jueves, 14 de julio de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Patricia Gregorchuk
La Paca, Rosita y la nieta

Paca la había mandado. Y eso que sabía que odiaba ir a comprar el pan.
¿Querés que te haga un mapa?, gritaba desde la cama mientras agitaba la campana llamando a Rosita.
Incrustada entre los rancios almohadones, fruncía el entrecejo desaprobando todo lo que sucedía a su alrededor. La colemia había teñido su mirada de un amarillo enérgico, casi extraterrestre. La mucama entró tiritando a la habitación, con el té en una bandeja de madera. La cucharita de alpaca marcaba el ritmo de sus temblores. Doña Paca, le traje algo calientito. Una mirada de la anciana bastó para que Rosita dejara la taza en la mesa de noche y se escabullera zigzagueando entre los egocéntricos gatos, las pelusas, los aromas a alcohol y ungüentos, buscando desesperadamente una bocanada de vida. En esa habitación, todo olía a muerte, a desencanto, a olvido.
¡La mocosa esa! ¿Fue a buscar el pan? ¡Qué lo traiga blanquito, blan-qui-to! ¡La estúpida no entiende y trae lo que quiere! ¡Rosa! ¿Ya desapareciste? ¡Negra vaga!


Dos de los gatos más viejos saltaron repentinamente sobre la cama y se acomodaron entre las piernas de la anciana. Eso sosegó momentáneamente su cólera. Eran los únicos seres que, a su entender, merecían algo de afecto. El resto, nada… Todos unos ingratos que nunca valoraron las cosas, materiales y espirituales, que ella les había brindado a lo largo de su vida. Y así terminaba, enferma, mendigando que la atiendan, gritando, suplicando, para que vengan con esas caras molestas y estreñidas, cuando deberían estar felices de poder devolverle algo de todo lo que les dio. Y la mocosa, única nieta que su hija casquivana dejó como al descuido en esa casa. Idiota, sin gracia, vaya a saber qué pobre infeliz había sido el padre, aunque la libertina madre tampoco tenía muchas luces. La mandaba a comprar pan blanco, y traía unos bollos bronceados, duros, que seguramente eran del día anterior. Dejó de mandarla a la farmacia, porque ya el riesgo de que la envenenara, trayendo cualquier medicamento menos el correspondiente, era muy alto. Tenía que pagarle a Felipe, el borracho de al lado, que tenía más  viveza que ella para los trámites. ¡Rositaaaa! ¡Fijate si esa inútil fue a buscar el pan! ¡Va a llegar para la siesta! La anciana volvió a agitar la campanita con energía.
Rosita estaba en el cuarto que compartía con la nieta. Encogía los hombros ante cada golpe que la Paca daba contra el respaldo de la cama, al ver que no le respondían.
Con la puerta del ropero abierta, apiló sobre la cama los dos vestidos y el único pantalón que tenía, todas prendas remendadas y con excesivo uso. Examinó el mueble de al lado, donde la nieta guardaba su ropa. Abrió un cajón, y en un movimiento rápido, sacó de él dos conjuntos de ropa interior de algodón y los puso sobre la cama también. Fue hasta la cocina, la Paca la oyó. ¡Rositaaa! ¿Qué hacés en la cocina? ¿No tenés que planchar ahora? ¡Dejá de picar el queso que después me venís con el cuento que me lo comí todo yo! ¡Te pensás que soy tonta! ¡Rosita, andá a planchar!
Rosita abrió sin miramientos la heladera, tomó el pedazo de queso gruyere que quedaba, y envolviéndolo en un papel de diario, lo llevó al dormitorio, colocándolo sobre la pila de ropa. Tomó del perchero la mochila que la nieta usaba para ir a la escuela, la vació, y sentándose sobre la cama, quedó unos minutos inmóvil, mirando su interior.
Pero si lo único que tiene que hacer es comprar medio kilo de pan blanco. Y la otra tarada que no contesta. No es sorda, se hace. Le hicieron falta un par de buenas patadas a ésa. Ya la voy a tener cerca. ¡Rositaaa! ¿Estás planchando?
La nieta se paró frente al mostrador. ¿Era pan lo que quería hoy? ¿O le había pedido biscochos? Compró pan, sí, seguro era pan. Medio kilo de pan crocante, sí, sí, ése más bronceado. Pagó, salió a la vereda, y se quedó unos minutos al sol mirando el billete y las monedas del vuelto. A la luz del mediodía, emitían reflejos salvadores, casi de redención. Giró sobre sus talones y con la bolsa del pan colgando del brazo, caminó con paso ligero hacia el Norte. Las quince cuadras hasta la terminal de ómnibus transcurrieron bajo sus alpargatas con una ligereza inusitada. Al momento, los brazos sobre el mostrador y la pregunta temblorosa. Con este dinero, ¿qué pasaje puedo comprar? El empleado la miró sorprendido, pero como le habían sucedido cosas más asombrosas últimamente, no perdió tiempo en pensar. Hasta Capital llegás. La nieta no lo dudó, con la bolsa del pan colgada del brazo, se acercó al andén número 48.
¡Rositaaaa! ¿Esa mocosa no llegó? ¡Asomate a la vereda, si está paveando, entrala a las patadas, o de los pelos, como te quede mejor! ¡Y no toques el queso! ¿Me oíste?
Rosita cerró la mochila apretando el queso para que entre todo. Tendió las dos camas, cerró la puerta del ropero. Dejó el postigo de la ventana entreabierto para que los gatos puedan salir. Se arrepintió. Asomando medio cuerpo afuera, chistó para que los felinos que tomaban sol se acercaran. Los hizo entrar y luego trabó con fuerza la ventana. Estaban todos adentro. En puntas de pie, cruzó el pasillo que la separaba de la puerta de entrada. Al pasar frente a la habitación de la Paca, se frenó. Podía oír su respiración desacompasada, ronca. Se estaba durmiendo. Asomó las narices lentamente, los gatos que descansaban sobre la cama levantaron las orejas y la miraron con esos ojos déspotas con que solían observarla. La Paca parecía hablar en sueños. Levantó un brazo, y Rosita salió corriendo hacia la calle, quizás temerosa de que un grito más sepultara para siempre el valor que tanto le había costado conseguir. Empujó la puerta y no volvió a mirar atrás, nada le importaba más que alejarse de ese lugar.
¡Rositaaaa! ¡Rositaaaa! ¿No llegó la mocosa? ¡Rositaaa! ¡Abriles a los gatos que lloran! ¡Desgraciada, movete, hacé algo! ¿No volvió la otra de la panadería? ¿Pero son estúpidas las dos?
La nieta ya estaba a la altura de Campana. Metía la mano lentamente en la bolsa e iba comiendo de a pedacitos los últimos bollos de pan bronceado. Miraba por la ventanilla, y lejos de dejar caer las migas, por si algún día decidía volver, con cada bocado engullía enérgicamente las ofensas, los abusos, los escarnios. Tragaba una a una las horas de soledad, de abandono. Pronto la bolsa quedó vacía, y acomodándose en el asiento, entornó los ojos.
Dejó de agitar la campana cuando las fuerzas la abandonaron, los gatos orinaron el acolchado, rasgaron con sus uñas los almohadones de plumas. Maullaron eternamente, aturdiendo a la Paca. Primero los consoló, después les arrojó todo objeto que alcanzaba desde la cama. Y no sé cuántos días pasaron, o cuántas semanas, hasta que el borracho Felipe se metió por el patio y forzó la puerta de atrás. No vale la pena contar con la imagen que se encontró. Todavía hoy los vecinos siguen agregando detalles a la trágica historia de la Paca, Rosita y la nieta.
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Imagen

