atrapa y devora, seduce y margina, globaliza y fragmenta.
  En esta  vuelta de tuerca histórica signada por el neoliberalismo  y más que nunca regida por Creso-mercado, se ha ido instalando una nueva racionalidad,  una lógica renovada  que comienza a considerar como normal lo otrora  aberrante:  Neo Creso ya no roba como en su versión anterior “el tiempo del hombre”: en cambio cualitativo de impredecibles consecuencias escamotea la condición de hombre y crea una nueva clase: de los excluidos, marginados, desocupados.
. Neo Creso no sólo explota –como leemos en la Autopsia sino también   descarta, expulsa, excluye. La flamante versión del Hombrecito ha avanzado más aún: en su lógica perversa ha conseguido manipular nuestras mentes para  hacernos creer que lo aberrante es correcto y posible. ”Me apresuro a reconocer –había dicho Marechal- ...que los resortes astutos que obraron en su entronización deben imputarse a la línea de fuerza negativa o satánica que parece acelerar el descenso cíclico...” Esa línea de fuerza descendiente en la que Neo Creso acaba de auparse, ha operado –por un lado una suerte de  anestesiamiento social a partir del cual cualquier hecho (justo o injusto) es “explicado” y aceptado con determinismo: (“Hay que achicar presupuestos, dejar gente en la calle, bajar jubilaciones porque así lo impone el mercado” suena el slogan  aquí y allá sin distingo de banderías). Es sólo un simple ejemplo de algo patético esto es  nada más ni nada menos que la justicia social reducida a la eficacia del mercado, el hombre sometido a los vaivenes de fuerzas que los desbordan  y sin “enemigos” visibles y tangibles contra los cuales combatir. Neo Creso no da la cara o mejor dicho, se vale de una de sus múltiples caras para estimular la competencia (esa competencia capaz de exasperar las peores tendencias de la condición humana al decir de José Pablo Feinmann) y con ello facilitar  la destrucción de los ideales personales y la erosión sistemática de los sujetos colectivos.
 Pero hay algo más aún: Creso según Marechal, invadido por la sensualidad de la riqueza se sintió inclinado a cierta “mística de lo material” y con ello a convertir lo corpóreo en un dios y usufructuar ese dios en su propio y excluyente beneficio .En el reinado de NeoCreso  esa actitud idolátrica ha producido lo que algunos llaman la “trascendentalización del mercado”. Y esto llevaría a hablar sobre el verdadero sentido del bien y el mal, de la solidaridad y el cinismo. ¿Nos preguntamos por qué se habla de fe, creencias, dogmas y sacrificios cuando se hace referencia a una porción de realidad en la que estos valores se han resignificado de modo tan  opuesto?

Palabras (provisoriamente)  finales

   Marechal no fue ni sociólogo, ni economista, ni teólogo ni filósofo, y sin embargo  ninguna de estas facetas del conocimiento le fueron ajenos, más aún constituyeron la sustancia en base  a las cuales estructuró sus relatos. En su condición de creador fue sin dudas un hombre ocupado y pre-ocupado en las cuestiones que atañen a los otros hombres,  de aquellas que hablan de lo sagrado y de lo terrenal, de estilos de transitar la vida y de modos de asumir la muerte. Lejos del escritor autista que vive mirando su propio ombligo, todo su discurso constituye una búsqueda constante, un continuo viajar hacia la alteridad. O dicho en otras palabras la puesta en servicio de una actitud de vida hecha lenguaje que en vez de “cantar verdades” sirva de puente a ese “otro” para reconstruir en y desde el presente su propia dimensión de las cosas de este mundo.  Es sólo desde allí donde con más fuerza emerge  en toda su frescura y vigencia la sugestión siempre actual y siempre viva de su palabra.  
                                                                                                                                                                                  
Nota: El texto de  La autopsia de Creso utilizado forma parte del volumen Cuadernos de Navegación, Sudamericana, Buenos Aires, 1973.
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Osvaldo Raúl Valli. Profesor y Licenciado en Letras nacido en Santa Fe. Autor de Literatura, creación situada (Ediciones  Sudamérica, Santa Fe, 1992),  es responsable además de numerosos trabajos vinculados a la literatura desde diferentes perspectivas. En los últimos tiempos ha publicado en revistas y libros de diferentes lugares del país, diversos ensayos  orientados sobre todo  a construcciones teóricas  acerca de la problemática de  la cultura, enfocada en sus múltiples dimensiones.