Patricia Gregorchuk  nació en Buenos Aires el 10 de septiembre de 1967. Desde 1992 reside en Rafaela.
Integra Escalera de Papel, libro conjunto de autores rafaelinos varios, donde se publicaron sus cuentos Mariposas,  El nudo  y  Elenz... Olinda.
Publicó en 1999 la novela Setiembre Azahares, en el marco de la colección literaria local  Escalera de Papel.
Desde el año 2004 publica notas periodísticas la revista mensual de CILSA Santa Fe.
Ha publicado cuentos  en la revista literaria  Sensación de Cultura y en el suplemento Cultural del Diario La Opinión, de Rafaela.
Su poema Trinos para Betina,  fue premiado en el concurso de la Asociación Médica del Departamento Castellanos en el año 2000.
Obtuvo Mención en el certamen Literario Municipal por el cuento Cipriano.
Participó como jurado en certámenes a nivel local y provincial.
Integrante de ERA, formó parte de talleres literarios a cargo de dicha entidad y también de la poeta Elda Massoni.
Con la novela  El ayudante del juez obtuvo en 2010 el premio del Fondo Editorial de la Municipalidad de Rafaela. Sobre la misma el Jurado ha opinado: Una suma de testimonios ensambla en esta novela un rompecabezas cuyos protagonistas, habitantes de General Dapoce, se encastran en un tejido de sucesos en el que lo personal se ve evidenciado en los pequeños-grandes infiernos pueblerinos. Anillos de complicidades y murmuraciones envuelven a los personajes. (...) Las traiciones y el abandono se cruzan, recíprocos, entre seres políticamente correctos, que no se juegan por nadie.



En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.
  
Alejandra Arqués Arranz

Espejos

"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos".
 Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

Aquellas manos estaban ceñidas a la caña, sobre la superficie del río, bailoteaba un corcho. Eran las mismas manos que quebraron el espejo de agua, con la intención de liberar  demonios. Seres atrapados tras ese espejo ribereño.

Sobre la superficie del río se empezó a perfilar una figura, que por momentos tenía rasgos humanos. Pero la imagen era difusa y estaba invertida. El ondular del agua la distorsionaba.

Por alguna razón vino a mi mente el lado oscuro de la luna. Tal vez por lo siniestro de la imagen. Que se  corporizó y empezó a caminar patas para arriba debajo del agua. Tenía un aspecto viscoso  y  ojos de serpiente.

Era clara su lucha por escapar del espejo que lo mantenía encerrado.

Fue entonces cuando comprendí el por qué de mi aversión a los espejos, por qué en  casa no había ninguno.

Me preguntaba, por qué en ese día tan especial, en el que pensaba nadar más que nunca, debía encontrarme con este ser.  No me dejaría engatusar por esas pesadillas que más de una vez me sorprenden despierto, nada estropearía este día.

Me saqué la ropa, me zambullí y olvidé a la criatura. Mi cuerpo se sumergió hasta lo profundo, era demasiado tarde para echarme atrás.


Algo me retenía allí abajo, la superficie cada vez se veía más lejana.  Me encontraba en el centro de un aro luminoso, en el cielo marino y por alguna razón inexplicable no me ahogué.

No sé cuánto tiempo pasó. Esa energía especial era un imán, y parecía no tener fin. Esa luz enceguecedora me llenaba de  paz.

Me sentía atrapado entre dos dimensiones. Y una voz interior me advertía, que debía  hallar el modo de volver al punto de partida. 

Pero, ¿cómo?

Ni siquiera sabía dónde estaba. La fascinación era muy fuerte, pero el instinto me advertía peligro. Era imperioso huir, antes de que fuera demasiado tarde.

La luz se apagó, la energía que me tragaba desapareció, todo se volvió quietud y negrura. Era como si el alma se me hubiera volado.

Confusión y letargo.

Desperté temblando, estaba empapado, no lograba recordar cómo llegué a la orilla.
Sólo deseaba regresar a casa.
Flashes de la experiencia vivida, me resultan inquietantes e inexplicables.

Nunca imaginé que me tranquilizaría el asfalto, la gente, el bullicio de la ciudad. Tanto que logré sonreír, sintiéndome a salvo. Pensé que había sido victima de una jugarreta de mi mente.

Me encandilaban las luces de los autos, las vidrieras con sus marquesinas.

Era raro, nadie parecía notar mi presencia…

Me detuve en un negocio para ver mi aspecto y entonces descubrí que algo andaba muy mal. Los carteles comerciales, las ofertas, las numeraciones y hasta las placas de identificación de los vendedores estaban invertidos,  como si las viera en un espejo.

La cabeza me da vueltas, me apoyo en la vidriera para no caer. No puedo evitar el grito, al ver  mi mano y mi imagen, reflejadas al revés. 

Estoy atrapado en el espejo, tras esa puerta transparente, sin picaportes, pasadores, bisagras o cerraduras.

Debo  tranquilizarme. Miro hacia arriba, veo aquellas manos ceñidas a la caña, sobre la superficie del río, bailotea un corcho.

Y comprendo todo, sólo él tiene las llaves  del espejo.
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Mi foto

Alejandra Arqués Arranz  reside en Buenos Aires.
Profesional independiente en el sector Marketing y publicidad
Ha publicado en 2008 el libro Retazos del alma,  cuentos y poesías, con el sello de la  Editorial Dunken.  





viernes, 24 de junio de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Patricia Severín


                    ANTICIPO
                  
Todos estaban allí
hurgando dentro de mi boca
respuestas que no podía darles
 
Se empeñaban en clavar
astillas

 No lloraba            ya no lloraba
 sólo miraba al mundo
 como una  crema  espesa
                                         negra
 
Todos estaban allí
 hurgaban
 quería decirles que lo único mío
 eran las esses
 las esses de mi nombre que colgaban de mí

 pero no iba a conformarlos

 Entonces discurrí la manera de partir
 dejar la multitud
 
 : essapatricia   essesecreto
 desatará que es viernes 7 de abril
 ni presencia de la que soy
 ni vestigios de la que fui
 un sopor   de uva
 en el cuenco de la frente
  
 él piensa que nada
 que de él    nada      nunca      más
 y es así
 
cualquier trampa de amor

             
              LA MÚSICA

todo el tiempo que tarda el corazón en olvidar la música
y acostumbrarse al ruido de hojas muertas
que desprende el recuerdo cuando avanza
                                                               Laura Yasan

Había una música
que se alargaba quedamente en la inmensidad del cuerpo
                                             lo atontaba / sacudía      
esa música invadía el aire                                                  
y flotaba con ligereza alrededor
                       puedo decir que a veces era azul
frágil        arrugada       anegadiza
se perdía en las esquinas con un temblor de aire
cauce de otoño
de mi corazón
                       su boca


¿Tenía olor la música?


Permanecía intacta
como las huellas de los dedos sobre la sal
se alargaba en los bordes como el pasto fresco
de tanto escuchar
recuperé su candor /su felpa enrojecida
su idioma de verano /su terquedad

Sigue apareciendo sobre las madrugadas
cuando el silencio de la casa
vengativo
aprisiona el pecho hasta hacerlo estallar



                    FLORES

   
                                   La señora
mostró con orgullo sus fresias
crepitaban contra el sol del este
en un gorgoteo amarillo y húmedo
                  
 los pétalos
se deshacían en mis ojos

después hablé con vos
me dijiste
de la hendija y de la luz

: extrañarte jamás va a ser una costumbre

el corazón se rompe como las fresias
en la mañana de agosto

y apenas respiramos






PREGUNTA

Perdimos  la delicadeza
la tertulia de la tarde
el baile en la azotea
la espalda contra espalda          invulnerables
el estrépito del rayo en tumultuosas paredes encaladas
el beso partido que se estrella contra el alma
                                                
: uñas raídas   
: línea de tristeza en el lago de su palma


le digo           amor                          

                                     ¿cómo vivir en corazón de agua?


                           OFERTA

La oveja negra
pace en el campo negro
........................................
              donde lloro vestido de rojo

                                                             Marcelo Gelman
 
 Persigo un sueño rojo
 atrapado en el corazón
 de una oveja negra

 persigo / perseguía
 
 un sueño / un rojo corazón
 
 Atrapaba la oveja
 el corazón
 el sueño
                el negro rojo
                el negro negro

                                              
                                         
               ASI

Ese día
fue viniendo de a poco
: un rasguido de pétalo estrellándose en el vidrio
: un rayo sin tormenta en mitad de la siesta
: un jolgorio apagado debajo de las sábanas

pelo revuelto/ crepitar de velas

la bestia se ovillaba  en el vientre de la cama
y comencé
: a parir fiebre  en las entrañas

ese día
chorreó tu boca el nombre equivocado
nuestra cama fue el cíclope furioso
de la palabra maldita

amortajé el deseo entre mis piernas
y fui a morirme con los ojos abiertos
al orinal  más austral del mundo   prometido 

                    
                   MERCADEO    


                                  Finalmente perderemos todo
                                 y los días serán de infinita tristeza

                                                             Víctor Valledor
               
Finalmente perderemos todo
/las uñas/las mejillas/los pies/los pantalones
los hijos que nunca fueron nuestros/
los huesos calcinados de tu nombre/

aceptamos calladitos           lo que la tribu manda
genuflexos
iremos a la muerte / para nacernos una y otra vez
con las manos atadas/
en pelotas/

y ver la avalancha de mugre que remamos
                                                                  
                                              no hay perdón
                                                      para nosotros.

         

                                            
                                                    LLANTO

                                              
                      Las libélulas planean sobre el tanque de agua

quiero ir más allá de la condición humana
saber dónde quedaron las marcas
de tu aliento lo que fue
que miraban tus ojos el contorno
de tus besos 
de amor las pisadas
de calle Corrientes los perfumes
el brindis
por lo que pudo ser

hay un orden secreto bajo el desorden turbulento
existen los milagros
sí que existen
de los multiple choice que se evaporan
queda uno

así como queda mi mano
pegada al pequeño escarabajo
                              que camina hacia la muerte
                              al borde
del  tanque
de  agua

lloro

                        el cuerpo sabe guardar cualquier memoria


                                                                                          
Poemas de la antología “Poemas Inolvidables”  editada por Latin Heritage Foundation, 2011, USA           

______________




Patricia Severín  nació en Rafaela, provincia de Santa Fe.
Libros publicados:
La Loca de Ausencia, poesía,  Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores-1993).
Amor en mano y cien hombres volando, poesía, coautoría con Graciela Geller y Adriana Díaz Crosta.
Las líneas de la mano, cuentos, Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores- 1998).
Solo de Amor , cuentos, Primer Premio Publicación ASDE (Asociación Santafesina de Escritores ) e Imprenta Lux 1999
Poemas con bichos, poesía, Premio Fondo Nacional de las Artes, 2001
La voz bajo la falda, poesía erótica.
Libro de las certezas, poemas. Ed. Grupo Editor Latinoamericano- 2009- Premio Macedonio Fernández 2008, Mención Especial del Jurado.
Poemas Inolvidables, poemas. Ed. Latin Heritage Foundation-2011

Página:   www.severinlopezseverin.com.ar

lunes, 4 de abril de 2011

En este espacio incluiré textos de amigas y amigos que comparten conmigo el mismo amor, pasión y deslumbramiento por el fascinante mundo de las palabras.
A todos ellos, mi profundo agradecimiento por la valiosa colaboración que, sin duda, habrá de jerarquizar este blog.

Edgardo Peretti

Después de la típica, antes de los iracundos
(Historia-Cuento)


En memoria y homenaje de los que entregaron sueños en nombre del amor.
Y a la Típica “Fénix” que se hizo historia transitando escenarios.

 El encantamiento

            Tito la vio por primera vez en un baile del “9”.
Había ido con sus amigos como el agregado a la barra, como el más nuevo, el más salame del grupo y por eso le tocó ir a las diez de la noche para reservar la mesa, bien cerca del escenario, en el privilegiado grupo de asociados que tenían la posibilidad de anotarse en el mejor lugar del salón, a un paso de los artistas. Por esa razón, se puso el traje negro, la camisa blanca que la vieja le había planchado y la corbata azul oscuro que era una herencia del tío Bartolo, bueno, en realidad se la habían sacado del ataúd porque le quedaba bastante fulera, pero ahora era de él y le daba el uso que era menester en el baile.
 Como era socio de la institución, pagaba la entrada más barata y por ello también tenía la posibilidad de reservar mesa, pero en ese momento el presidente había dispuesto -en una medida demagógica- que no había más reservas calificadas, con lo cual debía ir temprano a hacer acto de presencia en el lugar, nada de apoyar el respaldo de las sillas sobre la mesa: había que estar.
Y estuvo.
Y la vio llegar bien temprano junto a la tía Porota y a sus primas, a las que conocía, pero a Rosita -de ella se trataba- sólo la había visto en la escuela, cuando él estaba en sexto y ella en cuarto, y ocupaban las aulas de la galería que daba a la calle Avanthay en la escuela Belgrano, esas que dejaban ver si alguna pasaba por afuera. pero en ese tiempo las nenas jugaban con las nenas y los nenes hacían boludeces con  absoluta distinción de género. Rosita estaba esplendorosa, rutilante, un sol total con sus dieciséis calculados años, un vestido rosa que hacía de campana alrededor de su cuerpo y el largo pelo morocho cayendo a cataratas por su espalda.
Fue una aparición rutilante.
Ella y sus acompañantes se fueron a ubicar en una mesa alejada del centro de la pista y él se quedó encandilado con aquella belleza que -insistía él, pero nunca pudo probarse- lo había mirado al pasar como invitándolo a sacarla a bailar. Claro que el baile estaba recién en sus inicios y el mecanismo de su complejo sistema obligaba a ciertas pautas; así como le había tocado ir a reservar mesa, también debía esperar a que llegara el resto de la barra, hecho que ocurriría recién cuando terminara su aparición la orquesta típica, notable integración musical que estaba un poco desacreditada por el avance de otras temáticas del rubro, pero que mostraba empeño en ejecutar tangos y milongas con altísima calidad. Fiti-Fiti le daba duro al bandoneón y la señora Rosa acariciaba el piano a  la par que ejercía la dirección del grupo, la mayoría de los cuales seguía la música con una partitura que se ubicaba en un atril que mostraba un especial juego de luces  y que dejaba ver la figura soberbia de un ave fénix que le daba nombre a la agrupación. 
A su paso, varias parejas se materializaban en la pista para sucumbir ante los compases de una música tan decididamente del fondo del alma que sólo se podía comprender cuando uno ya tenía transitado algunas decenas de almanaques.
Y el mundo era tan lindo por ese entonces. Cuando llegó la  barra, la típica ya le había dado lugar al obligado descanso en el primer capítulo de la reunión danzante y los mozos correteaban presurosos por todos lados llevando el primer aporte de líquido elemento a los presentes, pedidos que consistían mayoritariamente en gaseosas para las niñas, vino blanco con hielo y ginebra con coca para los caballeros y algún licor de chocolate para la acompañante mayor que con eso tiraba toda la noche, dejando en claro que su función de cancerbero no era para superar con ningún facilismo.
Tito soportó las cargadas del grupo solamente por su condición de inexperto en varias lides y esperó que arranque la milonga nuevamente para ir a sacar a bailar a la damisela que lo había impactado. No se animó a preguntar si tenía novio, bailarín o festejante para no avivar giles y agravar las cargadas, y se fue para la ronda en las cercanías de la mesa. A esta altura ya conocía algunos de los códigos del baile: bailarín, suponía un galán que la sacaba a bailar sin otras intenciones (a la vista), en tanto que el festejante era un tipo que solía buscar otros rubros, claro que esto se limitaba a reiterar selecciones, o sea los segmentos de cuarenta y cinco minutos que duraba la presentación de cada orquesta.
De allí a sentarse a la mesa o acompañarla a la casa, había un sistema solar de distancia. Fue tres veces y en todas llegó tarde; la Rosita ya había salido a bailar con otro. Primero, el gringo sodero que le abastecía la soda al viejo, pero con quien tenía poca sintonía; después, con el Roberto, que estaba en la colimba y era bastante más grande y por último con un visitante desconocido que le llevaba una cabeza. A todos los vigiló y comprobó con orgullo que a ninguno le había reiterado el baile, aunque esto no significaba nada: Rosita era apenas una señorita y la tía y las amigas la cuidaban con todo el arsenal del que disponían. Pero él se quedó con las ganas. El baile se terminó y no pudo ni arrimarse, además, era el último de la temporada de invierno y ahora había que esperar que comiencen los de verano en Quilmes, para lo que había que esperar casi un mes. Mala suerte.

Música.

El encuentro llegó un día

            El encantamiento de Tito con Rosita no quedó en el olvido. Ni, mucho menos, en el secreto. Varios hicieron intentos por encontrarlos, pero los cánones de entonces eran muy especiales. El trabajaba en el taller de Grossi y ella estudiaba en el secundario del Comercial y los viejos no estaban dispuestos a que hubiese otra salida que no sean los bailes y la tía Porota como dama de compañía.
Como para las fiestas de quince años ya eran grandecitos, Tito sentía que su mundo se terminaba. El mundo era una porquería y nada ameritaba seguir ocupándolo para el joven mecánico que iba del trabajo a casa y viceversa, previo paso de los sábados para jugar al fútbol en la canchita del barrio.
El que puso en marcha el milagro fue “Carota”, uno de los más jodidos integrantes de la barra, que lo fue a ver a su casa un mediodía de diciembre.  Tito había terminado de almorzar y estaba sentado debajo de un gran paraíso que tenía en el patio. Como el calor ya apretaba, se había sacado la camisa de trabajo y esperaba con el torso desnudo que se hiciese la hora de montar la bicicleta y volver a la grasa. “Carota” era un tipo directo, con un carácter bastante complicado, pero efectivo a la hora de conseguir objetivos y le dijo, sin rodeos, que los muchachos lo necesitaban el sábado para un partido contra el barrio La Granja.
Tito era un firme zaguero central y su prestancia era lo más parecido a Ramos Delgado que se conocía. Y si hubiese sido rubio hasta lo habían comparado con el gran Federico Sacchi, el rubio zaguero por el cual se derretían todas las vedetes de la calle Corrientes pero le alcanzaba con el elogio que un día había recibido del gran Raúl Moruzze, quien le auguró futuro en el fútbol. Y viniendo del crack, eso era mucho. Pero “Carota” tenía urgencias por conformar el equipo y le puso plazos a su requisitoria: “El sábado es a las tres y media en la canchita que está frente a la casa del Negro Gaggi, así que a dormir temprano”, y cuando vio las dudas que asomaban por los ojos del Romeo enamorado, le tiró la última frase, esa que había guardado para un caso de emergencia: “Mirá que Rosita estará mirando el partido”, dijo y el mundo pareció teñirse de rosa para el mecánico que jamás conocería el balcón de Verona ni tampoco la historia de los amantes de ese medioevo trágico, sino  que se vio volando por las ramas del árbol que lo elevaron a los cielos del enamoramiento, ese lugar donde tan solo queda una salida que es el infierno del olvido, detalle al que nadie le da la más mínima bolilla. Por eso el viernes se fue a dormir temprano y pensó en mil veces en qué le diría a la damisela cuando la tuviese cerca. O, al menos, como la miraría. El sábado trabajó duro tratando de pasar rápido la mañana y comió liviano, y se preparó las medias de algodón grises y los botines bien lustrosos, se puso el pantalón blanco y se puso la camiseta roja con las dos tiras verticales con el número “2” pegado a la espalda.
Y se fue temprano a la canchita donde los muchachos ya habían marcado los límites del campo de juego con pala y cal y hasta donde habían conseguido palos nuevos para los palos y el travesaño, aunque nadie pudo acceder a las redes que habían prometido los del Deportivo Cristal al “Pato”.
El partido era con un árbitro veterano especialmente contratado al efecto y se jugó en un marco abúlico en el primer tiempo, donde Tito se lució con muy poco; incluso,  hasta tuvo la oportunidad de cabecear un par de córner donde la pelota se fue muy cerca del palo. Claro que su destino de esa tarde estaba lejos de la cancha y se moría por preguntarle a “Carota”  por la Rosita, pero como este jugaba de wing izquierdo, no tenía oportunidad de hacerlo. Esto sucedió en el entretiempo cuando todos se tiraron a descansar debajo de un árbol que oficiaba de vestuario silvestre.
El partido estaba empatado y Tito lo encaró a “Carota” con la mirada y un gesto que supuso juntar los dedos de la mano y elevarlos hacia arriba y hacia bajo como efecto de interrogante y un gesto de desconfianza. El otro lo advirtió y le respondió con una mirada desafiante, primero a sus ojos y luego hacia el tejido que estaba a un costado. Allí estaba ella, esplendorosa, reina, única, con un sombrero en la cabeza y con la Marcela que la acompañaba, las dos paradas sobre un banco en el gallinero de la casa de la Rosita que daba a los fondos. Y la sonrisa se le hizo rostro y la alegría le rompía el pecho, ante la sonrisa cómplice de todo el equipo que participaba de esa tarea de Celestina con particular alegría. El único que no estaba a tono con la jornada de amor era el “Patita”, el arquero. “Patita” era rubio, pálido y amaba al arco como amaba a Boca, como admiraba al “Tano” Roma, y estaba al frente de todas las organizaciones con un espíritu inmenso y un  corazón de oro que no trasuntaba su cuerpo frágil. “Aflojemos con las minas muchachos, que el partido obliga a estar concentrados”, dijo antes de empezar el segundo tiempo, casi como previniendo la tormenta que se vendría. Es que con el cambio de arco, el equipo de Tito pasaba a ocupar el marco - nunca tan bien aplicado el término- que daba a la calle y la Rosita estaba a un costado, casi como para  mirarla toda, cada vez más linda, más diosa. El partido seguía tan aburrido como al principio; pelota al aire, rechazo, corrida, patada abajo, piña, puteada y todo igual. Fue allí que el Tito quiso sacarse el aburrimiento y mostrarse delante de su pretendida dama; se adelantó a la presencia del delantero, la pisó con la derecha y arrancó hacia su izquierda para buscar la pared con el diez, pero el estado del piso le jugó una mala pasada, la pelota tomó fuerza y se elevó quedando a sus espaldas, lo que fue aprovechado por el nueve de los otros que sacó un terrible pelotazo que parecía tomar fuerza a cada metro recorrido.
“Patita” -que era un buen arquero- intuyó que la pelota saldría hacia el medio del arco y se paró firme a la espera de la pelota para embolsarla. Pero el físico no le alcanzó y el envión de la número cinco lo llevó adentro del arco y lo terminó sentando de culo en la zanja que estaba detrás, llena de agua y barro; eso sí, con la pelota bien atenazada, aunque con apenas una rendija de aire para putearlo al Tito en todos los idiomas. Por falta de arquero, el partido se dio por terminado con una derrota inusual de los locales, algunos de los cuales se reían y otros trataban de sacarlo al arquero del barro con un mínimo de dignidad.
Pero al Tito esto le importaba poco, porque su mirada estaba sobre el tejido del gallinero donde Rosita lo saludaba con la mano en alto. Y las dos miradas se cruzaron y aunque nunca habían siquiera hablado, los dos sabían que estaban enamorados. Que el mundo recién comenzaba.  Y “Patita” seguía puteando.

El cielo para dos

            La primera carta la llevó la Coca, que era amiga de Rosita y a la vez prima de Tito, e iba a la casa todos los días. En realidad, esa primera misiva no fue una pieza poética que pudiese inscribirse en el marco de las grandes creaciones literarias. Pero no importaba. Tito había logrado poner unas líneas en un papel rayado que había sacado de un cuaderno de su hermana y conseguido un sobre que había quedado de los que su mamá usaba para escribir al programa de “Dar en el Blanco con Extracto de Blanco”.
Rosita estuvo muy lacónica en la respuesta. El la invitaba al baile de Quilmes, a bailar, a sentarse cerca y a conocerse. Ya en la barra se hablaba del tema con insistencia. Cuando los muchachos se iban al boliche de Sánchez a tomar una cerveza a la que le adicionaban una “Fanta” naranja, el asunto estaba siendo muy comentado, incluso no faltaba alguna cargada, pero no paraba  allí. Nunca se sabía cuando un  amigo necesitaría un favor de otro.
Como adelantándose a la situación que se  venía, en esa semana, el Gringo Peduzzi apareció con el recorte del diario donde adelantaba la presencia de “Los iracundos” en el baile del club de los turcos, como todos llamaban a los de Quilmes, que en realidad era todos descendientes de sirios y libaneses, pero en esos tiempos nadie se ofendía. El honor y la sensibilidad andaban y pasaban por otros caminos muchos menos complicados.
Tito juntó los mangos que le dejaba la quincena y esa semana tiró todo por la ventana. No había podido hablar con la Coca, porque ella trabajaba en el frigorífico y tenía horarios diferentes. Tampoco había tantos teléfonos. Por las dudas, aprovechó que esa semana tenía unos pesos y se fue a Lavalle Sport a comprarse pilchas. Era la semana de los “insólitos” y Omar  -que ya era un joven vendedor- le aconsejó un buen pantalón  “piel de durazno”, una camisa de bambula a cuadros y, como alternativa una chomba amarilla, bien chillona.  Le quedaban unas monedas, pero no le alcanzaban para los zapatos nuevos. Menos mal que de Borcassi tenía cuenta. Los calzoncillos y las medias las compró en la cuenta de la vieja en la Tienda Nuestra Pompeya que le quedaba de camino a casa.
No hubo fútbol esa arde. Solo lustre y salida para ir a la peluquería de Aldo a repasarse las crines. Es que los mecánicos juntaban grasa en cantidad en la semana y tanto cabello merecía una atención; el estilista (no le gustaba que le dijesen peluquero), lo lavaba, lo planchaba, recortaba y peinaba. Un chiche. Sólo había que cuidarse de no mojarse a la hora del baño, pero ese era un detalle menor.
- Che, ¿en qué vas al baile?,  le había preguntaba a Sifón.
- Mirá, somos tres. Llamamos a Panchito que nos lleve en el taxi y lo pagamos entre los tres; además nos hace precio.
- Bueno -le respondió- pero mirá que en una de esas me vuelvo por otro lado.
- Bueno, galán - advirtió el Sifón que conocía los preparativos- vos hacé lo que tengas que hacer que nosotros te alentamos. Estás hecho un Alain Delon!!!
A las diez de la noche, “el quilmes” -como decía el Ruso- estaba a pleno. Es que no sólo era el baile inicial de la temporada de verano, sino que esa noche se sorteaba una heladera. Y las rifas seguían participando por los tres Fiat 600 al final de la temporada; además, los turcos te iban a buscar a tu casa si vos no estabas en el baile.


Siluetas de bailarines, tango
Llegaron en el taxi de Panchito, un viejo auto alemán adecuado a la falta de movilidad del chofer y se bajaron por el otro lado de la placita Sarmiento, frente a la estación del Ferrocarril Belgrano. Había que pegarse una última peinada y acomodarse la pilcha, además, siempre quedaba alguno con ganas de mear, y no era elegante hacerlo en medio de la milonga.
Como siempre, la típica había arrancado, con el clásico “Desde el alma”. El atril se encendía y apagaba, la Señora Rosa le daba al piano con un amor especial y el resto de los músicos, se sentía a pleno. Comenzaba otra temporada y la anunciada renovación del repertorio era toda una promesa.  Pero, al rato, en lugar de “Ilusión azul”, la pianista marcó “cuatro” y todo el grupo arrancó con “Uno”, para seguir luego con  “Nostalgias” y “9 de Julio”.
El cantor era nuevo y tenía mucha fuerza. La novedad hizo que los mozos prestaran atención y escucharan con más ganas. Las manos de la Señora Rosa volaban por el teclado, el fuelle se hacía sentir y la voz penetrante se colgaba de los banderines que cruzaban la pista.
“La última curda” ya había arrimados a varios al escenario y un par de parejas gastaban los mosaicos, con esa cadencia sensual que sólo el tango saber dar. Esa que entrega a hombre y mujer a una melodía comprometida, dejando huella en el piso y el aire sensible, casi como poniendo marco a la noche de los enamorados.
Tito fue testigo y se sintió parte. La  barra, como siempre se había ubicado en la terraza, sobre la secretaría, con panorama para ver a los artistas y mirar la pista. La típica llegó al final de la primera selección con un aplauso y dejó promesas de otro capítulo en un rato, apenas terminara su primera presentación la “característica“.
Había buenos vocalistas por esos tiempos. Un poco de Miguel Boggio, y otro tanto del “Gurí” Curiotti, hicieron lo suyo. Era una noche de gloria.
Rosita apareció con la tía y las amigas. La Coca lo vio al Tito y le guiñó un ojo. Rosita era una flor, una luz y un sol en medio de esa noche de verano, y todo estaba enfocado en ella. Pantalones blancos, el pelo largo, las pecas, los ojos fuertes y esa boca roja que se abría como la vida misma. Nada de otras mujeres. Sólo era ella.
Cuando estaba por terminar, quiso acercarse, pero no llegó. Había mucha gente y la mesa de ellas estaba bien atrás, cerca de la cancha de bochas. Para colmo de males, “Los Iracundos” se habían adelantado y cortaron la segunda parte de la típica para empezar la actuación. Apenas habían pasado unos minutos de la medianoche.
En el escenario apareció Enrique Dino Foglia y su primo José Luis, anunciadores y animadores oficiales de los bailes. Palabras de rigor, el saludo de la orquesta y la voz de Eduardo Franco que arrancó con “Puerto Montt”.
- Muy fuerte para mi gusto -dijo el Pinino- y le hizo señas al mozo para que trajese otra vuelta de ginebra con coca.
- Callate!! .-le retrucó Francisco- Qué sabés vos de música!!
En ese tiempo, cuando actuaban orquestas de alto nivel, o sea muy populares, los bailarines se detenían y sólo algunos muy enamorados -o calientes- se movían al compás de la música en el fondo de la pista. El resto se acercaba al escenario y degustaba el repertorio con todas las ganas.
Pero esa noche Tito estaba en otra cosa. No había podido acercarse a Rosita y tampoco la había visto bailar. Los muchachos aseguraban desde la terraza que no había salido en toda la noche y que había rechazado todas las invitaciones. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién había dado vuelta al mundo?
Franco anunció el último tema, la gente pidió otro, el conjunto los conformó y un nutrido aplauso se elevó por encima del club, buscando los pinos de la avenida Italia o, quizás, los eucaliptos del ferrocarril. El baile se encaminaba, irremediablemente, hacia su epílogo y la Rosita seguía sin bailar. Y, lo peor,  Tito no se había podido acercar. En el último intento, amagó con buscar el fondo, ir a la mesa, pero alguien de la barra lo mandó para atrás.
- Pará, Tito, no armes problemas -le dijo el Pato.
- Es que quiero sacarla a bailar -casi rogó.
- Esperá un poco, tomate tu tiempo -trató de calmarlo José-, a lo mejor no tiene ganas de bailar. Con las mujeres, nunca se sabe.
A todo esto, lo habían llevado hacia la terraza, donde la barra dejaba huella de botellas de ginebra -la”cuadradita”- y varias de coca. El baile se terminaba y el rocío hacía de las suyas. Alguien miró hacia las vías y dijo algo del “Estrella del Norte” que, como siempre, pasaría atrasado.
Tito seguía con la mirada ausente. En realidad sólo viva hacia la mesa del fondo. Cuando la tía Porota dio la orden, el grupo se levantó, juntó las camperitas de hilo y se encaminó hacia la puerta con algún cuchicheo, pero nada más. El trató de encontrarle la mirada, pero la tenía baja, como siguiendo una huella invisible en el piso, como una persona que prefiere hacer un pozo y salir por un túnel.  Miró a la Coca, pero ésta no dijo nada.
Pasaron por el portal de acceso al club y él fue hasta el otro lado de la terraza, para verla salir. Nadie de la barra hizo nada, ni para detenerlo ni para acompañarlo.
- Rosita!!! - le gritó y todos se dieron vuelta en la vereda para mirar a ese Romeo que reclamaba desde altura.
- Rosita!!! - repitió, aunque ya casi en todo de ruego-
Ella se detuvo un instante. Apenas uno. Se dio vuelta y cuando levantó la vista, esos ojos marrones ya estaban brillosos, mojados, húmedos. No dijo nada; siguió mirando y sólo atinó a levantar la mano izquierda donde un anillo de oro dejaba en claro que ya no sería suya, que  tenía otro dueño; por imposición o por necesidad, pero jamás por amor.
Y se subió a un auto negro que arrancó despacio y dobló por la avenida Mitre, aunque de esto no hay constancia.

Infierno para uno…

La vuelta al barrio fue más larga que nunca. No había palabras en la barra y tampoco quien las dijese. Ella se  casó, tuvo hijos y hoy es una dama de  constante auto nuevo y casa grande y vacaciones y todas esas cosas que se compran de una vez y para siempre. Y se pagan con sueños, aseguran. Tito? Tito no se sabe qué hizo con su vida. Algunos fracasos y tiempos que se comieron la juventud.
Dicen los que quedan de la barra, que colecciona todos los discos que salen de “Los Iracundos”, que hizo duelo por la muerte de Eduado Franco, que nunca la volvió a ver, que la lloró toda en una noche y que suele tomarse un café en “Sirocco” cuando la noche se acerca al día.
Y que nunca más fue al baile ni pasó otra vez por el quilmes.

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Edgardo Peretti (Rafaela, Santa Fe, 21 de septiembre de 1958) es periodista, escritor, ensayista, historiador y docente de Periodismo.
Publicó en 2010 Karlovich–Karlovich, su segunda novela, que ya había sido difundida en la web y el Suplemento Literario del Diario La Opinión, de Rafaela.
En el mismo género es autor de las obras Félix, el sacristán del diablo (1997), El Faro de Lehmann (2008) y Colorado Ayacucho (inédita).